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Mucho más valiosas que las piedras preciosas

Hector Macintosh era un joven de unos veinticinco años que, junto con las inclinaciones del celta, había heredado también algunas de las consiguientes incapacidades, así como otras de carácter accidental.

Entre las demás se contaba una fuerte tendencia a considerar únicamente lo ideal y a apartarse de cualquier autoridad derivada de una fuente inferior. Su mayor deleite residía en el intento de plasmar, en lo que le parecía la forma natural del verso, los pensamientos que bullían constantemente en su interior, al menos en dirección a lo ideal, aun cuando fuera de lo más consciente de su incapacidad para lograr expresarlos.

Pero fue tan solo en la intimidad de su propio aposento donde intentó darles forma; de todas las cosas, rehuía cualquier tipo de confidencia en torno a estos asuntos tan queridos.

Ni tenía, en verdad, amigos que pudieran tentarlo a compartir con ellos lo que le parecía lo mejor de sí mismo; de modo que, a decir verdad, no intimaba con nadie.

Su mente se demoraba largamente en el amor y la amistad en un plano imaginario y abstracto, pero de ninguno de ambos había tenido la más mínima experiencia directa. Solo había acariciado los ideales más puros y elevados de ambas pasiones, y parecía hallar suficiente satisfacción en el esfuerzo por plasmarlos en su verso, sin siquiera imaginarse en comunicación con un público ilusorio.

Aún no había amanecido la era en que todo escribidor se halla consumido por la vana ambición de ser reconocido, no en verdad como lo que es, sino como se imagina a sí mismo en sus sesiones secretas de pensamiento.

Difícilmente podía atacarle esa enfermedad cuando aún sus mismas imaginaciones retrocedían ante el pensamiento de la presencia enemiga de una conciencia ajena.

Si esto era modestia, o tenía su base oculta en la presunción, soy incapaz de determinarlo, dados los escasos atisbos que he tenido de su mente.

Que dispusiera de tiempo libre para dar rienda suelta a su inclinación era el resultado de su peculiar posición. Vivía en la casa de su padre y estaba al servicio de este, por lo que era capaz tanto de adaptarse a las exigencias de su progenitor como de complacer al mismo tiempo por completo su propio gusto especial.

El mayor de los Macintosh era banquero en una de las mayores ciudades de condado de Escocia; al menos, tal es la profesión y la posición que allí se le concede por consenso popular a alguien que es, de hecho, tan solo un agente bancario, pues se trata de un cargo que conlleva una gran influencia y una responsabilidad aún mayor. De esta responsabilidad, sin embargo, no le había permitido sentir nada a su hijo, limitándose a usarlo como dependiente y dejándolo, tan pronto como expiraba la hora fijada para su trabajo de oficina, libre tanto de mente como de cuerpo, hasta que el nuevo día exigiera de nuevo su tiempo y su atención.

Su madre rara vez lo veía excepto en las comidas, y, en verdad, aunque él siempre se portaba con ella con filial cumplimiento, no existía literalmente ninguna intercomunión de pensamiento o sentimiento entre ambos; un hecho que probablemente tenía mucho que ver con el estado de poco desarrollo en el que Héctor se encontraba, o más bien, no se encontraba a sí mismo. De vez en cuando su madre quería que la acompañara a alguna visita, pero él evitaba ceder tanto como le era posible, y por lo general con éxito; pues esta era una de las exigencias de la convención social contra la que se rebelaba firmemente, tanto más resueltamente cuanto que en ninguna de las amistades de su madre lograba tomar el menor interés; ya que ella era esencialmente una mujer vulgar aunque ambiciosa, sin una chispa de aspiración, y sus amigos eran de la misma laya, sin respeto por nada que no fuera —o, al menos, eso suponían— la moda. En verdad, costaba entender cómo Héctor había podido nacer de semejante mujer, aunque a decir verdad ella era de un origen celta tan puro como su esposo; solo que la sangre no es espíritu, y eso a menudo se manifiesta con claridad.

Su padre, por otra parte, no carecía de ciertos indicios de imaginación, aunque bastante poco desarrollada y, a mi juicio, reprimida por las exigencias de sus relaciones comerciales. Al mismo tiempo, Hector sabía que estebergaba no poca indignación contra la insolencia del buen doctor Johnson en lo tocante tanto a Ossian como a su humilde traductor, Macpherson, defendiendo la autenticidad de ambos, si bien era incapaz de comprender y exponer los puntos de la discusión de uno u otro lado.

En cuanto a Héctor, se deleitaba en las antiguas tradiciones de su familia, y no pocas veces en su juventud más temprana había intentado encarnar de nuevo algunas de sus leyendas en inglés, en vano en lo que respecta a la retención de la especial ligereza y sugerencia de su simbolismo vagamente manifiesto, pues a menudo solía soltar la pluma con un suspiro de desesperación ante la naturaleza elusiva del aroma especial de la imaginación celta.

Por lo demás, había tenido una educación tan buena como Escocia podía ofrecerle en aquellos días, uno de cuyos mejores rasgos era el negativo de que no interfería en absoluto con el curso natural de sus tendencias innatas, y simplemente desarrollaba el poder de expresarse del modo que le pareciera más conveniente.

Permítanme añadir que tenía una buena conciencia —quiero decir, una conciencia dispuesta a advertirle de la más mínima tendencia a traspasar cualquier línea de prohibición— y que, hasta el momento, nunca se había negado conscientemente a prestar atención a dicha advertencia.

Otra cosa que debo mencionar es que, aunque su mente estaba constantemente obsesionada por formas imaginarias de belleza, nunca había estado hasta entonces en lo que se llama «enamorado».

Pues jamás había visto a nadie que se acercara siquiera a su idea de atracción espiritual y física a la vez. Se conformaba con vivir y esperar, sin tener siquiera la noción de que estuviera esperando algo.

Seguía escribiendo sus versos y recibiendo la recompensa, tal como era, de haber dejado constancia de los pensamientos que le habían venido, para poder evocarlos a voluntad. Tampoco albergaba pensamiento alguno sobre el terreno mental que así iba acumulándose poco a poco para el posible crecimiento de una semilla desconocida, apta para crecer y desarrollarse en ese mismo terreno desconocido.

Un día llegó a aquella fría ciudad del Norte una cierta mañana fría y soleada, alegre y chispeante, y con ella el principio de lo que, a falta de una palabra mejor, podemos llamar su destino.

Él no sabía nada de su aproximación, no tenía la menor previsión de que la divinidad acababa de poner en ese instante su mano en la configuración de sus destinos toscamente labrados.

Era principios de octubre según el calendario, pero hojas marrones, manchadas y secas yacían ya en pequeños montones sobre la acera⁠—montones hechos y rehechos continuamente, como para diversión del viento helado que ahora las dispersaba con un ímpetu, y de nuevo, improvisando un pequeño torbellino efímero, reunía un nuevo montón sobre las losas, para volver a dispersarse de nuevo, como con el más tremendo terror ante el viento que volvía a invadir, decidido una vez más a dispersarlas, en una desbandada rota de fugitivos en fuga.

Por la acera, al parecer contribuyendo al diseño descuidado del viento, una niña avanzaba sin cuidado arrastrando los pies entre las hojas inquietas y dóciles, creando con su falda más bien corta un torbellino artificial propio. Tenía los ojos fijos en el suelo y parecía absorta en un pensamiento ansioso, un pensamiento que tenía su origen en una de las causas más comunes de la perplejidad humana: la necesidad de dinero y la imposibilidad de idear un plan para conseguirlo.

No hacía más de unas pocas semanas que su padre había muerto, dejando tras de sí un patrimonio tan escaso para su viuda y su hija que solo mediante el mayor de los cuidados y apaños lograron, desde el principio, hacer que cubriera sus necesidades.

Tampoco, en verdad, les habría sido posible subsistir de no haber sido porque un hermano de la viuda complementaba sus pobres recursos con una ayuda contingente e inconstante, cuya continuidad él no podía asegurar ni se atrevía siquiera a prometer.

En el momento presente, sin embargo, no era la ansiedad por sus propios asuntos lo que ocupaba la mente de Annie Melville, por muy cercanos que estos pudieran estar; era la infeliz situación en la que la imprudencia de una amiga de la escuela —casi su única amiga— se había metido a sí misma debido a su apresurado matrimonio con un hombre que, hasta el momento presente, no había mostrado ninguna capacidad para mantenerse a sí mismo ni a la esposa a la que había arrastrado a su destino, y que no sabía dónde ni por qué medios conseguir siquiera el pan que necesitaban de inmediato.

Ahora bien, Annie nunca había tenido que sufrir hambre, y la idea de que su compañera de la infancia estuviera expuesta a semejante destino era algo que no podía soportar. Sin embargo, por más que veía una salida, habría que soportarlo.

Quizá ella misma, pasando privaciones, podría haberle dado un buen trozo de pan; ¡pero entonces ella sin duda lo compartiría con su tonto marido, y eso daría poca satisfacción!

Ya habían llegado a una etapa en su decadencia en la que no era el oro, ni siquiera la plata, sino el vil cobre lo que faltaba como equivalente del pan que tan solo podía mantenerlos con vida hasta el siguiente despertar del hambre que incluso ahora yacía en el umbral de su puerta.

¿Y cómo podía ella, en su pobreza casi absoluta, hacer algo? Su madre estaba a solo un paso de la misma meta y, como toda madre debe hacerlo, intervendría para impedir su inútil aplazamiento de lo inevitable. Estaba claro que no podía hacer nada; y, sin embargo, difícilmente podía consentir que fuera así.

Cuando su padre las dejó solas casi de repente, Annie ya trabajaba como ayudante en la Escuela Superior de Niñas, pero, ¡ay!, sin ningún reconocimiento de sus servicios ni siquiera con la promesa de un pago futuro.

Vivía solo con la esperanza de un pequeño sueldo, dependiente de su nombramiento definitivo para el cargo. Intentar sacar provecho de esa esperanza equivaldría a poner en peligro el nombramiento mismo.

No podía, ni siquiera por su amiga, arriesgar las perspectivas de su madre, de por sí bastante precarias; y no podía evitar percibir lo desesperado del caso de su amiga, debido a la absoluta falta de carácter del marido al que estaba esclavizada.

¿Para qué interferir con el hambre que él no haría nada por prevenir? ¿Cómo podría siquiera darle a un hombre así los seis peniques que habían sido el último regalo de su padre?

Pero Annie era de aquellas a quienes, en el transcurso de su vida, no les había faltado alguna que otra rareza, principalmente bajo la forma de lo que la mente corriente descartaría como una mera coincidencia.

