Hizo un grupito con cada lote de notas de la misma mujer.
Un montón encabezaba la lista con el número diez. Estas estaban firmadas como «Bebe» y se dirigían con deplorable monotonía a «Mi cavernícola».
Endicott debía de ser bastante cenutrio, decidió, además de una especie de animal bastante abyecto. Estaba muy bien que Roberts delirara sobre los soldados, los corazones sencillos, la guerra y esas cosas. En eso consistía todo: en delirar. Y qué si Endicott y, presumiblemente, su hermano tenían corazones sencillos. Los conejillos de indias también.
El teniente Valcour se preguntó si todos los demás relacionados con el caso estaban completamente cuerdos y él solo un poco loco. Roberts, la señora Endicott, el ama de llaves, Hollander, madame Velasquez. Todos parecían un poco tocados, y eso era un síntoma de locura cuando uno consideraba que todos los demás estaban locos menos él mismo. Pero nadie era jamás verdaderamente normal bajo circunstancias desagradables y aterradoras; al menos, él nunca había encontrado a nadie que lo fuera.
Las cartas carecían de sentido como posibles indicios de un móvil; eran tan solo una amalgama pegajosa de lujuria, codicia, mediocridad y pésimo gusto.
Las hizo a un lado de un empujón.
Él contempló la fortalecida luz del día que entraba por la ventana frente a su escritorio.
El trozo de cielo que lograba ver era de esmeralda bruñida, y la parte trasera de las casas al otro lado de los jardines intermedios era de color malva y gris oscuro, con líneas de amarillo limón que corrían tenuemente a lo largo de sus tejados.