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nydus/The Federalist PapersPublic
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FEDERALIST No. 8. Las consecuencias de las hostilidades entre los Estados

Del *New York Packet*. Martes, 20 de noviembre de 1787.

HAMILTON

Al Pueblo del Estado de Nueva York:

ASUMIENDO, por tanto, como una verdad establecida que los diversos Estados, en caso de desunión, o las combinaciones de ellos que pudieran llegar a formarse de los restos de la Confederación general, estarían sujetos a aquellas vicisitudes de paz y de guerra, de amistad y de enemistad, entre sí, que han sido el destino de todas las naciones vecinas no unidas bajo un solo gobierno, entremos en un detalle conciso de algunas de las consecuencias que acarrearía semejante situación.

La guerra entre los Estados, en el primer período de su existencia separada, iría acompañada de penalidades mucho mayores que las que comúnmente ocurren en aquellos países donde hace tiempo que existen establecimientos militares regulares.

Los ejércitos disciplinados que se mantienen siempre sobre las armas en el continente de Europa, aunque presentan un aspecto desfavorable para la libertad y la economía, han producido, sin embargo, la notable ventaja de hacer imposibles las conquistas repentinas y de prevenir esa rápida desolación que solía caracterizar el avance de la guerra antes de su introducción.

El arte de la fortificación ha contribuido a los mismos fines. Las naciones de Europa están circundadas por cadenas de plazas fortificadas, que obstaculizan mutuamente la invasión. Las campañas se consumen en reducir dos o tres guarniciones fronterizas, para obtener la entrada en el país enemigo. Semejantes impedimentos ocurren en cada paso, para agotar las fuerzas y retrasar el avance de un invasor.

Antiguamente, un ejército invasor penetraba en el corazón de un país vecino casi tan pronto como se recibían noticias de su aproximación; pero ahora una fuerza comparativamente pequeña de tropas disciplinadas, actuando a la defensiva, con la ayuda de puestos, es capaz de impedir, y finalmente frustrar, las empresas de otro mucho más considerable.

La historia de la guerra, en aquella parte del globo, ya no es una historia de naciones subyugadas y de imperios derrocados, sino de ciudades tomadas y retomadas; de batallas que no deciden nada; de retiradas más provechosas que las victorias; de mucho esfuerzo y poca adquisición.

En este país, el panorama sería totalmente inverso. Los celos hacia los establecimientos militares los pospondrían el mayor tiempo posible. La falta de fortificaciones, al dejar las fronteras de un estado abiertas a otro, facilitaría las incursiones. Los Estados poblados invadirían sin gran dificultad a sus vecinos menos poblados. Las conquistas serían tan fáciles de realizar como difíciles de conservar. La guerra, por lo tanto, sería deshilvanada y depredadora.

El SAKEO y la devastación marchan siempre en pos de las tropas irregulares.

Las calamidades de los individuos constituirían la figura principal en los acontecimientos que caracterizarían nuestras hazañas militares.

Este cuadro no está demasiado recargado; aunque, confieso, no seguiría siendo fiel por mucho tiempo.

La seguridad contra el peligro exterior es el director más poderoso de la conducta nacional. Incluso el amor ardiente por la libertad cederá, transcurrido un tiempo, a sus dictados.

La destrucción violenta de la vida y de la propiedad inherente a la guerra, el esfuerzo continuo y la alarma concomitantes a un estado de peligro constante, obligarán a las naciones más apegadas a la libertad a recurrir, en busca de reposo y seguridad, a instituciones que tienden a destruir sus derechos civiles y políticos.

Para estar más seguros, al final terminan por correr el riesgo de ser menos libres.

Las instituciones a las que principalmente se alude son los EJÉRCITOS PERMANENTES y los apéndices correspondientes de los establecimientos militares. Se dice que los ejércitos permanentes no están prohibidos en la nueva Constitución y, por lo tanto, se infiere que pueden existir bajo ella.(1)

Su existencia, sin embargo, por los propios términos de la proposición, es, a lo sumo, problemática e incierta. Pero se podrá replicar que los ejércitos permanentes deben resultar inevitablemente de una disolución de la Confederación.