No digo que le hubieran ocurrido «muchas» cosas de esa índole en su vida; pero, en conjunto, su rareza y su recurrencia habían hecho que las recordara todas, de modo que, al repasarlas, le parecían muchas.

Y ahora, con la vaga previsión, según parecía, de que algo iba a suceder, y con el vago recuerdo de que de antemano sabía que se aproximaba, algo extraño tuvo lugar.

Para referirse a tales cosas solía emplear, en días posteriores, la vieja y solemne frase bíblica: «Aconteció que»; nunca decía: «Sucedió».

Mientras caminaba con la vista en el suelo —donde las hojas marchitas eran arrebatadas de vez en cuando en una danza salvaje por el viento juguetón—, de pronto advirtió entre ellas algo que no pudo identificar, que giraba en el vórtice aéreo alrededor de sus pies. Apenas importándole lo que fuese, lo miró sin embargo, de manera casi mecánica, un poco más de cerca, lo perdió de vista, volvió a captarlo cuando una nueva ráfaga lo hizo girar una vez más en torno a sus pies, y ahora lo observó con mayor fijeza. Ni aun entonces parecía otra cosa que una hoja marchita más, marrón y arrugada, entregada al viento y crujiendo a su merced. Sin embargo, le causó una impresión tan poco parecida a la de una hoja que, por un momento más, clavó en él una mirada aún más aguda de ojos inconscientemente expectantes, y solo vio que parecía —tal vez un poco más grande que la mayoría de las otras hojas— tan marrón y muerta como ellas.

Casi al mismo instante, sin embargo, se volvió y se abalanzó sobre él y, en el momento en que lo tocó, advirtió que se sentía menos desmenuzable y quebradizo de lo que los otros aparentaban, y entonces vio claramente que no era una hoja, sino quizás un trapo, o posiblemente un pedazo de papel sucio y arrugado.

Con una curiosidad que crecía hasta convertirse en expectación, y en un momento en asombrado reconocimiento, procedió a desarrugarlo con cuidado y a alisarlo con ternura; ni bien había terminado del todo cuando cayó de rodillas sobre las frías losas, con su pequeña capa desplegándose desde el broche de su cuello en una ráfaga aún más violenta del viento helado; pero recordando de repente que no debía estar rezando a la vista de los hombres, se puso en pie de nuevo y, envolviendo su mano cerrada en el escaso borde de su capa, se apresuró, con el billete de una libra que había rescatado, hacia el amigo cuya necesidad era mayor que la suya⁠—no sin una indefinida ansiedad en el corazón sobre si estaría haciendo lo correcto.

Cuánto bien hizo la nota, o si simplemente cayó en el abismo sin fondo de la pérdida irremediable, no sabría decirlo.

La amiga de Annie y su compañero irresponsable cambiaron de inmediato su sucio papel moneda por plata, compraron comida y billetes de tren, abandonaron el pueblo y desaparecieron por completo de su horizonte.

Pero las consecuencias no terminaron con Annie; y al día siguiente llegó a saber de un hecho que resultó de gran importancia para ella, a saber, que esa misma noche en que encontró el dinero, la chimenea de la cocina del señor Macintosh se había incendiado; y bastaba con saber cómo había ocurrido esto para transformar la conciencia de la muchacha, que pasó de sentirse singularmente auxiliada por el ministerio de un ángel a la de una joven, hasta entonces honrada, ¡convertida de repente en ladrona!

Porque, en el transcurso de la charla de una vecina amiga, salió a relucir que aquella noche el banquero había estado usando el fuego de la cocina para destruir una acumulación de billetes de banco, la moneda común de Escocia, que se había considerado demasiado sucia o deteriorada como para volver a ponerla en circulación.

El conocimiento de este hecho fue el portazo con el que Annie sintió su alma expulsada a vagar en una noche de consternación.

La mujer que relató el hecho no vio nada importante en él; la señora Melville, a quien se lo contaba, no vio más que, tal vez, una lección sobre el deber de barrer las chimeneas con regularidad debido al peligro para los tejados de paja vecinos.

Pero si Annie no hubiera estado sentada en la sombra, su rostro cadavérico habría delatado, aun a la mirada más casual, un cierto horror culpable, pues ahora sabía que había encontrado y regalado lo que debió haber devuelto de inmediato a su legítimo dueño.

Era verdad que ni siquiera sabía que lo había perdido, y no podía sospechar que ella lo había encontrado; pero ¿qué diferencia hacía o podía hacer eso?

Era verdad también que ella no lo había tomado ni concedido en su propio provecho; pero, de nuevo, ¿qué diferencia podía hacer eso en su deber de devolverlo?

¿Acaso no recordaba muy bien cuán elocuente y precisamente el señor Kennedy había expuesto, el mismísimo domingo pasado, el pasaje: «No respetarás a la persona del pobre»?

Lo correcto era lo correcto, por mucho que la gente bondadosa dijera o pensara. Cualquiera podía dar lo que era suyo, pero ¿quién podía tener razón al regalar lo que era de otro?

Era verdad que lo había hecho sin pensar; pero sabía, o bien podía haber sabido, de sobra que, a quienquiera que perteneciese, no era suyo. ¿Y qué posibilidad había ahora de enmendar lo que había estropeado? Era apenas posible que llegase un día en que pudiera devolver lo que había tomado injustamente, pero en el momento presente le era tan imposible poner la mano sobre un billete de libra como sobre un millón. ¡Y, terrible pensamiento!, tendría que comparecer ante su padre —muerto, lo llamaban los hombres, pero vivo lo sabía ella— con la conciencia de no haberle devuelto el honor que le había confiado.

Naturalmente, a todo lector se le ocurrirá que con esto llevaba su sentido de la obligación hasta el límite de la necedad; y, en efecto, tal pensamiento no dejó de ocurrírsele a ella misma; pero la respuesta de su espíritu autoinculpatorio fue que, si hubiera sido enteramente recta de corazón, habría ido al instante a la casa más cercana y hecho las averiguaciones que habrían dado como resultado inmediato el descubrimiento de lo sucedido.

Esto lo había omitido —sin premeditación, es verdad, ¡pero no por ello sin culpa—; y ahora, hasta donde alcanzaba a ver, ¡nunca jamás podría reparar el daño!

¡Si al menos le hubiera contado a su madre lo que le había ocurrido, su madre podría haber pensado en el modo en que había sucedido, y la habría puesto en el camino de su deber! Pero se había apresurado malamente y había abarcado demasiado.

Se halló, en verdad, en un aprieto grave, y estuvo a punto de ponerse en pie de un salto para correr a confesarle al señor Macintosh lo que había hecho, a fin de que él dictara de inmediato la sentencia por lo que ella jamás dudó que él consideraría un caso de simple robo; pero cayó en la cuenta de que seguiría siendo incapaz de ofrecer la menor restitución, y por lo tanto sería vista meramente como alguien que buscaba mediante la confesión asegurar el perdón y la remisión. ¿Qué prueba podía ofrecer siquiera de que había regalado el dinero? Mencionar el nombre de su amiga sería desacreditarla y trasladarle a ella la culpa de su propio acto. No había nada que pudiera hacer; y aun así, ¿cómo iba a andar por ahí con semejante carga sobre la conciencia? Confesando, al menos podría ser considerada como alguien que deseaba y pretendía ser honrada. La confesión, de cualquier modo, aligeraría el peso de su carga. Pasivamente al fin, por puro cansancio mental, su mente no hacía más que ir y venir sobre sus propios rastros, borrándolos sin cuidado, cuando de pronto una nueva y horrible conciencia emergió del fango hollado: ¡que se alegraba de que al menos Sophy tuviera el dinero! Por un instante fugaz se alegró, con la alegría de Lady Macbeth, de que lo hecho hecho estaba y no se podía cambiar. Entonces, una vez más, la tormenta en su interior se despertó y ya no quiso calmarse.

Pero ahora sobrevino una tercera cosa que trajo consigo esperanza, pues sugería una vía de liberación.

Impulsada por la misma fuerza que hace que un asesino ronde el escenario de su crimen, salió de la casa, y no fue consciente de hacia dónde dirigía sus pasos hasta que se encontró de nuevo pasando frente a la puerta de la casa del banquero; allí, en aquella misma ventana de la cocina, al nivel de la acera, vislumbró, en grandes caracteres trazados a pluma —obra al parecer de la cocinera o de otro de los sirvientes—, el anuncio de que se necesitaba una criada de planta inmediatamente.

De nuevo sin pararse a pensar, y cobrando conciencia del hecho y del significado de lo que había hecho solo después, dio media vuelta, regresó a la puerta de entrada y llamó. La abrió casi al instante la cocinera, y de inmediato la tormenta de su miseria se vio menguada por una creciente luna de esperanza, y la noche se iluminó a su alrededor.

¡Ah, a través de qué miserias no son incluso las frágiles esperanzas nuestras mejores y más seguras guías, nuestras únicas guías verdaderas, hacia otras esperanzas aún más hermosas!

—¿Deseaba ver a la señora? —preguntó la cocinera de cara alegre, de pie al otro lado del umbral; y, sin esperar respuesta, dio media vuelta y abrió paso hacia el salón.

Annie la siguió, como a través de los cimientos del derribado muro de Jericó; y descubrió, para su sorpresa, que la señora Macintosh, que la conocía de vista, la recibió con condescendencia, y Annie, agradecida por el buen humor que tomó por amabilidad, le contó sencillamente que había ido a ver si aceptaría sus servicios como doncella.

La señora Macintosh pareció sorprenderse ante la propuesta y le hizo la pregunta lógica de si alguna vez había ocupado un puesto similar.

Annie respondió que no, pero que en su casa, mientras su padre vivía, había hecho tanto trabajo de la misma clase que creía que podría aprender con rapidez todo lo necesario.

—Tenía entendido —dijo la señora, que era una de las mayores cotillas del pueblo—, ¿que usted era una de las profesoras de la Escuela Secundaria?

—Eso es verdad —respondió Annie—; lo hacía a prueba, pero aún no había empezado a recibir ningún sueldo por ello. Era solo una especie de aprendiz en el trabajo, y sin ningún compromiso.

Mrs. Macintosh, después de observar a Annie durante un buen rato, y de tomar nota en silencio de su modestia y buena educación, dijo por fin:

“Me gusta tu aspecto, señorita ⸻, señorita ⸻”

“Me llamo Annie Melville.”

“Bueno, Annie, confieso que en verdad no veo nada particularmente inadecuado en ti, pero al mismo tiempo no puedo evitar temer que puedas —o, mejor dicho, que puedas imaginarte— ser superior a lo que se pueda requerir de ti”.

—¡Oh, no, señora! —respondió Annie—; ¡le aseguro que soy demasiado pobre como para pensar en semejante cosa! De verdad, estoy tan deseosa de ganar dinero enseguida que, si usted accediera a darme una oportunidad, estaría lista para presentarme en su casa esta misma tarde.

