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nydus/The Federalist PapersPublic
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EL FEDERALISTA No. 4. El mismo asunto continúa (En lo relativo a los peligros provenientes de la fuerza y la influencia extranjeras)

Para el *Independent Journal*. Miércoles 7 de noviembre de 1787

JAY

Al Pueblo del Estado de Nueva York:

MI ÚLTIMO escrito señaló varias razones por las cuales la seguridad del pueblo estaría mejor garantizada por la unión frente al peligro al que pudiera verse expuesto por causas JUSTAS de guerra dadas a otras naciones; y esas razones demuestran que tales causas no sólo se darían con mayor infrecuencia, sino que también serían arregladas con mayor facilidad por un gobierno nacional que por los gobiernos de los Estados o por las pequeñas confederaciones propuestas.

Pero la seguridad del pueblo de América frente a los peligros de la fuerza EXTRANJERA depende no sólo de que se abstenga de dar JUSTOS motivos de guerra a otras naciones, sino también de que se coloque y permanezca en una situación tal que no INVITE a la hostilidad o al insulto; pues no es necesario señalar que existen motivos de guerra APARENTES además de los justos.

Es demasiado cierto, por más vergonzoso que sea para la naturaleza humana, que las naciones en general harán la guerra siempre que tengan la perspectiva de obtener algo con ella; es más, los monarcas absolutos a menudo harán la guerra cuando sus naciones no vayan a obtener nada con ella, sino por propósitos y objetivos meramente personales, tales como la sed de gloria militar, la venganza por afrentas personales, la ambición, o pactos privados para engrandecer o apoyar a sus familias particulares o partidarios.

Estos y una variedad de otros motivos, que afectan únicamente a la mente del soberano, le llevan a menudo a embarcarse en guerras no santificadas por la justicia ni por la voz y los intereses de su pueblo.

Pero, independientemente de estos incentivos a la guerra, que son más frecuentes en las monarquías absolutas, pero que merecen muy bien nuestra atención, hay otros que afectan a las naciones tan a menudo como a los reyes; y algunos de ellos, tras un examen, se descubrirá que surgen de nuestra situación y circunstancias relativas.

Con Francia y con Gran Bretaña somos rivales en la pesca, y podemos abastecer sus mercados más barato que ellos mismos, a pesar de cualquier esfuerzo por impedirlo mediante primas a su propia producción o aranceles al pescado extranjero.

Con ellos y con la mayor parte de las demás naciones europeas somos rivales en la navegación y en el comercio de transporte; y nos engañaremos si suponemos que alguna de ellas se alegrará de verlo florecer; pues, como nuestro comercio de transporte no puede aumentar sin disminuir en cierto grado el de ellas, es más de su interés, y será más conforme a su política, reprimirlo que promoverlo.

En el comercio con China e India, interferimos con más de una nación, en la medida en que nos permite participar en ventajas que ellas habían monopolizado en cierto modo, y en que con ello nos abastecemos de mercancías que solíamos comprarles.

La extensión de nuestro propio comercio en nuestras propias naves no puede dar placer a ninguna nación que posea territorios en o cerca de este continente, porque la baratura y la excelencia de nuestras producciones, sumadas a la circunstancia de la vecindad, y a la empresa y la habilidad de nuestros comerciantes y navegantes, nos darán una mayor participación en las ventajas que esos territorios ofrecen, de lo que conviene a los deseos o a la política de sus respectivos soberanos.

España cree conveniente cerrarnos el Misisipi por un lado, y Gran Bretaña nos excluye del san Lorenzo por el otro; ni la una ni la otra permiten que las demás aguas que están entre ellas y nosotros se conviertan en el medio de comunicación y comercio recíprocos.

De estas y otras consideraciones similares, que podrían, de ser compatibles con la prudencia, ampliarse y detallarse más, es fácil ver que los celos y los desasosiegos pueden deslizarse gradualmente en las mentes y en los gabinetes de otras naciones, y que no debemos esperar que consideren con ojos de indiferencia y tranquilidad nuestro progreso en la unión, en el poder y en la influencia por tierra y por mar.

El pueblo de América es consciente de que los motivos para la guerra pueden surgir de estas circunstancias, así como de otras que hoy no son tan evidentes, y de que, siempre que tales motivos encuentren el momento y la oportunidad propicios para su actuación, no faltarán pretextos para disimularlos y justificarlos.

Con sensatez, por lo tanto, consideran que la unión y un buen gobierno nacional son necesarios para ponerlos y mantenerlos en TAL SITUACIÓN que, en vez de PROVOCAR la guerra, tienda a reprimirla y desalentarla. Esa situación consiste en el mejor estado posible de defensa, y depende necesariamente del gobierno, las armas y los recursos del país.

Como la seguridad del todo es el interés del todo, y no puede proveerse sin gobierno, ya sea de uno, de pocos o de muchos, inquiremos si un buen gobierno no es, en relación con el objeto en cuestión, más competente que cualquier otro número dado, sea el que fuere.

Un gobierno puede reunir y aprovechar el talento y la experiencia de los hombres más capaces, en cualquier parte de la Unión en que se encuentren.

Puede actuar sobre principios uniformes de política.

