Ella siguió mirando a través de la ventana y dándole la espalda. No dijo nada. Él intentó adivinar la intención en su postura. No era un gesto de grosería mezquina ni de rencor airado; tampoco sugería en modo alguno desesperación o miedo. Salió y cerró la puerta.
Y al cruzar el pasillo hacia la habitación de Endicott, se le ocurrió con chocante claridad que, a pesar de la aparente absurdidad de la idea, su postura había sugerido un estado de ánimo muy definido de positiva exaltación.