distribución. Preparó así el terreno, aún más plenamente que antes, para el momento en que el proletariado pudiera tomar en sus propias manos la gran producción, ahora centralizada.
Era inevitable que la guerra, cuyo peso oprimía tan fuertemente a la clase obrera, condujera a su debido tiempo a un levantamiento de las masas proletarias.
La característica principal de la guerra fue que resultó asesina en un grado sin precedentes. El reclutamiento de tropas avanzó a pasos de gigante. El proletariado quedó positivamente diezmado en los campos de batalla.
Los informes muestran que hasta marzo de 1917, el número de muertos, heridos y desaparecidos ascendía a un total de 25 millones; hacia el 1 de enero de 1918, el número de muertos había sido de aproximadamente 8 millones.
Si suponemos que el peso medio de un soldado es de 150 libras, esto significa que entre el 1 de agosto de 1914 y el 1 de enero de 1918, los capitalistas habían llevado al mercado mil doscientos millones de libras de carne humana putrefacta.
Para calcular la pérdida real de seres humanos, debemos sumar unos cuantos millones de inválidos permanentes. Si consideramos únicamente la sífilis, esta enfermedad se ha propagado a causa de la guerra en una medida casi increíble, de modo que el contagio es ahora prácticamente universal.
Como consecuencia de la guerra, las personas han perdido mucha aptitud física; los elementos más sanos, los más eficaces, aquellos que formaban la flor y nata de las naciones, han sido destruidos. Huelga decir que el peso principal de las pérdidas recayó sobre los obreros y los campesinos.