En el año 1914 los territorios nacionales de las seis Grandes Potencias sumaban en total unos seis millones de millas cuadradas. La superficie total de sus posesiones coloniales en la misma fecha era de aproximadamente treinta millones de millas cuadradas.
Sobran las palabras para decir que en un principio tales robos se efectuaban a costa de los países más pequeños, de aquellos que estaban desprotegidos y eran débiles. Fueron los primeros en arruinarse.
Del mismo modo que en la lucha entre los fabricantes y los artesanos independientes estos últimos fueron los primeros en sucumbir, ocurrió aquí.
Los grandes fideicomisos estatales, los grandes capitalistas organizados para el robo, comenzaron por aplastar a los gobiernos menores y apoderarse de sus posesiones.
En la economía mundial, la centralización del capital avanzó por los caminos conocidos; los Estados menores se arruinaron mientras los grandes Estados bandidos se enriquecían, se hacían más grandes y más poderosos.
Tan pronto como hubieron anexionado el mundo entero, comenzaron a luchar más ferozmente entre ellos.
Era inevitable que los bandidos se disputaran ahora el botín, que lucharan por una redistribución del mundo. Quedaban Estados ladrones gigantescos, y un combate a vida o muerte iba a sobrevenir entre estos supervivientes.