Puede armonizar, asimilar y proteger las diversas partes y miembros, y extender el beneficio de su previsión y precauciones a cada una de ellas.

En la formación de los tratados, tendrá en cuenta el interés del conjunto, y los intereses particulares de las partes en relación con el del conjunto.

Puede aplicar los recursos y el poder del conjunto a la defensa de cualquier parte en particular, y ello con mayor facilidad y rapidez de lo que los gobiernos estatales o las confederaciones separadas pueden hacerlo jamás, debido a la falta de acuerdo y unidad de sistema.

Puede someter a la milicia a un solo plan de disciplina y, al colocar a sus oficiales en una línea adecuada de subordinación al Jefe del Ejecutivo, la consolidará, por decirlo así, en un solo cuerpo y, por consiguiente, la hará más eficaz que si estuviera dividida en trece o en tres o cuatro compañías independientes y distintas.

¿Qué sería de la milicia de Gran Bretaña si la milicia inglesa obedeciera al gobierno de Inglaterra, si la milicia escocesa obedeciera al gobierno de Escocia y si la milicia galesa obedeciera al gobierno de Gales? Supóngase una invasión; ¿serían esos tres gobiernos (si es que llegaran a ponerse de acuerdo) capaces, con todas sus respectivas fuerzas, de operar contra el enemigo con tanta eficacia como lo haría el único gobierno de Gran Bretaña?

Hemos oído hablar mucho de las flotas de Gran Bretaña, y puede llegar el momento, si somos sabios, en que las flotas de América atraigan la atención.

Pero si un gobierno nacional no hubiera regulado la navegación de Gran Bretaña de modo que fuera un semillero de marinos —si un gobierno nacional no hubiera convocado todos los medios y materiales nacionales para formar flotas, su valor y su trueno nunca habrían sido celebrados.

Que Inglaterra tenga su navegación y su flota, que Escocia tenga su navegación y su flota, que Gales tenga su navegación y su flota, que Irlanda tenga su navegación y su flota; que esas cuatro partes integrantes del imperio británico estén bajo cuatro gobiernos independientes, y es fácil percibir cuán pronto se vendrían abajo, reduciéndose cada una a una insignificancia comparativa.

Aplíquense estos hechos a nuestro propio caso. Dejemos a América dividida en trece o, si se quiere, en tres o cuatro gobiernos independientes: ¿qué ejércitos podrían reclutar y sufragar?, ¿qué flotas podrían llegar a esperar tener?

Si uno fuera atacado, ¿acudirían los otros en su auxilio y derramarían su sangre y su dinero en su defensa? ¿No habría peligro de que se dejaran adular hasta la neutralidad por sus falaces promesas, o de que se vieran seducidos por un apego excesivo a la paz como para negarse a arriesgar su tranquilidad y su seguridad actual en aras de vecinos de quienes quizás hayan sentido celos, y cuya importancia se alegran de ver disminuida?

Aunque tal conducta no sería prudente, sería, sin embargo, natural. La historia de los Estados de Grecia, y de otros países, abunda en tales ejemplos, y no es improbable que lo que ha sucedido tan a menudo volviera a suceder bajo circunstancias similares.

Pero admitid que puedan estar dispuestos a ayudar al Estado o confederación invadidos. ¿Cómo, cuándo y en qué proporción se proporcionarán los auxilios de hombres y dinero? ¿Quién mandará los ejércitos aliados y de cuál de ellos recibirá sus órdenes? ¿Quién establecerá los términos de la paz y, en caso de disputas, qué árbitro decidirá entre ellos y obligará a la aquiescencia?

Diversas dificultades e inconvenientes serian inseparables de semejante situación; mientras que un solo gobierno, velando por los intereses generales y comunes, y combinando y dirigiendo los poderes y recursos del conjunto, se vería libre de todas estas trabas y contribuiría mucho más a la seguridad del pueblo.

Pero cualquiera que sea nuestra situación, ya sea firmemente unidos bajo un solo gobierno nacional, o divididos en varias confederaciones, lo cierto es que las naciones extranjeras lo sabrán y lo verán exactamente como es; y actuarán en consecuencia con respecto a nosotros.

Si ven que nuestro gobierno nacional es eficiente y está bien administrado, nuestro comercio prudentemente regulado, nuestra milicia debidamente organizada y disciplinada, nuestros recursos y finanzas discretamente manejados, nuestro crédito restablecido, nuestro pueblo libre, contento y unido, estarán mucho más dispuestos a cultivar nuestra amistad que a provocar nuestro resentimiento.

Si, por el contrario, nos encuentran carentes de un gobierno eficaz (haciendo cada Estado lo que le parece bien o mal, según a sus gobernantes les convenga), o divididos en tres o cuatro repúblicas o confederaciones independientes y probablemente discordantes, una inclinándose hacia Gran Bretaña, otra hacia Francia y una tercera hacia España, y quizás enfrentadas entre sí por las tres, ¡qué pobre y lastimosa figura hará América ante sus ojos!

¿Cuán expuesta no llegaría a quedar ella no solo al desprecio de ellos, sino también a su indignación, y cuán pronto proclamaría la experiencia, pagada a alto precio, que cuando un pueblo o una familia se dividen de tal modo, el resultado es siempre en su propia contra?

PUBLIUS Anclaje H2

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