el capitalista fue al mercado como comprador. Ahora tiene que ir allí como vendedor. Al principio tenía dinero en sus manos, y quería comprar mercancías (los medios de producción). Ahora tiene mercancías en sus manos, y quiere obtener dinero. Cuando estas mercancías son vendidas, el capital salta de su forma de mercancía a su forma monetaria. Pero la cantidad de dinero que el capitalista recibe difiere de la cantidad que desembolsó originalmente, en la medida en que es mayor por toda la cantidad de la plusvalía.
Esto, sin embargo, no pone fin al movimiento del capital. El capital ampliado se pone de nuevo en movimiento y adquiere una cantidad aún mayor de plusvalía. Esta plusvalía se añade en parte al capital y comienza un nuevo ciclo. El capital rueda como una bola de nieve y, en cada revolución, se le adhiere una cantidad mayor de plusvalía. El resultado de esto es que la producción capitalista se expande continuamente.
Así, el capital chupa la plusvalía de la clase trabajadora y extiende por todas partes su dominación. Sus peculiaridades explican su rápido crecimiento. La explotación de una clase por otra tuvo lugar en épocas anteriores. Consideremos, por ejemplo, a un terrateniente cuando imperaba la servidumbre, o a un esclavista en la antigüedad clásica. Vivían a costa de sus siervos y esclavos. Pero todo lo que los trabajadores producían, los terratenientes y esclavistas se lo comían, bebían y vestían, ya fuera ellos mismos, o bien sus sirvientes y sus numerosos parásitos. En aquella época había muy poca producción de mercancías. No existía el mercado. Si el terrateniente o el esclavista hubieran obligado a sus siervos o esclavos a producir vastas cantidades de pan, carne, pescado, etc., todo ello simplemente se habría podrido. La producción se limitaba a la satisfacción de las necesidades animales del terrateniente y de su hogar.