“No tendrás salario antes de que terminen tus seis meses”.

“Entiendo, señora.”

—Es un riesgo llevarte sin un personaje.

—Lo siento mucho, señora; pero no tengo a nadie que pueda responder por mí, a menos que, en efecto, la señora Slater, de la Escuela Superior, quisiera decir una palabra en mi favor.

—¡Vaya, vaya! —respondió la señora Macintosh—, estoy tan complacida con usted que no creo que pueda cometer un gran error si simplemente le doy una oportunidad. Puede venir esta noche, si le parece... eso sí, con el permiso de su madre.

Annie corrió a casa muy aliviada y le contó a su madre la gran fortuna que había tenido.

La señora Melville no aceptó del todo la idea al principio, pues abriga expectativas indefinidas respecto a Annie, y sabía que su padre también las había tenido, ya que la niña siempre estaba leyendo y desde hacía años tenía la costumbre de leerle en voz alta, haciendo de vez en cuando algún comentario que demostraba que comprendía muy bien lo que leía.

Así pues, la madre encontró consuelo en su desengaño al ver que su hija, únicamente por amor a ella, según suponía, se había entregado a un trabajo que le aseguraría de inmediato el sustento y le reportaría un poco de dinero, ya que, con la sombra de la inminente penuria cerniéndose cada vez más negra sobre ellas, hasta el salario de su primer medio año representaba un motivo de esperanza y expectativa.

—Bueno, Annie —respondió ella, tras unos momentos de reflexión—, es solo por un tiempo; y podrás dejar el puesto tan pronto como quieras, y tanto más fácilmente cuanto que solo te toma a prueba; eso valdrá tanto para ti como para ella.

Pero nada estaba más lejos de la intención de Annie que descubrir que el lugar no era de su agrado: ningún cambio podía imaginar antes de tener al menos un billete de una libra en la mano, momento en el que dejaría claro de inmediato a su madre qué terrible susto la había empujado a dar el paso repentino que había dado.

Hasta entonces tendría que andar con toda la cabeza enferma y todo el corazón desfallecido; tampoco podría durante muchas semanas librarse de la idea obsesiva de que el banquero, el más afectado por su crimen —pues como tal creía y consideraba plenamente su acción—, era totalmente consciente de su culpa.

Le parecía, cada vez que él por casualidad la miraba, que al fin iba a revelarle que había leído la verdad en su aspecto culpable, y constantemente se lo imaginaba diciéndose a sí mismo: «Esa es la muchacha que robó mi dinero; siente mis ojos sobre ella».

Cada vez que regresaba de un recado, imaginaba a su amo mirando desde la ventana de su despacho en el primer piso, dispuesto a abandonar la indulgencia y delatarla: ¡solo esperaba estar un ápice más seguro!

Ah, ¡cuánto tiempo tuvo que aguardar su purificación, el momento en que pudiera ir hacia él y decirle: «He obrado mal, te he robado; aquí tienes todo lo que puedo hacer para mostrar mi arrepentimiento. Todo este tiempo no he hecho más que esperar mi jornal para devolver lo que te había tomado»!

Y, por extraña paradoja, ella siempre se confundía con el hombre de la parábola, que había recibido de su amo una libra para comerciar y multiplicarla; de sus sueños despertaba aterrorizada al escuchar la voz de aquel amo, que ordenaba que le quitaran la libra para dársela a la compañera de escuela a quien, a costa de su propia honradez, había favorecido.

¡Oh, dichoso día en que la maldición le fuera levantada y ella quedara en libertad para no soñar más! ¡Pues ciertamente, cuando al fin su amo lo supiera todo, dada la profundidad de su dolor y su arrepentimiento, no podría negarle su perdón! ¿Acaso no llegaría incluso, se atrevía a esperar, a condonarle los intereses debidos de su dinero?, de los cuales ella tenía, en su ignorancia, una idea usurera y absurda.

The days went on, and the hour of her deliverance drew nigh. But, long before it came, two other processes had been slowly arriving at maturity.

She had been gaining the confidence of her mistress, so that, ere three months were over, the arrangement of all minor matters of housekeeping was entirely in her hands. It may be that Mrs. Macintosh was not a little lazy, nor sorry to leave aside whatever did not positively demand her personal attention; one thing I am sure of, that Annie never made the smallest attempt to gain this favor, if such it was.

Her mistress would, for instance, keep losing the keys of the cellaret, until in despair she at last yielded them entirely to the care of Annie, who thereafter carried them in her pocket, where they were always at hand when wanted.

El otro resultado fue igualmente natural, pero de mayor importancia; Héctor, hijo único de la casa, se fue enamorando gradual y, durante mucho tiempo, inconscientemente de Annie.

Aquellos amigos de la familia a quienes les gustaba Annie, y sentían el encanto de sus modales y su sencillez, se limitaban a decir que la madre se lo tenía bien merecido, pues ¿qué otra cosa podía esperar?

Otros, mirándola desde el mismo punto de vista que su ama, rechazaban la idea por absurda, diciendo que ¡Héctor no era el hombre para degradarse a tal extremo! Era incapaz de semejantedesigualdad.

Pero, como ya he dicho, Héctor, aunque nunca había estado enamorado todavía, estaba sin embargo más dispuesto de lo habitual a enamorarse, como corresponde al temperamento poético, cuando apareciera la persona adecuada. En cuanto a cómo pudiera resultar ella, dependía de dos hechos en Héctor: uno, que era exigente en el mejor sentido de la palabra, y el otro, que estaba dominado por un sólido y buen juicio; un hecho que incluso su padre admitía, aunque a regañadientes, viendo que hasta entonces no había manifestado devoción por los negocios, sino que empleaba su tiempo libre en ocupaciones literarias. De la naturaleza especial de dichas ocupaciones su padre no sabía, ni le importaba saber, nada; y en cuanto a su madre, ni siquiera tenía un himno favorito.

Podría decirse, pues, que el amor por el género femenino, que en disolución, por decirlo así, pervadecía cada intersticio atómico de la naturaleza de Héctor, se había concentrado y cristalizado gradual, en verdad, pero a la vez con rapidez, en torno a la idea de Annie; tanto más homogénea y absorbentemente cuanto que ella era la primera que así lo había conmovido. Se trataba, en efecto, en el caso de cada uno, de un primer amor, aunque en el de ninguno de amor a primera vista.

Casi desde el momento en que Annie entró por primera vez en la familia, Hector la había mirado con ojos de interés; pero, durante un tiempo, ella había andado por la casa casi con la sensación de estar allí bajo falsos pretextos, pues sabía que hacía lo que hacía sin ningún afecto hacia ninguno de sus miembros, sino únicamente para ganar el dinero cuyo pago la libraría de una conciencia de culpa siempre presente; y por este motivo, si no por otro, no corría el peligro de enamorarse de Hector.

Estaba, en verdad, demasiado llena de veneración por sus amos y por el hijo de estos, tan inmensamente por encima de ella, como para permitir que sus pensamientos se detuvieran en él de otro modo que no fuera una forma de adoración distante.

Pero formaba parte de sus obligaciones, que no estaban muy bien definidas en la casa, vigilar que la habitación de su joven amo se mantuviera ordenada y debidamente desempolvada; y al ocuparse de esto, era inevitable que tropezara con indicios de la manera en que él pasaba sus horas de ocio.

Sin imaginar en absoluto, en realidad, que una criada pudiera reconocer de un vistazo lo que a su padre y a su madre les importaba poco saber, Héctor nunca se tomó la molestia de ocultar, ni siquiera de apartar, los versos aún húmedos de su pluma cuando salía de la habitación; y Annie no podía evitar verlos ni saber lo que eran.

Como muchas otras muchachas escocesas, era más aficionada a la lectura que a cualquier otra cosa; y en la casa de su padre había tenido libre uso de los libros que en ella había; ni es de extrañar, por tanto, que estuviera mucho más familiarizada con ciertos grandes libros de lo que jamás lo estuvo más de un graduado de Oxford.

Algunos nunca leen lo que no tienen deseo de asimilar; y algunos leen lo que ningún derroche de lectura podría hacer jamás que fueran capaces de apropiarse; pero Annie leía, comprendía y releía el «Paraíso perdido»; conocía íntimamente también el «Comus»; se deleitaba con «Lycidas», y se sabía de memoria algunos de los sonetos de Milton; mientras que del «Himno sobre la Natividad», se sabía cada línea y había estudiado cada giro y cada frase.

A veces es una gran ventaja no tener muchos libros y, por lo tanto, no perder nunca la sensación de misterio que flota incluso en torno a una estantería abierta; con asombro y reverencia Annie, mirando alrededor de la habitación de Héctor, vio en ella —sin atreverse a tocarlos— libros de los que había oído hablar, pero que nunca había visto; entre otros, un Shakespeare en un solo volumen grueso que yacía abierto sobre su mesa; por lo que no es de extrañar entonces que, al ordenar sus papeles, no pudiera evitar ver por las diferentes longitudes de las líneas en ellos que eran versos.

Tembló y se ruborizó con la sola vista de ellos, pues llevaba en su interior el instinto de los números sagrados, y en su alma sentía una vaga hambre por lo que pudiera estar contenido en aquellos papeles sueltos —en los cuales ni siquiera miró de reojo, sabiendo instintivamente que era deshonroso.

Tembló aún más al reconocer al hermoso joven que vivía bajo el mismo techo que ella, a quien servía, como uno de aquellos seres dotados a quienes más reverenciaba: ¡un poeta, tal vez otro igual a Milton!

Ni todas las damas, ni todas las sirvientas de damas, son honradas como Annie, ni aptas como ella para ser dejadas a solas con los papeles de un hombre.

Hector sabía muy bien cómo consideraría su madre una alianza como la que ahora había comenzado a absorber cada deseo y pensamiento de su corazón, y era tanto más cuidadoso al vigilar y reprimir cualquier muestra de la misma, previendo que, ante la más mínima sospecha del hecho, ella le echaría toda la culpa a Annie, la despediría de la casa de inmediato y se quedaría convencida para siempre de que esta había entrado en ella con el designio en el corazón de enamorarlo.

Por lo tanto, evitaba dirigirse a ella jamás, salvo con una distante cortesía, algo que le resultaba más fácil dado que su sentimiento solo era conocido por él, mientras que, al mismo tiempo, la conciencia de la presencia de ella en su interior envolvía la casa en una nube rosada.