La guerra frecuente y la aprensión constante, que exigen un estado de preparación igualmente constante, las producirán infaliblemente. Los Estados o confederaciones más débiles recurrirían primero a ellas para ponerse en pie de igualdad con sus vecinos más poderosos.

Se esforzarían por suplir la inferioridad de población y recursos mediante un sistema de defensa más regular y eficaz, tropas disciplinadas y fortificaciones. Se verían, al mismo tiempo, en la necesidad de fortalecer el poder ejecutivo del gobierno, al hacerlo sus constituciones adquirirían una tendencia progresiva hacia la monarquía. Es de la naturaleza de la guerra aumentar la autoridad del ejecutivo a expensas de la del legislativo.

Los expedientes que se han mencionado pronto darían a los Estados o confederaciones que los empleasen una superioridad sobre sus vecinos.

Los estados pequeños, o estados de menor fuerza natural, bajo gobiernos enérgicos y con la asistencia de ejércitos disciplinados, han triunfado a menudo sobre los estados grandes, o estados de mayor fuerza natural, que han carecido de estas ventajas.

Ni el orgullo ni la seguridad de los Estados o confederaciones más importantes les permitirían someterse por mucho tiempo a esta superioridad humillante y adventicia. Pronto recurrirían a medios similares a aquellos por los cuales se había efectuado, para restablecerse en su preeminencia perdida.

Así, veríamos en poco tiempo establecida en cada parte de este país la misma maquinaria de despotismo que ha sido el flagelo del Viejo Mundo. Este, al menos, sería el curso natural de las cosas; y nuestros razonamientos tendrán tantas más probabilidades de ser acertados cuanto más se ajusten a esta norma.

No se trata de inferencias vagas extraídas de supuestos o especulativos defectos de una Constitución, cuyo poder entero se halla depositado en manos de un pueblo, o de sus representantes y delegados, sino que son conclusiones sólidas, extraídas del curso natural y necesario de los asuntos humanos.

Tal vez se pregunte, a modo de objeción a esto, ¿por qué no surgieron ejércitos permanentes de las disputas que con tanta frecuencia convulsionaron a las antiguas repúblicas de Grecia?

Diferentes respuestas, igualmente satisfactorias, pueden darse a esta pregunta.

  • Los laboriosos hábitos de la gente de la actualidad, absorta en la búsqueda de lucro y entregada a las mejoras de la agricultura y el comercio, son incompatibles con la condición de una nación de soldados, que era la verdadera condición del pueblo de aquellas repúblicas.
  • Los medios de ingresos, que se han multiplicado enormemente por el aumento del oro y la plata y de las artes de la industria, y la ciencia de las finanzas, que es fruto de los tiempos modernos, al coincidir con los hábitos de las naciones, han producido una revolución entera en el sistema de la guerra y han hecho de los ejércitos disciplinados, distintos del cuerpo de los ciudadanos, los compañeros inseparables de la hostilidad frecuente.

Existe también una gran diferencia entre las instituciones militares en un país raramente expuesto por su situación a invasiones internas, y en uno que a menudo está sujeto a ellas, y siempre temeroso de las mismas.

Los gobernantes de los primeros no pueden tener un buen pretexto, si es que acaso estuvieran inclinados a ello, para mantener en pie ejércitos tan numerosos como los que necesariamente deben mantenerse en los últimos.

Como estos ejércitos, en el primer caso, raramente —o nunca— son llamados a la actividad para la defensa interior, el pueblo no corre peligro de ser subyugado a la subordinación militar.

Las leyes no están acostumbradas a flexibilizarse en favor de las exigencias militares; el estado civil permanece en pleno vigor, ni corrompido ni confundido con los principios o las tendencias del otro estado.

La pequeñez del ejército hace que la fuerza natural de la comunidad lo supere con creces; y los ciudadanos, no habituados a mirar al poder militar en busca de protección ni a someterse a sus opresiones, ni aman ni temen a la soldadesca; la contemplan con un espíritu de celosa aquiescencia ante un mal necesario, y están dispuestos a resistir un poder que suponen puede ejercerse en perjuicio de sus derechos.

El ejército, bajo tales circunstancias, puede ayudar útilmente al magistrado a reprimir a una pequeña facción, o a una turba ocasional, o una insurrección; pero será incapaz de imponer usurpaciones contra los esfuerzos unidos de la gran masa del pueblo.

