Cuando entró por la puerta del palacio, parecía encorvar el cuerpo, como si esta no fuera lo suficientemente grande para dejarlo pasar.
Cuando estaba de pie, no ocupaba el centro de la puerta; cuando entraba o salía, no pisaba el umbral.
Cuando pasaba por el sitio desocupado del príncipe, su semblante pareció cambiar y sus piernas doblarse bajo él, y sus palabras salían como si apenas tuviera aliento para pronunciarlas.
Subió a la sala de recepciones, levantándose la túnica con ambas manos y con el cuerpo encorvado; conteniendo también la respiración, como si no osara respirar.
Cuando salió de la audiencia, tan pronto como hubo bajado un escalón, empezó a relajar el semblante y adoptó un aspecto satisfecho.
Cuando llegó al pie de los escalones, avanzó rápidamente hacia su sitio, con los brazos como alas, y al ocuparlo, sus modales aún mostraban una respetuosa inquietud.