Durante mucho tiempo ni siquiera soñó con intentar pronunciar una palabra a solas con ella, imaginando con afecto que así le daba tiempo a su madre para conocer y amar a Annie antes de descubrir entre ellos algo a lo que pudiera oponerse. Pero aún no sabía cuán incapaz era esa madre de albergar un afecto simple, siendo, en verdad, una de las mujeres más mediocres de espíritu. Creía también que el más mínimo intento de atraer la atención de Annie no haría más que asustarla y volverla incapaz de escuchar lo que él pudiera intentar decirle.

Entre tanto, Annie, bajo la influencia de una comida más abundante y mejor, y de esa despreocupación nacida de la conciencia de estar haciendo lo mejor tanto por su madre como por su propia emancipación moral, se veía más dulce y se hacía más feliz cada día; ninguna sensación turbia, ninguna duda de un peligro inercial había empezado aún a asomar un feo perfil por su horizonte, ni Héctor había empezado a impacientarse contra el sentimiento de que no debía hablarle; en tal silencio y en tal presencia sentía que podía vivir feliz durante los siglos de los siglos; se movía en un hermoso sueño de serena satisfacción.

Y era natural también que empezara a brotar espiritual y mentalmente, a crecer y florecer más allá de cualquier experiencia del pasado.

En el transcurso de unos pocos días de felicidad oculta semejantes, el poder del verso, y de pensamientos dignos del verso, se apoderó de él con una inspiración del Todopoderoso tan cierta como la que jamás pueda descender sobre un hombre, acompañado de un sentido más profundo del ser y de la presencia de Dios, y de un deseo más fuerte de hacer la voluntad del Padre, que es sin duda lo mejor que Dios mismo puede encender en el corazón de cualquier hombre.

Porque, ¿qué bien hay en la creación sino la posibilidad de ser aún más creada? ¿Y qué otra cosa es el crecimiento sino más de la voluntad de Dios?

Algo fresco comenzó a agitarse en su mente; así como en la primavera, allá en las lejanas profundidades del principio, la savia da su primer latido ascendente en el árbol, y el primer brote, aún invisible, comienza a impulsarse hacia adelante para romper las envolturas de su quietud prenatal y convertirse en una hoja en crecimiento, así algo en Héctor que era su propia vida y alma comenzó a ceder ante un impulso creador invisible, y a latir con una vaga y divina consciencia.

La segunda tarde después de haber reconocido así su presencia, subió apresuradamente la escalera desde la oficina hasta su propia habitación y allí, sentándose, se puso a escribir —no un soneto a su encanto, ni tampoco ningún sueño sobre ella, ni siquiera alguna dulce canción de la primavera despierta que sentía agitarse en su interior—, sino el primer discurso de un poema dramático.

Fue un comienzo audaz, pero todos los principiantes son atrevidos, cuando no presuntuosos. El objetivo de Héctor era encarnar un ideal de freno, de estímulo, de reavivamiento, de nueva energía y de nuevo comienzo. Toda esa tarde escribió con pluma rauda, olvidó la campana de la cena tras su primer aviso y continuó hasta que Annie llamó a su puerta, enviada a llamarlo para la comida.

Había en Héctor, en verdad, como una pequeña parte del mundo llegaría a saber con el tiempo, madera de verdadero poeta, pues de esos hay en el mundo en todo momento —sí, incluso ahora— aunque no sean reconocidos, ni estén destinados siquiera a madurar en el transcurso de una sola estación humana. Creo que la propia Annie era uno de ellos —tan llena estaba de facultades receptivas y receptivas de la misma clase—, y sigo dudando de si el goce genuino de la poesía no es un signo más completo de la presencia de lo que hay en ella de más valioso que incluso cierta facultad para producirla.

Para Héctor, me figuro, era una prueba contundente de que era un poeta de verdad el hecho de que, cuando abrió la puerta a sus golpes, la aparición de la propia Annie, en vez de producirle una emoción de placer, le causara una pequeña molestia debido a la evaporación de un hilo de pensamiento que acababa de culminar, lanzado hacia el vasto y bullente vacíos en el que se quedó mirando en vano tras él.

Y la propia Annie, aunque todo el tiempo presente en el pensamiento de Héctor, se reveló únicamente, según la costumbre de los celestiales, en el preciso momento de su desaparición; entregado su mensaje, regresó a sus obligaciones en la mesa; y solo entonces despertó Héctor a la conciencia de que ella había estado en su puerta, y ya no estaba allí.

Durante los últimos días había estado tomando gradualmente la resolución de no guardar silencio por más tiempo, sino armarse de valor y decirle a Annie cuán lleno estaba su corazón de ella. ¡Un momento antes podría haberlo hecho; un momento más, y ya no habría podido!

Él siguió muy de cerca sus pasos, pero no le fue posible dirigirle ni una palabra, y a Héctor le pareció que ella se apresuraba a huir de su lado como un auténtico fantasma para evitar que le hablara. ¿Acaso tenía ella, se preguntó, alguna vaga sospecha de los sentimientos que albergaba hacia ella, o simplemente se apresuraba por un sentido de la decencia?

Ahora bien, esa misma mañana la señora Macintosh había estado hablando amablemente con Annie —tan amablemente, esto es, como su abominable condescendencia se lo permitía— y, lo que para Annie era de mucha mayor importancia, le había pagado el jornal, un poco más de lo que esperaba, de modo que ya nada se interponía entre ella y la caída de su carga de su conciencia abrumada, excepto, en verdad, su confesión preliminar.

Concluida, por lo tanto, la cena, su ama retirada al salón para preparar el café y su amo a su despacho para escribir una carta que de pronto recordó, Héctor se quedó a solas con Annie.

A lo cual siguió una divertida sucesión de intentos inconexos y frustraciones. Pues apenas hubo salido el señor Macintosh de la habitación, Annie salió disparada tras él, y Héctor salió disparado tras Annie, decidido por fin a hablarle.

Cuando Annie, sin embargo, llegó al pie de la escalera, su amo ya había subido el primer tramo y, fallándole el valor a Annie, dio media vuelta con brusquedad y casi choca con Héctor, que iba justo detrás de ella.

La expresión de desilusión en su rostro, cuyo significado él no lograba adivinar, apagó a su vez el valor de Héctor, quien regresó en silencio al comedor, donde Annie ahora revoloteaba sin rumbo alrededor de la mesa, hasta que, al reingresar él, se acomodó detrás de la silla de Héctor.

Se volvió a medias y habría querido decirle algo, pero, al verla pálida y turbada, cayó en un acceso de cavilación y ya no se atrevió a hablarle. ¡Además, su madre podría entrar en el comedor en cualquier momento!

Entonces Annie, creyendo haber oído los pasos de su amo que volvía a bajar, salió apresuradamente de la habitación otra vez; pero fue solo para regresar de inmediato, lo que dejó a Héctor aún más desconcertado.

¿Por qué diablos estaría acechando a su padre? Él no sabía que ella estaba igualmente ansiosa por evitar la mirada de su ama. Y mientras Annie temía que la lengua de la señora Macintosh delatara su secreto, Héctor temía tanto como ella que su madre descubriera el suyo antes de que llegara el momento oportuno para revelarlo.

Pero él imaginaba, según creo, que Annie se había dado cuenta de que él quería hablarle y creía que ella estaba haciendo todo lo posible por frustrar su intención.

Pero la necesidad de explicarse era más fuerte en Annie, y la impulsó a afrontar cualquier riesgo que pudiera implicar.

Así que cuando al fin oyó crujir un cierto escalón de la escalera, se precipitó hacia la puerta y salió de la habitación justo cuando la mano de su ama, que venía a decir que el café estaba listo, se apoyaba en la que comunicaba con el salón.

—Creí oír a Annie junto al aparador: ¿ya se ha ido? —dijo ella.

—Creo que acaba de salir de la habitación —respondió Héctor.

“¿A qué se ha ido?”

—No sabría decirte, madre —contestó Héctor con indiferencia, dispuesto él mismo a abandonar también la habitación, decidido a hacer un nuevo intento de hablar con Annie.

Entre tanto, sin embargo, Annie había encontrado su oportunidad. Se había encontrado con el señor Macintosh a mitad del último tramo de escalera y le había dirigido un rostro tan suplicante que él accedió de inmediato a su petición de una entrevista a solas y, dando la media vuelta, volvió a guiar el camino hacia la estancia que acababa de dejar. Allí cerró la puerta y le dijo amablemente:

—Bien, Annie, ¿de qué se trata?

Temo que su imaginación varonil lo hubiera llevado a anticipar alguna queja contra Héctor: ciertamente no estaba en absoluto preparado para lo que la pobre muchacha, que se acusaba a sí misma, tenía que decir.

Por un momento se quedó incapaz de empezar; al siguiente había recuperado la resolución: su rostro se llenó de un rubor repentino; y antes de que su amo tuviera tiempo de escandalizarse, estaba de rodillas a sus pies, tendiéndole un billete nuevo de una libra, uno de los que su señora acababa de darle.

Sin embargo, por mucho que su amo estuviera familiarizado con aquellas cosas de aspecto mezquino en las que consistían casi todas sus transacciones, al principio no reconoció el objeto que ella le ofrecía; al mismo tiempo, qué relación podía representar con la criada de su esposa le era naturalmente inconcebible. Se quedó un momento mirando fijamente el billete, y luego dejó caer unos ojos apagados e interrogantes sobre el rostro de la muchacha arrodillada.

No era un hombre de rápida comprensión, y la situación carecía de forma alarmante de sugerencias útiles. Para hacer las cosas aún más desconcertantes, Annie sollozaba como si se le fuera a partir el corazón, y era incapaz de articular palabra.

«¿Qué se imaginará un extraño», pensó el pobre hombre, «al encontrarse con semejante cuadro?»

Su emoción irreprimible duró tanto que él perdió la paciencia y se volvió hacia ella, diciendo:

—¡Debo llamar a su ama; ella sabrá qué hacer con usted!

Al instante se puso de pie de un salto y prorrumpió en ruegos apasionados.

—Oh, por favor, por favor, señor, tenga un minuto de paciencia conmigo —exclamó—; ¡nunca antes me había visto portarme tan mal!

—Ciertamente no, Annie; nunca lo hice. Y espero que nunca vuelvas a hacerlo —respondió su amo, con un buen humor recuperado, volviendo a su primera idea de que Héctor le había dicho algo que a ella le había parecido grosero y no le gustaba repetir. Nunca había tenido una hija, y tal vez por eso mismo se sentía más compasivo con la mujer-niña atribulada a sus pies.

Pero, habiendo hablado una vez y roto el hechizo que pesaba sobre ella, Annie pudo continuar.

Se quedó repentinamente callada y, interrumpida tan solo por algún que otro sollozo, derramó toda su historia, si bien no del todo de corrido, al menos sin interrupciones reales, mientras su amo permanecía de pie y escuchaba sin que decayera un instante su fija atención.

