Cuando en nuestro viejo programa exigimos la elección de oficiales, nuestro objetivo era garantizar que el mando del ejército fuera arrancado de manos de las clases explotadoras. Suponíamos que el ejército podría ser democratizado mientras el poder político aún permanecía en manos de la burguesía. Por supuesto, la idea era totalmente inviable, pues nunca podría esperarse que ninguna burguesía del mundo entregara sin resistencia el aparato militar de opresión. Pero en la lucha contra el militarismo, en la campaña contra los privilegios de la casta de oficiales, nuestra exigencia de la elección de oficiales demostró una importancia enorme, y no fue menos importante debido a la manera en que contribuyó a la desintegración general de los ejércitos imperialistas.
El Ejército Rojo, por otra parte, se encuentra bajo control proletario. Los trabajadores lo administran a través de los órganos centrales de los sóviets, que ellos mismos eligen. En todos los grados de la vida del ejército, el proletariado ejerce el control mediante el instrumento de los comisarios comunistas, quienes, tanto en el frente como en la retaguardia, provienen principalmente de entre los trabajadores.
En estas circunstancias, la cuestión de elegir a los oficiales se convierte en un asunto de importancia puramente técnica. Lo verdaderamente importante es saber qué hará que el ejército, en su estado actual, sea la fuerza de combate más eficaz. Desde este punto de vista, ¿será mejor elegir a los oficiales o nombrarlos desde arriba?
Si tenemos en cuenta que nuestro Ejército Rojo se recluta principalmente entre el campesinado, si recordamos las penalidades a las que está expuesto, su agotamiento por dos guerras y el bajo nivel de conciencia de clase entre los campesinos que se han alistado en el ejército, nos resultará evidente que la práctica de elegir a los oficiales no puede dejar de ejercer una influencia disgregadora en nuestras fuerzas.