Una guerra defensiva no carece de ventajas cuando se conduce con sabiduría. Puede ser pasiva o activa, tomando la ofensiva a veces.
La defensa pasiva es siempre perniciosa; la activa puede alcanzar grandes éxitos.
Siendo el objetivo de una guerra defensiva proteger, tanto como sea posible, al país amenazado por el enemigo, todas las operaciones deben diseñarse para retrasar su progreso, para hostigarlo en sus empresas multiplicando los obstáculos y las dificultades, sin comprometer, no obstante, al propio ejército.
Quien invade lo hace en razón de cierta superioridad; por tanto, buscará que el desenlace sea lo más rápido posible: la defensa, por el contrario, desea demorarlo hasta que su adversario se vea debilitado por el envío de destacamentos, por las marchas, y por las privaciones y fatigas inherentes a su avance.
Un ejército se reduce a la defensiva únicamente por reveses o por una inferioridad manifiesta. Busca entonces en el apoyo de las fortalezas, y en barreras naturales o artificiales, los medios para restablecer la igualdad multiplicando los obstáculos en el camino del enemigo. Este plan, cuando no se lleva al extremo, promete muchas probabilidades de éxito, pero solo cuando el general tiene el buen sentido de no hacer la defensa pasiva: no debe permanecer en sus posiciones para recibir cuantos golpes le aseste su adversario; debe, por el contrario, redoblar su actividad y estar constantemente en alerta para aprovechar todas las oportunidades de asaltar los puntos débiles del enemigo. Este plan de guerra puede llamarse defensivo-ofensivo, y puede tener ventajas estratégicas además de tácticas. Combina las ventajas de ambos sistemas; pues quien aguarda a su adversario en un terreno preparado, con todos sus propios recursos en la mano, rodeado de todas las ventajas