Al poco tiempo, sin embargo, una lenta sonrisa comenzó a alborear en su rostro, la cual se extendió y se extendió hasta que al fin prorrumpió en una risa, no menos alegre por ser baja y evidentemente contenida para no ser oída.

Como alguien a quien de pronto abruma la vergüenza, Annie se puso en pie, pero aún le tendía la nota a su amo.

¿Cómo era posible que su mala acción provocara en su amo un ataque de risa?

Podría ser fácil para él, en su bondad, perdonarla, ¿pero cómo podía tratar su ofensa como algo sin importancia? ¿Acaso no era un pecado que, como cualquier otro pecado, no podía de ningún modo ser purificado? ¡Pues ni Dios mismo podía borrar el hecho de que ella había cometido la acción!

¡Y, sin embargo, ahí estaba su amo riendo!

Y, lo que era aún más terrible, a pesar del resentimiento de su conciencia, la alegría de su amo la afectó tanto a ella misma que no pudo reprimir una sonrisa de respuesta! No era menos que indecente, y sin embargo, incluso en esa sonrisa de respuesta, su miseria de seis meses de duración desapareció por completo, se desvaneció de ella como una bruma matutina, de modo que ni siquiera podía recordar la sensación de su infelicidad perdida.

Pero, ¿no estaría su conciencia durmiéndose? ¿No era posible que se estuviera volviendo indiferente al bien y al mal? ¿No advertía en su interior que había poderes del mal a su alrededor, que buscaban extraviarla y ponían cosas extrañas y horribles en su mente?

Pero, aunque se rio, su amo no emitió ningún sonido articulado hasta que ella hubo terminado su exposición, momento para el cual su diversión se había trocado en admiración. Pasó otro minuto todavía, sin embargo, antes de que supiera qué respuesta dar.

—Pero, buena muchacha —comenzó—, no veo que tengas nada que reprocharte; al menos, nada por lo que valga la pena culparse. Después de tanto tiempo, el dinero encontrado era sin duda tuyo, y podías hacer con él lo que quisieras.

—Pero, señor, no esperé en absoluto para ver cómo había sucedido, ni si podía ser reclamado. Creo, en verdad, que me alejé corriendo de inmediato, no fuera a ser que alguien supiera que lo tenía. Corrí a gastarlo al instante, así que de todo lo que pasó después yo fui el culpable. ¡Luego, cuando ya era demasiado tarde, supe que el dinero era suyo!

—¿Qué hiciste con él, si se me permite preguntar? —dijo el amo.

“Se lo di a un compañero de colegio que se había casado con un marido inútil y necesitaba comida”.

—Me temo que con eso no les ayudaste mucho —murmuró el banquero.

—Por favor, señor, no sabía de qué otra manera ayudarlos; y el dinero parecía haberme sido dado para ellos. Pronto aprendí a entender mejor, y lo he lamentado desde entonces. Supe que no tenía derecho a regalarlo tan pronto como supe de quién era.

Ella cesó, pero aún le tendía la nota.

El señor Macintosh volvió a quedarse en silencio y no hizo ningún ademán de tomarlo.

—Por favor, señor, tome el dinero y discúlpeme —suplicó Annie—. Y por favor, señor, le ruego que no le diga nada a nadie. Ni siquiera mi madre lo sabe.

“Ahí has obrado mal. Debiste habérselo dicho a tu madre”.

—Eso lo veo ahora, señor; pero me alegraba tanto poder ayudar a esas pobres criaturas que no pensé en ello hasta después.

“Me atrevo a decir que su madre se habría alegrado ella misma del dinero;tengo entendido que no quedó muy bien parada económicamente”.

“En aquel entonces yo no sabía que era tan pobre. Pero ahora que mi ama me ha pagado un jornal tan bueno, voy a llevarle hasta el último céntimo esta misma tarde”.

—¿Y entonces se lo dirás, verdad?

“No me importará decírselo cuando lo hayas retirado. ¡Me daba miedo decírselo antes! Fue para vengarme de ti por lo que le pedí a la señora Macintosh que me contratara como criada”.

“¿Entonces no habías estado al servicio antes?”

—No, señor. Vera usted, mi madre pensaba que yo podía ganarme el pan de un modo que a ambos nos gustara más.

“¿Así que ahora abandonarás el servicio y volverás con ella?”

“No estoy seguro, señor. Me temo que tardaría mucho la escuela en pagarme igual. Ya ve, aquí también tengo la comida. Y todo cuenta. Por favor, señor, coja la libra”.

—Querida muchacha —dijo su amo—, ni se me ocurriría privarte de lo que te has ganado tan honradamente. Ya es más que suficiente para mí que quieras devolverlo. Me es totalmente imposible aceptarlo.

—En verdad, señor, sí quiero devolvérselo —replicó Annie—. Muy a mi pesar me sería no devolvérselo. De verdad, no hay otra manera de librar mi alma.

Aquí parece oportuno mencionar que Héctor, cansado de esperar el regreso de Annie, había salido del comedor en su busca; y, subiendo la escalera a toda prisa —no sin el temor de oír los pasos de su madre a sus espaldas—, se había deslizado sigilosamente en la habitación de su padre, para encontrar a Annie arrodillada ante él y escuchar lo suficiente como para comprender su historia antes de que ni su padre ni ella advirtieran su presencia.

—Le ruego que me perdone, señor, pero de verdad debe aceptarlo —insistió Annie—. Ciertamente no querrá ser tan cruel con una pobre muchacha que le suplica que le quite la culpa de encima. ¿No ve, señor, que jamás podré mirar a mi padre a la cara hasta que haya devuelto el dinero!

Aquí su padre vio a Héctor y, notando que Annie aún no lo había visto y quizás contento de tener un testigo, levantó la mano para ordenarle que se quedara quieto.

—¿Dónde está tu padre, entonces? —le preguntó a Annie.

—En algún lugar del cielo —respondió—, esperando a mi madre y a mí. ¡Oh, padre! —prorrumpió—, ¡si tan pronto hubieras estado vivo, me habrías sacado enseguida de mi vergüenza y de mi miseria! Pero, ¡gracias a Dios!, pronto habrá terminado todo; mi amo no puede negarse a ponerme en libertad.

—Ciertamente te pondré en libertad —dijo el señor Macintosh, bastante conmovido—. De todo corazón te perdono la... la... la deuda, y te agradezco que me hayas llevado a conocer a la chica más honesta... quiero decir, a la chica más honorable que hasta ahora he tenido el placer de conocer.

Hector había estado escuchando, apenas capaz de contener su alegría, y ante estas últimas palabras de su padre, como el estúpido imbécil que era, se precipitó hacia adelante y, estrechando a Annie contra su corazón, exclamó:

“¡Gracias a Dios, Annie, que mi padre al menos sabe lo que eres!”

Se encontró con un brusco y sorprendente freno. Demasiado asustada para ver quién era el que así la abrazaba, y nada preparada para recibir semejante saludo, menos aún de parte de aquel a quien hasta entonces había tenido por el príncipe mismo de la gentileza y la cortesía, respondió con una sonora y rotunda bofetada que literalmente tambaleó a Héctor y desató en su padre una segunda carcajada, esta vez tan sonora como alegre, a la que al instante siguiente se sumó el propio Héctor.

“¡Gracias, Annie! —exclamó—. Nunca habría imaginado que pudieras pegar tan fuerte. Pero, en verdad, te pido perdón. Me olvidé de mí mismo y de ti también cuando me porté tan mal. Sin embargo, padre, no me arrepiento después de todo, pues esa bofetada me ha sacado de un apuro y me ha obligado a decir de una vez lo que llevaba tanto tiempo en la cabeza, pero que no había tenido el valor de expresar.

Annie —continuó, volviéndose hacia ella y poniéndose de pie humildemente ante ella—, hace mucho que te amo; si me haces el honor de casarte conmigo, soy tuyo en el momento en que lo digas”.

Pero la sorpresa de Annie y el acto precipitado que había cometido en el primer impulso de defensa habían reaccionado sobre ella con tal consternación lívida que se quedó ante él sin habla y a punto de desvanecerse.

Despertando de lo que se iba convirtiendo rápidamente en un mero sueño de ofensa a la conciencia segura de otra ofensa casi tan flagrante, ella miró fijamente como si de repente hubiera abierto los ojos a toda una Walpurgisnacht de demonios y brujas, mientras Héctor, recuperándose de su asombro ante el vivo deleite de tener algo que fingir al menos perdonar a Annie, y cediendo a un repentino impulso celta, se arrodilló a sus pies, le arrebató la mano —que ella no tenía fuerzas para retirarle—, la cubrió de besos ávidos y la colocó sobre su cabeza.

Poco más le habría faltado para postrarse de hinojos ante ella, levantarle un pie y ponérselo en el cuello.

Pero su padre acudió al rescate con un poco de su sentido común.

—¡Bah, Héctor! —dijo—; dale tiempo a la muchacha para que recobre el sentido. ¿La cortejarás como a un maníaco furioso? No me extraña en absoluto, la verdad, después de lo que le oíste decirme, que te hayas caprichado de ella tan de repente; pero…

—Padre —interrumpió Héctor—, no es un capricho, ¡y menos aún uno repentino! Me enamoré de Annie desde la primera vez que la vi sirviendo a la mesa. Es verdad que durante un tiempo no comprendí lo que me había sucedido; pero lo comprendo ahora, lo comprendí desde el principio, ¡y ahora y para siempre amaré y adoraré a Annie!

—Sr. Hector —dijo Annie—, estuvo muy mal de su parte escuchar. No sabía que había nadie más que su padre. Jamás se supuso que usted fuera a oír; y no creí que fuera a hacer algo tan deshonroso. ¡No fue propio de usted, Sr. Hector!

—¿Cómo iba a saber que tenías secretos con mi padre, Annie? Honrosos o no, el asunto está hecho, y me alegro de ello⁠—sobre todo por haber escuchado lo que no tenías intención de decirme.

—¡No lo habría creído de usted, señor Hector! —insistió Annie.

—Pero, ahora que lo pienso —sugeriría el señor Macintosh—, ¿no crees que tu madre pueda tener algo que decir en el asunto entre ustedes?

Era un pensamiento que ya empezaba a vislumbrarse en su mente y que aterrorizaba a Annie; sabía muy bien, en efecto, cómo vería la madre de Hector la propuesta de este, y no se atrevía a someter el asunto a su decisión.

—Tengo que estar fuera de casa primero, señor Hector —dijo—, y creo que quería decir— antes de confesar mi amor.

La impresión que Annie había causado en su amo puede juzgarse por el hecho de que este se levantó y se fue, dejando a su hijo y a la criada juntos.

