No era la primera vez que la burguesía utilizaba tales métodos. Ya hemos visto anteriormente que los magnates de los trusts introdujeron aranceles elevados para que, mientras saqueaban a sus compatriotas, pudieran conquistar más fácilmente el mercado extranjero. Para ellos, por lo tanto, los derechos de aduana eran un medio de ataque. Pero la burguesía insistía en que los derechos se imponían con el fin de proteger la industria nacional. Lo mismo ocurrió en el caso de la guerra. La esencia de la guerra imperialista, que iba a someter al mundo al yugo del capital financiero, residía en que en ella todos eran agresores. Hoy esto está más claro que el agua. Los lacayos del zarismo declararon que se estaban defendiendo. Pero cuando la revolución de noviembre abrió los archivos ministeriales y cuando se publicaron los secretos tratados, se aportaron pruebas documentales de que tanto el zar como Kérenski, de acuerdo con los británicos y los franceses, estaban librando la guerra en aras del botín, de que querían apoderarse de Constantinopla, saquear Turquía y Persia, y robar Galitzia a Austria. Estas cosas son ahora tan evidentes como que dos y dos son cuatro.
Los imperialistas alemanes también terminaron por quedar al descubierto. Pensemos en el tratado de Brest-Litovsk; pensemos en los pillajes en Polonia, Lituania, Ucrania y Finlandia.
La revolución alemana también ha conducido a numerosas revelaciones. Hemos sabido por pruebas documentales que Alemania estaba dispuesta a atacar por amor al saqueo, y que había planeado apoderarse de vastas extensiones de territorios y colonias extranjeros.
¿Y qué hay de los «nobles» Aliados? Ellos también han quedado completamente desenmascarados. Nadie puede creer en su nobleza después del tratado de Versalles. Han despojado a Alemania hasta dejarla