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nydus/The Federalist PapersPublic
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FEDERALIST No. 2. Sobre los peligros de la fuerza e influencia extranjeras

Para el Independent Journal. Miércoles 31 de octubre de 1787

JAY

Al Pueblo del Estado de Nueva York:

CUANDO el pueblo de América reflexiona en que ahora es llamado a decidir una cuestión que, por sus consecuencias, ha de resultar una de las más importantes que jamás hayan atraído su atención, resultará evidente la propiedad de que adopte una perspectiva muy amplia, así como muy seria, sobre la misma.

Nada es más cierto que la indispensable necesidad del gobierno, y es igualmente indiscutible que, cuando y como quiera que sea instituido, el pueblo debe cederle algunos de sus derechos naturales para investirlo con los poderes necesarios.

Por consiguiente, es muy digno de consideración si conduciría más a los intereses del pueblo de América que constituyan, para todos los propósitos generales, una sola nación, bajo un solo gobierno federal, o que se dividan en confederaciones separadas y confieran a la cabeza de cada una el mismo tipo de poderes que se les aconseja otorgar a un único gobierno nacional.

Ha sido hasta hace poco una opinión aceptada e incontestada que la prosperidad del pueblo de América dependía de que se mantuviera firmemente unido, y los deseos, oraciones y esfuerzos de nuestros mejores y más sabios ciudadanos se han dirigido constantemente a ese objetivo.

Pero ahora aparecen políticos que insisten en que esta opinión es errónea y que, en lugar de buscar la seguridad y la felicidad en la unión, debemos buscarla en una división de los Estados en confederaciones o soberanías distintas.

Por extraordinaria que esta nueva doctrina pueda parecer, no deja de tener sus defensores; y ciertos personajes que antes se oponían mucho a ella, hoy en día se cuentan entre ellos. Cualesquiera que sean los argumentos o incentivos que hayan provocado este cambio en los sentimientos y declaraciones de estos señores, ciertamente no sería prudente que el pueblo en general adopte estos nuevos principios políticos sin estar plenamente convencido de que se fundamentan en la verdad y en una política sensata.

A menudo me ha complacido observar que la América independiente no estaba compuesta de territorios separados y distantes, sino que un país conectado, fértil y de vasta extensión era la porción asignada a nuestros hijos occidentales de la libertad.

La Providencia la ha bendecido de manera muy particular con una variedad de suelos y producciones, y la ha regado con innumerables arroyos, para el deleite y comodidad de sus habitantes.

Una sucesión de aguas navegables forma una especie de cadena en torno a sus fronteras, como para unirla; mientras que los ríos más nobles del mundo, que corren a distancias convenientes, les ofrecen carreteras para la fácil comunicación de auxilios amistosos y el transporte y el intercambio mutuo de sus diversas mercancías.

Con igual placer he notado asimismo que a la Providencia le ha placido conceder este único país conectado a un pueblo unido: un pueblo descendiente de los mismos antepasados, que habla el mismo idioma, profesa la misma religión, está apegado a los mismos principios de gobierno, es muy similar en sus maneras y costumbres, y que, mediante sus consejos, armas y esfuerzos conjuntos, luchando codo a codo a lo largo de una larga y sangrienta guerra, ha establecido noblemente la libertad general y la independencia.

Este país y este pueblo parecen haber sido echos el uno para el otro, y parece como si hubiera sido el diseño de la Providencia, que una herencia tan apropiada y conveniente para una banda de hermanos, unidos entre sí por los lazos más fuertes, no debiera ser dividida jamás en una serie de soberanías insociables, celosas y ajenas.

Sentimientos similares han prevalecido hasta ahora entre todos los órdenes y denominaciones de hombres entre nosotros. Para todos los fines generales hemos sido uniformemente un solo pueblo, disfrutando cada ciudadano individual en todas partes de los mismos derechos, privilegios y protección nacionales. Como nación hemos hecho la paz y la guerra; como nación hemos vencido a nuestros enemigos comunes; como nación hemos formado alianzas, y hecho tratados, y celebrado varios pactos y convenciones con estados extranjeros.

Un fuerte sentimiento del valor y las bendiciones de la unión indujo al pueblo, en una época muy temprana, a instituir un gobierno federal para preservarla y perpetuarla.

La formaron casi tan pronto como tuvieron una existencia política; es más, en un momento en que sus hogares estaban en llamas, en que muchos de sus ciudadanos sangraban y en que el avance de las hostilidades y la desolación dejaba poco margen para aquellas investigaciones y reflexiones serenas y maduras que siempre deben preceder a la formación de un gobierno sabio y bien equilibrado para un pueblo libre.

No es de extrañar que un gobierno instituido en tiempos tan desfavorables resulte, al ser puesto a prueba, sumamente deficiente e inadecuado para el propósito que debía cumplir.

Este pueblo inteligente percibió y lamentó estos defectos. Sin dejar de estar tan apegado a la unión como enamorado de la libertad, observó el peligro que amenazaba de inmediato a la primera y más remotamente a la segunda; y estando convencido de que solo podía hallarse una seguridad amplia para ambas en un gobierno nacional más sabiamente estructurado, convocó como con una sola voz a la pasada convención de Filadelfia para tomar ese importante asunto en consideración.