Lo que entonces pasó entre ellos no puedo narrarlo con exactitud. Abrumada por la confesión de Héctor, y tan poco preparada como había estado para ella, no era sin embargo una mala noticia para Annie. En verdad, en el momento en que él se le dirigió, supo en su corazón que lo había estado amando durante mucho tiempo, aunque nunca se hubiera reconocido a sí misma el hecho.

Tal debe ser a menudo el caso entre dos a quienes Dios ha hecho el uno para el otro. Y aunque audaz sería el hombre que dijese que los matrimonios se hacen en el cielo, más audaz aún sería quien negara que el amor a primera vista jamás fue allí decretado. Pues donde Dios ha adaptado a las personas la una para la otra, ¿qué pueden hacer sino enamorarse mutuamente? ¿Quién se atreverá entonces a decir que él no decretó tal resultado?

En cuanto a lo que pueda derivarse después de su propio comportamiento, estaría tan lejos de decir que eso no fue decretado como de decir que la conducta misma fue decretada. ¡Ciertamente habrá de quedar espacio, aun en los designios de Dios, para tanta libertad como corresponde a nuestro ser hecho a su imagen⁠—libres como él para elegir el bien y rechazar el mal!

Aquel que ha elegido el bien permanece en la ley de la libertad, libre para volver a elegir lo correcto. Aquel que siempre elige lo correcto, llegará a ser al fin libre para elegir como el mismo Dios, pues entonces su voluntad misma será libre. La libertad de elegir y la libertad de la voluntad son dos condiciones diferentes.

Antes de que los amantes, para lo cual no hizo falta ni un momento, salieran de la habitación, habían acordado que Annie debía abandonar la casa de inmediato.

Hector la llevó a la puerta de su madre, y cuando regresó descubrió que su padre y su madre se habían retirado.

Pero tal vez convenga que cuente un poco más de lo que había pasado entre los amantes antes de separarse.

El primer pensamiento de Annie al quedarse a solas fue: «¡Ay de mí! ¿Qué dirá mi señora? ¡Debe de pensar lo peor posible de mí!».

—¡Ay, Héctor! —prorrumpió—, ¿qué va a pensar tu madre de mí?

—Me temo que no sirve de nada —respondió Héctor con sinceridad—. Pero eso es casi lo último en lo que debemos pensar en este preciso momento.

—¡Retira lo que has dicho! —exclamó Annie—; te prometo no volver a pensar en ello nunca más—al menos, intentaré no hacerlo ni una sola vez. Debe haber sido todo culpa mía—aunque no sé cómo, ni soñé jamás que fuera a suceder. Tal vez descubra, cuando lo piense bien, en dónde estuve mal.

—No tengo la menor duda de que eres capaz de inventar cien razones —¡después de oír tu espantosa y culpable confesión a mi padre, pequeña inocente!—, respondió Héctor.

Y roto así el hielo, las cosas marcharon bastante mejor, y llegaron a hablar con total libertad.

—Por supuesto —dijo Héctor—, no soy tan tonto ni tan malvado como para intentar convencerte de que mi madre te abrirá los brazos. Ella no te conoce ni se conoce a sí misma.

—¿Estará terriblemente enojada? —dijo Annie, con un temblor de presentimiento en la voz.

—Más bien, tengo miedo —admitió Héctor.

—¿Entonces no crees que haríamos mejor en dejarlo de una vez?

—¡Nunca jamás! —gritó Héctor.

—¡No es por eso de lo que me enamoré de ti! ¡No voy a renunciar a ti ni por la Muerte misma! Ella no es la dueña de nuestro mundo. ¡Ningún amante es digno de tal nombre si no desafía a la Muerte y todas sus obras!

—No le temo, Héctor. Yo también estoy dispuesto a desafiarlo. ¿Pero es correcto desafiar a tu madre?

—Lo es, cuando pretende que uno sea falso y deshonesto. Por lo que a ella respecta, intentaré honrarla tanto como me lo permita. Pero mi madre no son mis padres.

—Oh, por favor, Héctor, no te pongas quisquilloso. ¡Me harías dudar de ti!

“Bueno, no vamos a discutir sobre esto. Esperemos a ver qué dice tu madre mañana, cuando vaya a verte”.

—¿De verdad vas a venir? ¡Qué contenta se va a poner mi madre!

—¿Por qué, qué otra cosa iba a hacer? ¡Pensé que solo estabas hablando de la honra que debemos a nuestros padres! Tu madre también es mía.

“Entonces estaba pensando en el tuyo”.

“Bueno, me atrevo a decir que primero hablaré con mi madre, pero lo que piense la madre de usted tiene mucha más importancia para mí. Sé demasiado bien lo que dirá mi madre, pero no debe usted tomarse eso muy a pecho. Siempre ha tenido en mente a alguna muchacha u otra para mí; pero si un hombre tiene algún derecho, sin duda el más fuerte de todos es el derecho a elegir por sí mismo a la muchacha con la que casarse, si ella se lo permite”.

“Quizás su madre elegiría algo mejor”.

“Quizá no sepas, Annie, que tengo veinticinco años: si aún no tengo derecho a juzgar por mí misma, dime, ¿cuándo supones que lo tendré?”

“No pienso en el derecho, sino en la experiencia”.

—¡Ah, ya veo! Quieres que antes me enamore de una veintena de mujeres para tener alguna posibilidad de elegir. De verdad, Annie, no creí que fueras a considerar eso una gran ventaja.

Por mi parte, jamás me he enamorado de nadie más que de ti, y confieso el capricho de que eso casi podría resultar una recomendación para ti. Pero supongo que al menos admitirás que es deseable que un hombre ame a la muchacha con la que se casa.

Si mi preferencia por ti es un mero capricho de muchacho, como probablemente mi madre esté intentando persuadir a mi padre en este preciso momento, ¿a qué edad supones que Dios tendrá a bien darme el corazón de un hombre?

Mi madre de seguro preferirá a alguien que no le llega ni a la suela de los zapatos a tu vestido de algodón más viejo.

Cualquier otra que no seas tú para esposa mía es algo unthinkable. ¡Dios jamás me degradaría a aceptar cualquier elección de mi madre! Él te reconoce como la mejor mujer con la que jamás tendré la oportunidad de casarme.

¿Quieres que te diga cómo es la clase de mujer con la que a mi madre le gustaría que me casara?

¡Oh, ya sé cómo es!

Primero, debe ser alta y hermosa, con el pelo rojo y a la moda, y de modales fríos y despreocupados. Jamás debe parecer tímida ni desconcertada, ni dar la impresión de que no sabe qué decir. Al contrario, debe saber quién es quién y qué es qué, y no llevar nunca un sombrero pasado de moda, sino siempre uno despampanante. Y debe tener un padre que pueda darle una buena dote cuando se case.

Esa es la chica ideal para mi madre. ¡No puedo soportar mirarle la cara a una chica así! Me avergüenza de mí mismo y de ella.

El tipo que quiero es una que se vuelve cada vez más bonita cuanto más la amas y confías en ella, y siempre luce mejor cuando está más ocupada haciendo algo por alguien. Sí, tiene el cabello negro, negro como la noche; y ves la blancura de su rostro en la noche más oscura. ¡Y sus ojos, son azules, oh, tan azules como trozos del cielo mismo a la medianoche! Y brillan y destellan tanto⁠—exactamente como los tuyos, y los de nadie más, cariño mío.

Pero aquí oyeron pasos en la escalera⁠—los de la señora Macintosh, que subía apresurada para sorprenderlos. Adivinaron que su marido acababa de dejarla y que ella estaba furiosa; al unísono se levantaron y huyeron. Héctor habría querido salir tranquilamente por la puerta principal, pero Annie, girando en dirección contraria para cruzar por la cocina, hizo que Héctor diera media vuelta y la siguiera de inmediato. Sin embargo, apenas la había alcanzado cuando ella ya estaba a salvo en la casa de su madre, con la puerta cerrada a sus espaldas. Allí Héctor le dio las buenas noches y, apresurándose a volver a casa, encontró todas las luces apagadas y oyó a su padre y a su madre hablando en su habitación; pero lo que dijeron, jamás lo supo.

A la mañana siguiente, Annie apenas había terminado de vestirse cuando oyó llamar a la puerta de la calle.

—Ese será Héctor, madre —dijo ella—. Pienso que habrá venido a hablar con usted.

—¡Annie! —exclamó su madre, reprochándoles la confidencia—. Pero si te refieres al joven señor Macintosh, ¿qué diablos puede querer conmigo?

—Espera un momento, madre —respondió Annie—, y él mismo te lo dirá.

Así que la señora Melville fue a la puerta y se la abrió al joven, que estaba allí tímido y expectante.

—Señora Melville —dijo—, he venido a decirle que amo a su Annie, y que quiero hacerla también mi Annie. Siento más de lo que puedo expresarle el tener que confesarle que no puedo casarme de inmediato, pero por favor, espérenme un poco. Haré todo lo posible por llevarlas a ambas a mi casa tan pronto como sea posible.

Ella lo miró un momento en silencio y luego, echándole los brazos al cuello, respondió:

—Y me pregunto quién no se alegraría de esperar su dulce rostro hasta el mismo Día del Juicio, señor, cuando todos por fin tengan lo que les pertenece.

Con estas palabras rompió a llorar y, girándose, abrió el camino hacia la sala.

—Aquí tienes a tu Héctor, Annie —dijo mientras abría la puerta—. Tómalo y cuídalo mucho, porque estoy segura de que se lo merece.

Entonces ella lo arrastró apresuradamente hacia la habitación y cerró la puerta.

—Verás —continuó Héctor—, debo haceros saber a ambos que mi madre se opone rotundamente a que me case con Annie. Ella piensa, por supuesto, que podría aspirar a algo mejor; pero yo sé que ella es, con mucho, demasiado buena para mí, y que seré un hombre tan afortunado como feliz el día en que nos unamos. Ella ya ha demostrado ser una mujer tan leal como Dios haya creado jamás.

“Eso es ella, señor, como bien sé y puedo testificar, que la conozco desde hace más tiempo que nadie.

Pero siéntense y ámense el uno al otro, y no se preocupen por mí; no seré una carga para ustedes mientras pueda levantar una mano para ganarme el propio pan. Y cuando sea viejo y ya no sirva para trabajar, no tendré demasiado orgullo como para aceptar lo que puedan darme, y me lo comeré con agradecimiento”.

Así que se sentaron y pronto empezaron a divertirse juntos.

Pero nada podía reconciliar a la señora Macintosh con la idea de tener a Annie por nuera; su orgullo, indignación y desengaño eran demasiado grandes, y se manifestaban con mayor intensidad debido a que su esposo no quería decir una sola palabra en contra ni de Annie ni de Héctor, quienes, según él insistía, se habían portado muy bien.

