En un hombre deben existir dos cosas muy diferentes para hacer de él un general: debe saber cómo organizar un buen plan de operaciones y cómo llevarlo a un término exitoso. El primero de estos talentos puede ser un don natural, pero también puede adquirirse y desarrollarse mediante el estudio. El segundo depende más del carácter individual, es más bien un atributo personal y no puede crearse mediante el estudio, aunque sí puede mejorarse.
Es particularmente necesario que un monarca o el jefe de un gobierno posea la primera de estas prendas, porque en tal caso, aunque carezca de la aptitud para ejecutar, puede trazar planes de operaciones y juzgar acertadamente la bondad o los defectos de los que le presenten otros.
Se halla así en disposición de estimar debidamente la capacidad de sus generales, y cuando advierte que un general concibe un buen plan y posee firmeza y sangre fría, puede confiarse con seguridad a semejante hombre el mando de un ejército.
Si, por otra parte, el jefe de un Estado es un hombre con capacidad ejecutiva, pero que no posee la facultad de organizar sabias combinaciones militares, es probable que cometa todos los defectos que han caracterizado las campañas de muchos guerreros célebres que fueron únicamente soldados valientes sin haber mejorado en absoluto con el estudio.
A partir de los principios que he establecido, y de su aplicación a varias campañas famosas, mis lectores percibirán que la teoría de las grandes combinaciones de la guerra puede resumirse en las siguientes verdades.
La ciencia de la estrategia consiste, en primer lugar, en saber elegir bien un teatro de guerra y en estimar correctamente el del enemigo. Para ello, un general debe acostumbrarse a decidir sobre la importancia de los puntos decisivos, lo cual no es un asunto difícil cuando le ayudan las indicaciones que he dado sobre el tema, particularmente en los artículos del XVIII al XXII.