Esta convención, compuesta por hombres que poseían la confianza del pueblo, y muchos de los cuales habían llegado a distinguirse grandemente por su patriotismo, virtud y sabiduría, en tiempos que pusieron a prueba la mente y el corazón de los hombres, emprendió la ardua tarea.

En la apacible estación de la paz, con las mentes desocupadas de otros asuntos, pasaron muchos meses en una consulta serena, ininterrumpida y diaria; y finalmente, sin haberse dejado intimidar por el poder, ni influenciar por pasiones distintas al amor por su país, presentaron y recomendaron al pueblo el plan producto de sus deliberaciones conjuntas y muy unánimes.

Admitid, porque tal es el hecho, que este plan solo es RECOMENDADO, no impuesto; pero recuérdese que no se recomienda ni a la aprobación CIEGA, ni a la reprobación CIEGA; sino a esa consideración serena y sincera que la magnitud y la importancia del tema exigen, y que ciertamente debe recibir.

Pero esto (como se observó en el número precedente de este periódico) es más de desear que de esperar, que sea así considerado y examinado. La experiencia en una ocasión anterior nos enseña a no ser demasiado optimistas en tales esperanzas.

Aún no se ha olvidado que los temores bien fundamentados de un peligro inminente indujeron al pueblo de América a formar el memorable Congreso de 1774. Aquel organismo recomendó ciertas medidas a sus constituyentes, y el acontecimiento demostró su sabiduría; sin embargo, aún está fresco en nuestra memoria cuán pronto la prensa comenzó a rebosar de opúsculos y gacetas semanales en contra de esas mismas medidas.

No solo muchos de los funcionarios del gobierno, que obedecían a los dictados del interés personal, sino otros, por un cálculo erróneo de las consecuencias, o por la influencia indebida de antiguos afectos, o cuya ambición apuntaba a objetivos que no se correspondían con el bien público, fueron incansables en sus esfuerzos por persuadir al pueblo de que rechazara los consejos de aquel Congreso patriótico. Muchos, en verdad, fueron engañados y seducidos, pero la gran mayoría del pueblo razonó y decidió juiciosamente; y felices son al reflexionar que así lo hicieron.

Consideraban que el Congreso estaba compuesto por muchos hombres sabios y experimentados. Que, habiendo sido convocados de diferentes partes del país, traían consigo y se comunicaban mutuamente una variedad de información útil. Que, en el transcurso del tiempo que pasaban juntos investigando y discutiendo los verdaderos intereses de su país, debían haber adquirido un conocimiento muy preciso al respecto. Que estaban individualmente interesados en la libertad y la prosperidad públicas y que, por tanto, no era menos su inclinación que su deber recomendar únicamente aquellas medidas que, tras la más madura deliberación, creyeran realmente prudentes y aconsejables.

Estas y similares consideraciones indujeron entonces al pueblo a confiar grandemente en el juicio y la integridad del Congreso; y siguieron su consejo, a pesar de las diversas artes y esfuerzos empleados para disuadirles de ello.

Pero si el pueblo en general tenía motivos para confiar en los hombres de aquel Congreso, de los cuales pocos habían sido plenamente probados o eran generalmente conocidos, mayores motivos tiene ahora para respetar el juicio y el consejo de la convención, pues es bien sabido que algunos de los miembros más distinguidos de aquel Congreso, que desde entonces han sido probados y justamente aprobados por su patriotismo y capacidad, y que han envejezido adquiriendo información política, fueron también miembros de esta convención, y aportaron a ella sus conocimientos y experiencia acumulados.

Es digno de notar que no solo el primer Congreso, sino todos los sucesivos, así como la reciente convención, han coincidido invariable y constantemente con el pueblo en pensar que la prosperidad de América dependía de su Unión. Preservarla y perpetuarla fue el gran objetivo del pueblo al formar dicha convención, y es asimismo el gran propósito del plan que la convención les ha aconsejado adoptar.

¿Con qué propiedad, por lo tanto, o con qué buenos propósitos, algunos hombres intentan en este período particular depreciar la importancia de la Unión? ¿O por qué se sugiere que tres o cuatro confederaciones serian mejores que una?

Estoy convencido de que el pueblo siempre ha pensado con acierto sobre este asunto, y que su apego universal y uniforme a la causa de la Unión se basa en razones grandes y de peso, las cuales me esforzaré por desarrollar y explicar en algunos de los próximos artículos.

Los que promueven la idea de sustituir el plan de la convención por varias confederaciones distintas, parece que prevén claramente que el rechazo de aquel pondría la continuidad de la Unión en el mayor peligro. Ese sería sin duda el caso, y deseo sinceramente que todo buen ciudadano prevea con igual claridad que, tan pronto como llegue la disolución de la Unión, América tendrá razones para exclamar, en las palabras del poeta:

"¡ADIÓS! UN LARGO ADIÓS A TODA MI GRANDEZA."

PUBLIUS Anclaje H2

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