No iba más allá de confesar que el asunto no era del todo como él lo habría deseado, pero sostenía que este contenía motivos de satisfacción.

En vano le recordó a su esposa el hecho de que ni ella ni él estaban, por nacimiento o posición temprana, tan inmensamente por encima de Annie.

Nada servía para calmarla; nada la convencía de que Annie no había entrado a su servicio con el propósito expreso de seducir a su hijo.

Su conducta demostró, en efecto, que Annie había actuado prudentemente al irse de inmediato a casa de su madre, donde poco después su antigua ama la buscó y la encontró; interpretando con grandeza el papel de alguien justamente indignado en su más íntima dignidad. Su peor enemiga no habría podido desear para ella nada más degradante que verla y oírla.

Insistió en que Héctor renegara de Annie o se fuera de la casa. Héctor le expuso el asunto a su padre. Este lo animó a complacer a su madre tanto como pudiera, y a demorarse, sin ir todas las noches a ver a la muchacha, con la esperanza de que el tiempo obrara algún cambio.

Pero el tiempo transcurrió entre amargos reproches por parte de la madre, y reconvenciones por parte del hijo, y no apareció señal alguna de la mejoría que el padre había esperado.

El hecho era que la vulgaridad natural de la señora Macintosh había sido tan mimada por lo que ella consideraba riqueza, y se había vuelto tan vanidosa, que su propia persona parecía abrirle la puerta de par en par al diablo.

Pues la presunción es tal vez una raíz de todo mal aún más profunda que el amor al dinero. Cualquier afecto profundo y sincero le habría hecho la vida imposible al diablo, pero en su corazón había poco espacio para semejante amor.

Parecía no creer en nada que no fuera la moda y la elegancia, no importarle nada más que lo que ella llamaba «lo que se lleva». Creció en su propia petulancia y ganó cada vez más peso en su propia estimación: vestía ropas aún más llamativas y vulgares, y de hecho cultivó una jerga que pronto se despidió de toda delicadeza, de modo que se hundía y se hundía, y comía y bebía, hasta que al final le dio la impresión a su bondadoso clérigo de ser alguien apenas un poco superior a las bestias que perezcan —si es que, en verdad, era en algún aspecto igual a un buen perro consciente—.

Conservaba, sin embargo, este tanto de respeto por su hijo, por lo cual dicho hijo le agradecía bien poco, de modo que al poco tiempo se limitó a desquitar todo su desprecio en Annie, y hacia Hector se instaló en un silencio obstinado, ante lo cual él, al ver que le era imposible avanzar hacia un entendimiento en el que ni siquiera obtenía respuesta, por fin abandonó el intento y se quedó tan callado como ella.

Para la pobre Annie era un pensamiento terrible que ella hubiera venido así a interponerse entre la madre y el hijo; pero recordó que había leído de madres que sin motivo incluso habían llegado a aborrecer a su propia carne, ¿y cuánto más no podría hacerlo aquella que conocía sus ambiciones y designios tan radicalmente opuestos a los deseos de su hijo?

Y entonces despertó de golpe en Annie la maternidad que yace en lo más profundo del corazón de toda buena mujer, haciéndole comprender en su interior que, habiéndole su madre abandonado, no le quedaba más remedio que acogerlo y ser para él de ahí en adelante tanto esposa como madre.

Lo que resta de mi historia servirá quizás para mostrar hasta qué punto logró cumplir este su voto.

Al fin el señor Macintosh vio que las cosas no podían continuar así, y que más le valía aceptar una oferta que le había hecho tiempo atrás un corresponsal en Londres⁠—de recibir a Héctor en su casa bancaria y brindarle la oportunidad de ampliar su experiencia y conocimiento de los negocios; y Héctor, por su parte, estaba deseoso de aceptar la propuesta. El sueldo ofrecido por sus servicios no era ciertamente muy generoso, pero el principal atractivo era que el horario era incluso más breve que el que había tenido con su padre, y aun así ampliaría su libertad al caer la tarde.

Los placeres de Hector, como hemos visto, siempre habían estado en la literatura, y en esa dirección la labor que llevaba dentro buscó naturalmente una vía de escape.

Ahora parecía haber la promesa de que podría dedicarse a ella aún con más devoción que antes: ¿quién podía decir si al cabo de poco tiempo no produciría algo que a la gente le importara leer?

¡Algún editor tal vez se interesaría incluso en imprimirlo, y a la gente le importaría comprarlo!

Eso lo iniciaría en un modo de vida más genuino, y pronto podría casarse con Annie, una aspiración sin duda legítima y no demasiado ambiciosa.

Poseía una buena educación y se consideraba competentemente preparado. Era verdad que no había estado ni en Oxford ni en Cambridge, pero había disfrutado de las ventajas que una universidad escocesa posee incluso sobre una inglesa, consistentes principalmente en la libertad de un desarrollo sin trabas. Desde entonces había leído extensamente y había cultivado unas simpatías naturalmente amplias. Como vehículo de expresión, ya hemos visto que sentía una gran atracción por el verso, y durante mucho tiempo había sostenido y argumentado que el mejor entrenamiento para una prosa eficaz era el ejercicio bajo las cadenas del verso⁠—una convicción en la que había vivido lo suficiente como para confirmarse a sí mismo, y tal vez a uno o dos más.

Sus relaciones con su madre, y los consiguientes impedimentos para ver a Annie, mitigaron el dolor de tener que separarse de ella por un tiempo; y, cuando finalmente aceptó la oferta, ella reanudó de inmediato su solicitud para un puesto en el instituto, y pronto fue aceptada, pues no eran pocos en el pueblo los capaces de hacer justicia a su aptitud para el cargo; de modo que ahora tenía la dicha no solo de poder vivir con su madre como antes y contribuir a sus ingresos, sino de saber al mismo tiempo que vivía en una atmósfera afín a la de Héctor, donde su crecimiento en el conocimiento de la literatura y su experiencia en el mundo del pensamiento la irían preparando poco a poco para ser compañera de aquel a quien seguía considerando muy superior a ella.

Su marcada receptividad en materia de verso, y su intrínseca discriminación de la naturaleza y el carácter en él, se convirtieron en ella, a la postre, a medida que crecían, en fuerzas de sostén, ampliando sus facultades tanto de simpatía como de juicio, de modo que pronto llegó a sentir, al leer a ciertos de los mejores escritores, como si ella y Héctor estuvieran mirando el mismo libro juntos, leyéndolo y meditándolo como uno solo, viendo simultáneamente lo que el escritor quería decir y sentir y quería que ellos vieran y sintieran.

De modo que, por la nueva intervención del espacio, no estaban en ningún sentido ni grado separados, sino más bien traídos por este en realidad, es decir, espiritualmente, más cerca el uno del otro.

También Héctor le escribía regularmente un determinado día de todas las semanas, y muy raras veces le fallaba con su esperada carta, en la que expresaba sus pensamientos y sentimientos con mayor libertad de la que jamás había podido alcanzar en la conversación. Esto también fue una ganancia para ella, pues así fue llegándole a conocer cada vez mejor, elevándose con rapidez hacia su nivel de desarrollo intelectual, mientras que ella ya era más que su igual en el desarrollo moral que se halla en la raíz de toda capacidad para el crecimiento intelectual. Así creció Annie, con tanta seguridad —sin irreverencia puedo decirlo— en el favor tanto de Dios como de los hombres; pues al mismo tiempo crecía constantemente en eso que es lo más hermoso de todo: la humanidad.

Tampoco Héctor se vio privado de un consuelo similar en su vida, aunque transcurrida lejos de Annie. Pues, por no mencionar el creciente placer que obtenía al examinar las cartas infantiles de Annie —y aquí rogaría a mi lector que note la distinción esencial entre infantil [childish] e infantino [child-like]*—, llenas de las más agudas percepciones y las más felices expresiones, pronto había llegado a entablar conocimiento con un espíritu afín, un hombre a quien, en verdad, le tomó mucho tiempo llegar a conocer de verdad, pero que, sintiéndose atraído hacia él desde el principio, descendió pronto por el plano inclinado del conocimiento con velocidad rápidamente creciente hacia algo mucho mejor que el mero conocimiento: ni hubo freno alguno en su constante acercamiento a un conocimiento profundo el uno del otro.

Era un hombre un poco mayor, con una mayor experiencia de la vida y una gama de intereses mucho más amplia, como difícilmente podía dejar de ser el caso en un londinense.

Pero lo sorprendente para ambos era que tenían tantos sentimientos en común, lo que daba lugar también a muchos juicios y preferencias compartidos; de modo que Héctor contaba ahora con un compañero en quien hallar la simpatía necesaria para la maduración de su gusto en una persecución tan delicada como la del verso; y siendo sus inclinaciones semejantes, se unieron como dos gotas sobre un cristal de ventana; de donde vino que al fin, en la confiada expectativa de comprensión y simpatía, Héctor se descubriera sometiendo al juicio de su amigo el poema que había compuesto cuando por primera vez cobró conciencia de que estaba enamorado de Annie Melville; aunque tal era su sensibilidad en lo tocante a sus propias producciones que hasta entonces no se había atrevido a hacer el experimento con la propia Annie.

Su nuevo amigo leyó, quedó encantado; volvió a leer, y expresó su satisfacción; y entonces por primera vez Héctor conoció el poder de la simpatía para duplicar la conciencia de la propia facultad.

Tomó de nuevo la obra que había considerado terminada y la repasó de nuevo con ojos más amplios, un juicio más agudo y un propósito más claro; cuyo resultado fue que, a través de las críticas que su amigo le hizo y el reflejo del poema otra vez en su propia mente inquisitiva, encontró muchas cosas que debían ser reconsideradas; tras lo cual entregó el manuscrito, reescrito con cuidado y gran legibilidad, una vez más a su amigo, quien, habiéndolo leído todavía otra vez, quedó más plenamente complacido que antes y le propuso a Héctor mostrárselo a otro amigo que tenía llegada al oído de cierto editor.

El juicio favorable de este segundo amigo fue escuchado pacientemente por el editor, quien dio su promesa de que el manuscrito recibiría toda la atención debida.

En esta parte de mi historia no hay por qué detenerse; pues, cosa extraña de contar⁠—extraña, digo, por lo improbable de que sucediera⁠—, el poema encontró el rincón comprensivo en el corazón del editor, quien felizmente no había delegado la tarea en su lector, sino que lo leyó él mismo; y le hizo a Héctor la generosa oferta de asumir todos los gastos necesarios, dándole una parte justa de los beneficios resultantes.

