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nydus/Murder by the ClockPublic
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IV. Pálida arde la oscuridad

—Sí, señora.

Al pasar junto a él camino de la puerta, el teniente Valcour sintió la imperativa percepción de un intento de revelación: un intento de transmitirle algún conocimiento especial.

Al mirarlo de reojo, los ojos de ella se despojaron de telarañas y se volvieron marcadamente informativos.

Fue una reacción enteramente inconsciente por su parte la que arrancó de sus labios la palabra «Luego».

Las telarañas reaparecieron.

Salió de la habitación.

El teniente Valcour acercó una silla al chaise longue sobre el que Mrs. Endicott yacía nerviosa. Arrojada sobre sus rodillas había una bata de seda de China, un río negro que llevaba sobre su superficie enormes flores hechas de plata y cortadas en sus flecos con el chifón verde jade de su vestido.

Inició su campaña rodeando primero, con palabras, y por un buen margen su objetivo último. Su tono, de una deliberada y cordial informalidad, constituía un antídoto contra posibles reservas o temores.

—Es la tragedia de la vida de un detective —dijo amablemente—, que el breve y tenue contacto que tiene con un caso ofrece un trasfondo tan inútil para la conducta humana. Ya ve a qué me refiero, señora Endicott. De ser usted, o alguna amistad íntima suya o de su esposo, ya tendría en mi poder los innumerables hilos pequeños que han tejido el patrón de la vida del señor Endicott durante los últimos cinco o diez años.

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