Hallamos que había un cocinero entre la compañía; y sus servicios fueron sin duda muy solicitados a veces,
"Pues supo asar y cocer, estofar y freír, y hacer un majar blanco y bien hornear un pastel".
Una noche, cuando los peregrinos estaban sentados en una posada campesina, a punto de comenzar su banquete, el cocinero se presentó a la cabecera de la mesa que presidía el Franklin, y dijo:
"Escuchad un momento, amos míos, mientras os propongo un acertijo, y por san Moden, es uno que yo mismo no soy capaz de resolver. Hay once peregrinos sentados a esta mesa, sobre la cual se hallan un pastel de peras y una empanada de venado, cada uno de los cuales puede dividirse verdaderamente en cuatro partes y no más. Ahora bien, tened en cuenta que cinco de los once peregrinos pueden comer el pastel, pero no tocarán la empanada, mientras que cuatro comerán la empanada pero apartarán la vista del pastel. Además, los dos que quedan son capaces y están dispuestos a comer de ambos. ¡A fe mía!, ¿hay alguien que pueda decirme de cuántas maneras diferentes puede elegir el buen Franklin a quién va a servir?"
Solo le advierto al lector que, si no tiene cuidado, descubrirá, al ver la respuesta, que ha cometido un error de cuarenta, como hizo toda la compañía, a excepción del Clerigo de Oxford, quien acertó por casualidad al anotar una cifra incorrecta.
Curiosamente, mientras la compañía se quebraba la cabeza con este acertijo, el cocinero les jugó una divertida broma. En medio de sus profundas meditaciones y calurosas discusiones, ¿qué hizo el astuto bribón sino llevarse furtivamente tanto el pastel de carne como la empanada? Luego, cuando el hambre les hizo desear continuar con el banquete, al descubrir que no había nada sobre la mesa, llamaron al cocinero a voces.
—Mis amos —explicó—, viendo que estabais tan absortos en el enigma, me los llevé a la estancia contigua, donde otros dieron buena cuenta de ellos con deleite antes de que se enfriasen. En la despensa hay excelente pan y queso.