Los trabajadores están encadenados por el hambre. El hambre los obliga a contratarse, es decir, a vender su fuerza de trabajo. No hay otra solución para el trabajador; no tiene alternativa. Con sus solas manos no puede producir «su» producto. Pruebe a fundir acero, a tejer, a construir vagones de ferrocarril sin herramientas ni maquinaria. Bajo el capitalismo, hasta la tierra misma está enteramente en manos privadas; no queda ningún rincón sin dueños donde pueda llevarse a cabo una empresa. La libertad del trabajador para vender su fuerza de trabajo, la libertad del capitalista para comprarla, la «igualdad» entre el capitalista y el asalariado: todo esto no es más que la cadena del hambre que obliga al obrero a trabajar para el capitalista.
De este modo, la esencia del trabajo asalariado consiste en la venta de la fuerza de trabajo, o en la transformación de la fuerza de trabajo en una mercancía. En la economía mercantil simple que describimos en el § 6, se podían encontrar en el mercado: leche, pan, tela, botas, etc.; pero no fuerza de trabajo. La fuerza de trabajo no estaba a la venta. Su poseedor, el artesano independiente, tenía además su pequeña vivienda y sus herramientas. Trabajaba para sí mismo, dirigía su propia empresa, aplicaba su propia fuerza de trabajo para llevarla a cabo.
Muy diferente es la situación bajo el capitalismo. El trabajador ya no posee los medios de producción; no puede hacer uso de su fuerza de trabajo para la dirección de su propia empresa; si quiere librarse de la inanición, debe vender su fuerza de trabajo al capitalista.
Codo a codo con los mercados donde se venden algodón, queso y máquinas, surge también el mercado de trabajo, donde los proletarios, es decir, los trabajadores asalariados, venden su fuerza de trabajo.