teniente Valcour... inspector, verdad? ¡Pero qué eficacia tan perfecta! Estoy preocupada, inspector, por el señor Hollander, y me preguntaba si le sería posible subir a hablar del asunto conmigo... No, no ha desaparecido. Sé exactamente adónde ha ido, pero tengo razones para creer que podría sucederle algo... Sí, soy la señora Hollander que antes era la señora Herbert Endicott... Sí, ese espantoso asunto... ¿Oh, sí vendrá? Muchas gracias”.
El inspector Valcour esbozó una pequeña sonrisa extrañamente satisfecha para sus adentros mientras iba sentado en la limusina del departamento, conducida por un chófer del mismo, y avanzaba raudo y sin sobresaltos hacia el norte por Lafayette Street rumbo al domicilio de la señora Hollander en Park Avenue.
Y pensó en muchas cosas.
Pensó en Marge Myles y en Herbert Endicott, que habían muerto; y en Madame Velasquez, que también había muerto.
Pensó en la señora Siddons, de regreso a sus colinas nativas de Nueva Inglaterra, hundiendo su cuerpo y su ser en las durezas de granito de estas y extrayendo de ellas un alimento asombroso, tal como lo haría una flor que crece en la imperceptible fisura de alguna roca sólida.
Pensó en Roberts, a quien nunca volvió a ver y de quien nunca volvió a saber nada, después de que se le imputara la violación de la ley Sullivan y se suspendiera su condena.
Había regresado a Inglaterra, probablemente, para sumirse en un telón de fondo adecuado para sus cavilaciones neuróticas.
Y ese socio de Hollander, el tal señor Smith, con sus aires sureños. Se había esfumado por completo, para no volver jamás; y el hecho no tenía la más mínima importancia. A lo sumo, había sido un asunto secundario demasiado insignificante como para seguir molestándose en él.