Cuando el príncipe lo llamó para ocuparlo en la recepción de un visitante, su semblante pareció cambiar y sus piernas, avanzar con dificultad.
Se inclinó hacia los demás oficiales entre los cuales se encontraba, moviendo el brazo izquierdo o el derecho según lo requería la posición de estos, pero manteniendo las faldas de su túnica bien ajustadas por delante y por detrás.
Se apresuró hacia adelante, con los brazos como las alas de un pájaro.
Cuando el huésped se había retirado, le informaba al príncipe: «El visitante ya no se vuelve».