Lloyd, con cierta licencia poética, compara esta frontera con dos bastiones inexpugnables cuya cortina está formada por tres hermosos fuertes y cuyo foso es uno de los ríos más rápidos. Ha exagerado estas ventajas, pues su epíteto de «inexpugnable» quedó rotundamente desmentido por los sangrientos acontecimientos de 1800, 1805 y
La mayoría de los Estados europeos tienen fronteras que no son ni mucho menos tan formidables como la de los Alpes y el Eno; al contrario, suelen ser abiertas o consistir en montañas con pasos transitables en un número considerable de puntos. Nos proponemos ofrecer un conjunto de máximas generales aplicables por igual a todos los casos.
Cuando la topografía de una frontera es abierta, no debe intentarse hacer una línea completa de defensa construyendo demasiadas fortalezas, que exijan ejércitos para guarnecerlas y que, después de todo, quizás no impidan que un enemigo penetre en el país.
Es mucho más prudente construir menos obras y que estén debidamente ubicadas, no con la expectativa de impedir absolutamente la entrada del enemigo, sino de multiplicar los impedimentos a su avance y, al mismo tiempo, apoyar los movimientos del ejército que ha de repelerlo.
Si bien es raro que una plaza fortificada detenga por sí misma de manera absoluta el avance de un ejército, constituye, sin embargo, un obstáculo y obliga a este a destacar una parte de sus fuerzas o a hacer détours en su marcha; mientras que, por otra parte, confiere ventajas equivalentes al ejército que la posee, cubre sus depósitos, flancos y movimientos y, por último, es un lugar de refugio en caso de necesidad.
Las fortalezas ejercen así una influencia manifiesta sobre las operaciones militares; y ahora nos proponemos examinar sus relaciones con la