11:28 p.m. — La señora Endicott grita
Las tangentes y los desvíos comenzaban a multiplicarse. El teniente Valcour los iba enumerando mentalmente mientras bajaba pensativo por la escalera y recorría el pasillo hacia la habitación de Endicott: la señora Endicott en persona y la espartana señora Siddons—ambas habían sido exploradas parcialmente—; Roberts, con su asombrosa mirada que había apuntado tan claramente hacia revelaciones. ¿Y qué había de Marge Myles? ¿Y del hombre desconocido con quien la señora Endicott había tomado el té esa misma tarde? Abrió la puerta de la habitación de Endicott y entró.
Los preparativos para la operación estaban prácticamente terminados. El doctor Worth y el médico forense estaban junto a la cama, y revoloteando cerca de ellos había dos enfermeras tituladas con uniforme—mujeres de mediana edad, competentes, almidonadas y de aspecto abstracto, que se movían con cierta altivez en su mundo privado, el cual estaba tan concisamente separado de la esfera de los legos.
Cassidy, que parecía más sombrío que nunca, seguía ocupando rígidamente la silla cerca de la puerta. Continuó inspeccionando con un interés casi febril una inmaculada extensión de techo blanco sobre su cabeza.
El teniente Valcour se sentó en la esquina de un largo arcón de caoba situado ante la ventana más alejada de la cama y observó con gravedad al doctor Worth. Empezó a sentirse un poco mareado y esperaba no hacer elimbécil y desmayarse. Había presenciado una gran cantidad de accidentes y apuñalamientos, pero nunca había asistido a una operación, y aquello le ponía los nervios de punta. Incluso si Endicott no estuviera