los mercados se intensifica enormemente. Ya hacia finales del siglo XIX no se podía encontrar ningún territorio que permaneciera completamente libre para la exportación de mercancías, ni ninguna región en la que el capitalista no hubiera puesto aún el pie.
Comenzaba una gran subida en el precio de las materias primas; los metales, la lana, la madera, el carbón y el algodón se estaban encareciendo. Durante los años inmediatamente anteriores a la guerra, se había producido una lucha encarnizada por los mercados y una pugna por nuevas fuentes de materias primas.
Los capitalistas husmeaban por todo el mundo en busca de nuevas minas de carbón y nuevos yacimientos de mineral; buscaban nuevos mercados a los que exportar los productos de sus metalúrgicas, sus telares y otras fábricas; querían un público nuevo, un público «fresco» al que saquear.
En días pasados, con bastante frecuencia, los competidores de cualquier país consistían