No era solo la pistola lo que quería el teniente Valcour. Había algo más. El sombrero de Endicott: eso era.
¿Cómo encajaba la persona que había sido atrapada en el armario con el sombrero de Endicott?
La respuesta le vino con la claridad repentina que suele iluminar un problema en el que la mente subconsciente ha estado trabajando durante un tiempo. El sombrero era el toque final para el disfraz de esa persona. Y tal hecho presuponía a una mujer. El sombrero de un hombre añadiría inconmensurablemente a cualquier disfraz adoptado por una mujer.
¿Pero qué mujer?
¿Y por qué su sombrero había estado en el armario?
Y aún seguía sin haber respuesta a la desconcertante pregunta sobre cuál había sido el objetivo del registro en los bolsillos y los papeles de Endicott.
Existía, por supuesto, una solución perfectamente clara y lógicamente posible: el objeto o documento, fuera cual fuese, había sido encontrado y se lo había llevado el ladrón junto con el sombrero de Endicott y el botón superior de su abrigo.
Y si tal era el caso, es posible que nunca llegara a saberse qué era exactamente aquel objeto o documento.
Por cuarta vez desde que estaba sentado en el escritorio, el teniente Valcour olfateó el aire. Había un leve rastro de perfume —un olor curiosamente evocador— casi imperceptible, pero del que estaba muy seguro de haber encontrado en algún lugar diferente en algún momento de la noche. Solo era perceptible cuando se sentaba en el escritorio, y llegó a la deducción, sin demasiado esfuerzo mental, de que por lo fuerza debía emanar de algo relacionado con el escritorio. Tal vez de aquella abertura de la que había sacado el cajón—