Ch’ǎng-tsu y Chieh-nî trabajaban juntos en el campo cuando Confucio pasó junto a ellos y envió a Tsze-lû a preguntar por el vado.
Ch’ǎng-tsu dijo: «¿Quién es ese que lleva las riendas en aquel carruaje?».
Tsze-lû le respondió: «Es K’ung Ch’iû».
«¿No es el K’ung Ch’iû de Lü?», preguntó aquel.
«Sí», fue la respuesta, a la cual el otro replicó: «Él conoce el vado».
Tsze-lû preguntó entonces a Chieh-nî, quien le dijo: «¿Quién es usted, señor?».
Él respondió: «Soy Chung Yû».
«¿No es usted el discípulo de K’ung Ch’iû de Lü?», preguntó el otro.
«Lo soy», replicó él, y entonces Chieh-nî le dijo: «El desorden, como una crecida anegadora, se extiende por todo el imperio, y ¿quién es aquel que cambiará su estado por usted? En vez de seguir a alguien que simplemente se aparta de éste y de aquél, ¿no haría mejor en seguir a quienes se han apartado del mundo por completo?».
Dicho esto, se puso a cubrir la semilla y prosiguió con su labor, sin detenerse.
Tsze-lû fue y les comunicó sus palabras, y el Maestro comentó con un suspiro:
«Es imposible asociarse con las aves y las bestias, como si fueran iguales a nosotros. Si no me asocio con esta gente —con la humanidad—, ¿con quién he de asociarme? Si los principios rectos prevalecieran en el imperio, no habría necesidad de que yo cambiara su estado».