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nydus/Murder by the ClockPublic
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XV. La delgada hoja de acero

Se sentía segura de tener muchísimo más conocimiento de la vida del que uno encontraba en los libros del montón. Pamplinas. Sí, «pamplinas» era, en efecto, la palabra. Por supuesto, sus libros no serían del montón. Ahora bien, esa pequeña historia de Delia Hackenpoole y el médico residente de ojos esquivos...

Ojos⁠ ⁠…

Sí, los ojos del señor Hollander brillaban, incluso en ese segundo destello que acababa de captar de ellos. Pero posiblemente él también estuviera inquieto. Llevaba diez minutos más o ni menos sentado con una quietud terrible. Ni se inmutaba. A uno casi se le olvidaría que estaba ahí.

Por supuesto que era apuesto. Especialmente con esa luz suave y difusa de la lejana lámpara que perfilaba oscuramente sus pálidos rasgos. Y lo eran, pálidos. Genuinamente pálidos. Ella esperaba de veras que no fuera a enfermarse o a sufrir una crisis nerviosa y arruinar este caso tan maravillosamente perfecto del querido doctor.⁠ ⁠…

Mrs. Sanford Worth. Qué nombre tan agradable sería. Distingué. ¡Qué acertados eran los franceses! (Ella sabía diez frases).

¿Se estaba moviendo de verdad la mano derecha del señor Hollander, o era una ilusión de luces y sombras? Parecía deslizarse lentamente por el brazo del sillón y terminaría por caer en su regazo. Se estaba moviendo; no se estaba moviendo; la verdad, era bastante espeluznante.

¡Malditos nervios!

Cambió su centro de gravedad y sintió un alivio temporal. Los sillones mullidos eran en realidad detestables para pasar en ellos largos periodos sentada, bien pensado, en comparación con un buen sofá de crin de caballo de los de antes, como el que la tía Helen tenía en Sciota.⁠ ⁠…

¡Vaya, la mano había desaparecido!

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