En un país que se encuentre en la situación descrita en último lugar, sucede todo lo contrario. Las amenazas perpetuas de peligro obligan al gobierno a estar siempre preparado para repelerlo; sus ejércitos deben ser lo suficientemente numerosos para una defensa inmediata. La necesidad continua de sus servicios acrecienta la importancia del soldado y degrada proporcionalmente la condición del ciudadano. El estado militar se eleva por encima del civil. Los habitantes de territorios que con frecuencia son teatro de guerra se ven inevitablemente expuestos a frecuentes violaciones de sus derechos, lo que sirve para debilitar su conciencia de tales derechos; y poco a poco se lleva a la gente a considerar a la soldadesca no solo como sus protectores, sino como sus superiores. La transición de esta disposición mental a la de considerarlos amos no es lejana ni difícil; pero resulta muy difícil persuadir a un pueblo bajo tales impresiones para que oponga una resistencia audaz o eficaz a las usurpaciones respaldadas por el poder militar.

El reino de la Gran Bretaña entra dentro de la primera descripción. Una situación insular y una marina poderosa, que lo protegen en gran medida contra la posibilidad de una invasión extranjera, hacen innecesario un ejército numeroso dentro del reino. Una fuerza suficiente para hacer frente a un desembarco repentino, hasta que la milicia tenga tiempo de reunirse y organizarse, es todo lo que se ha considerado necesario.

Ningún motivo de política nacional ha exigido, ni la opinión pública habría tolerado, un mayor número de tropas en su establecimiento nacional. Ha habido, desde hace mucho tiempo, poco margen para la acción de las otras causas que se han enumerado como consecuencias de la guerra civil.

Esta peculiar felicidad de situación ha contribuido en gran medida a preservar la libertad de que ese país goza hasta el día de hoy, a pesar de la venalidad y la corrupción imperantes. Si, por el contrario, Gran Bretaña se hubiera hallado situada en el continente y se hubiera visto compelida, como lo habría sido por dicha situación, a dotarse de establecimientos militares en su propio territorio coextensivos con los de las demás grandes potencias de Europa, ella, al igual que ellas, sería hoy, con toda probabilidad, víctima del poder absoluto de un solo hombre.

Es posible, aunque no fácil, que los habitantes de esa isla sean esclavizados por otras causas; pero no podrá ser por el poderío de un ejército tan insignificante como el que se ha mantenido habitualmente dentro del reino.

Si somos lo suficientemente sabios como para preservar la Unión, podremos disfrutar durante edades de una ventaja similar a la de una situación aislada.

Europa se halla a gran distancia de nosotros. Es probable que sus colonias en nuestra vecindad sigan siendo demasiado desproporcionadas en fuerza como para poder causarnos alguna molestia peligrosa. En esta posición, los extensos establecimientos militares no pueden ser necesarios para nuestra seguridad.

Pero si estuviéramos desunidos, y las partes integrantes permanecieran separadas, o bien, lo que es más probable, se unieran formando dos o tres confederaciones, nos hallaríamos, en poco tiempo, en la situación de las potencias continentales de Europa: nuestras libertades serían presa de los medios para defendernos de la ambición y los celos mutuos.

Esta es una idea no superficial o fútil, sino sólida y de peso. Merece la consideración más seria y madura de todo hombre prudente y honesto, sea cual fuere su partido.

Si tales hombres hacen una pausa firme y solemne, y meditan sin pasión sobre la importancia de esta interesante idea; si la contemplan en todas sus actitudes y siguen su curso hasta todas sus consecuencias, no dudarán en desprenderse de objeciones triviales a una Constitución cuya rejection pondría, con toda probabilidad, fin definitivo a la Unión.

Los fantasmas aéreos que revolotean ante la imaginación enfermiza de algunos de sus adversarios darían paso rápidamente a las formas más sustanciales de peligros reales, ciertos y formidables.

PUBLIO

  1. Esta objeción será examinada a fondo en su lugar correspondiente, y se demostrará que se ha tomado la única precaución natural que podía haberse tomado sobre este asunto; y una mucho mejor que la que se encuentra en cualquier constitución que se haya redactado hasta ahora en América, la mayoría de las cuales no contienen ninguna salvaguarda en absoluto sobre este tema.

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