Aún más extraño, el poema tuvo tal éxito que toda la edición, que no era grande, se vendió, con un resultado en dinero necesariamente pequeño pero lejos de ser insatisfactorio para Héctor.

A sugerencia del editor, a este primer volumen le siguió pronto otro; y así quedó Héctor lanzado de lleno en el incierto mar de una vida literaria; dichoso en esto, en que no dependía enteramente de la literatura para su sustento material, sino que se encontraba en condiciones de ganarse al menos, por otros medios, el pan de cada día.

Durante algún tiempo más continuó sin experimentar la mortal necesidad de escribir para ganarse el pan cotidiano, bajo la cual tantas almas aspirantes se hunden prematuramente exhaustas y marchitas; esto se pospuso felizmente, pues hay tanta Providencia y misericordia en la ordenada disposición de nuestras pruebas como en su inevitable llegada.

Su acogida por parte de lo que se llama el público no fue ni mucho menos tan notable o triunfante como para dar a sus bienquerientes motivo alguno de ansiedad en cuanto a su posible efecto moral sobre él; pero fue una gran alegría para él que su padre estuviera muy interesado y encantado con la acogida que las Revistas en general le habían dado al poema.

Tan complacido quedó, en efecto, que le escribió inmediatamente manifestándole su intención de aumentar sus ingresos en una mitad más.

Esta opinión reflejada de los demás obró también en el ablandamiento de los sentimientos de su madre hacia él; pero aquellos con los que ella consideraba a Annie solo sirvieron para endurecerlos, por cuanto revelaban la indignidad de la muchacha para con él.

Y aunque al principio vio con buenos ojos la amable intención de su esposo hacia Héctor, cambió de parecer por completo cuando este le mostró una carta que había recibido de su hijo, en la que le agradecía su generosidad y le comunicaba su intención de rogar a Annie que fuera a su encuentro para casarse de inmediato.

Annie vivía en casa, alimentándose de las cartas de Héctor y fortalecida por la simpatía de su madre.

Enseñaba con regularidad en el instituto y contribuía un poco a los ingresos familiares dando algunas clases de música, además de emplear la aguja en cierta clase de bordado muy solicitado, en el que sobresalía.

No había sabido nada de que él hubiera empezado a distinguirse, ni había visto aún ninguna de las reseñas de su libro, pues nadie se había tomado la molestia de mostrarle ninguna.

Un día, sin embargo, mientras esperaba un momento algo que necesitaba en la principal librería del pueblo, entró una ancianita, un tanto descuidada en su vestimenta, a quien oyó decirle al dependiente, con voz suave y la sonrisa más encantadora:

—¿Tiene otro ejemplar de este nuevo poema de su paisano, el joven Macintosh?

—Siento no tenerlo, señora —respondió el dependiente—, pero puedo conseguirle uno por correo de vuelta.

—Hágalo, por favor, y envíeme el ejemplar de inmediato.

Me alegra mucho saber que promete ser un gran éxito. Estoy seguro de que se lo merece por completo.

Ya lo he leído dos veces de cabo a rabo. Quizá recuerde que me consiguió un ejemplar el otro día. No puedo evitar pensar que es una obra verdaderamente notable, especialmente para un hombre tan joven. Es bastante joven, ¿creo?

—Sí, señora; haber publicado ya un libro. Pero en cuanto a un éxito maravilloso, hoy en día se vende tan poco la poesía... Creo que el que tuvo usted misma, mi señora, es el único que nos han pedido.

“Mucho dependerá —dijo la señora— de que encuentre un cauce propio lo bastante pronto. Pero tráigame otro ejemplar de todos modos, y tan pronto como pueda, por favor. Quiero enviárselo a mi hija. Hay contenido entre esas tapas de aspecto cuáquero que no he hallado en ninguna otra parte. Quiero que mi hija lo tenga, y no puedo desprenderse de mi propio ejemplar —concluyó la anciana, y con estas palabras salió de la tienda, dejando a Annie desconcertada y con la extraña sensación de una sorpresa que, sin embargo, ya había estado esperando.

¿Pues qué otra clase de éxito podía aguardar a Héctor? ¿Acaso no había ido acercándose más y más todo el tiempo? Y por un momento le pareció volver a estar, siendo mucho más pequeña que ahora, en medio del remolino racheado de las hojas muertas a sus pies, una vez más a punto de agacharse para recoger lo que bien podía resultar ser una hoja marchita, pero que en realidad era un billete de una libra, la cosa que tanta miseria le había causado y que ahora colmaba su copa de dicha hasta rebosar.

El libro del que la anciana había hablado no podía ser otro que el libro de Héctor. Nadie más que Héctor podría haberlo escrito. ¡Qué tesoro había en el mundo que ella nunca había visto!

¿Cómo era de grande? ¿Cómo era? Estaba segura de reconocerlo en el mismo instante en que posara los ojos en él.

Pero ¿por qué nunca le había hablado de él? Quizá había querido sorprenderla, pero no estaba sorprendida en lo más mínimo. ¡Lo había sabido todo el tiempo! Jamás hablaba de lo que estaba escribiendo, y mucho menos iba a hablar de lo que iba a escribir.

¡Las intenciones no eran dignas de su hermosa boca!

Tal vez no quería que ella lo leyera todavía. Cuando quisiera, le mandaría un ejemplار.

Y, ¡oh!, ¿cuándo podría leerlo su madre? ¿Era un libro muy caro? ¡Ni hablar de comprarlo! Entre las dos, ella y su madre, no juntaban los chelines suficientes para eso.

Cuando llegara el momento oportuno, se lo enviaría. Entonces sería dos veces más suyo que si lo hubiera comprado por su cuenta.

Al día siguiente se encontró con el Sr. y la Sra. Macintosh, y el primero la felicitó de verdad por lo que Héctor había hecho y lo que la gente pensaba de él por ello; pero la segunda solo soltó un bufido.

Y el siguiente correo trajo el libro en sí, y con él una petición de Héctor para que fijara el día para reunirse con él en Londres.

Annie se apresuró, por lo tanto, a preparar el vestido de lino blanco con el que pensaba casarse, y una dama, la hermana del amigo de Héctor, al encontrarse con ella en Londres, se casaron al día siguiente y se fueron juntos a las humildes habitaciones de Héctor en un suburbio del norte.

El nuevo tomo de Héctor, algo más voluminoso pero compuesto de poemas más breves, no atrajo la misma atención que el anterior, y el resultado no dio al editor ningún incentivo para arriesgarse con un tercero.

Una razón posible fue que los temas de la mayoría de los poemas, incluso los más alegres, eran serios, y otra pudo ser que la tribu común de los críticos, buscando como otros parásitos, descubrió en ellos material para la burla —lo que para ellos significaba su sustento, y como tal lo utilizaron—.

Al mismo tiempo, no se vio desprovisto de amigos: ciertos lectores suyos, que captaron su intención y se interesaron por comprenderla, siguieron siéndolo; y su influencia sobre ellos crecía lentamente, mientras que quienes lo admiraban, al sentir la potencia de su obra, se mantuvieron más firmes junto a él a medida que sus detractores se volvían más insolentes.

Aun así, se vendieron pocos ejemplares, y Héctor vio con buenos ojos el tener otro trabajo y no depender por completo de su pluma, lo cual habría sido lisa y llanamente la inanición. Y, desde el principio, Annie fue sumamente prudente con sus gastos.

Entre la gente sencilla a quien su esposo la llevó a conocer, pronto se convirtió en una gran favorita, y este círculo se amplió con mayor rapidez después de que ella se unió a él.

Pues su sencilla veracidad, que incluso a Héctor le había parecido a veces un tanto exagerada, se revelaba ahora como el fundamento de su creciente popularidad. Recogía a todos, era fiel a todos y comprensiva con todos.

Tampoco pasó mucho tiempo antes de que su esposo comenzara a estudiarla para comprenderla, y tanto más cuanto que no podía hallar en ella ni plan ni sistema, nada más que una franqueza sencilla y sin dobleces.

Ni tampoco llegó a creer jamás un ápice menos en el cuidado providente de Dios. Dejó tal vez de atribuir tanto al ministerio de los ángeles como cuando tomó la ráfaga más violenta que rescató de las llamas la nota grasienta y la hizo subir sin quemar por la chimenea rugiente por el repentino soplo del ala de un ángel; pero llegó a encontrarse con ellos más a menudo en la vida diaria, revestidos de forma humana, aunque seguían siendo verdaderamente escasos y a menudo, como el ángel que se reveló a Manoa, desaparecían al ser reconocidos.

Al poco tiempo pareció seguro que, si alguna vez Héctor había tenido algo de lo que el mundo considera éxito, este se había detenido.

Durante mucho tiempo no escribió nada que, de haberse publicado, hubiera podido producir una impresión semejante a la de su primer libro; parecía como si el primero se hubiera adelantado al éxito de los que debían seguirle. Aquel había sido de una clase nueva, y el llamado Público, inocente personificación, aún no estaba preparado para nada más de índole similar, lo cual, en efecto, parecía carecer de elementos de atracción e interés; y los lectores a quienes el mismo hombre les cuenta incluso cosas nuevas suelen cansarse de su modo de decirlo, aunque ese modo haya ganado en franqueza y fuerza; la marea de su pequeña reputación ya había comenzado a tomar la dirección contraria.

Quienes entendían y valoraban su obra, manteniéndose fieles a él y declarando que hallaban en él lo que no encontraban en ningún otro escritor, continuaron firmes en su amistad, y entre ellos la pequeña anciana que desde el primer momento había acogido su primer poema en su corazón y cuyo nombre y posición eran ahora bien conocidos por Héctor.

Pero los críticos, pareciendo haber olvidado su primera acogida favorable hacia él, empezaron ahora a no encontrar más que defectos en su obra, señalando únicamente lo que juzgaban mal concebido y peor ejecutado en sus ideas, y ello en un tono que transmitía la impresión de que de algún modo él había embaucado a algunos de ellos para que emitieran aquellas declaraciones amistosas anteriores sobre su persona.

Y por la misma época sucedió que los negocios comenzaron a decaer rápidamente en el banco de cuyo principal despacho en el país su padre era agente, de modo que ya no pudo seguir proporcionándole a Héctor su anterior asignación; y el anuncio de este desalentador hecho vino acompañado de una amonestación sobre la conveniencia de cambiar tanto la elección de sus temas como su estilo: si seguía escribiendo como lo había estado haciendo últimamente, ¡no quedaría nadie, según decía su padre, que leyera lo que escribía!

Y ahora empezó a resultar evidente qué gran fortuna era para Héctor que Annie estuviera a su lado para ayudarlo.

Pues, a medida que su valor decayó y vio que Annie empezaba a sentirse apurada en la administración del hogar, vio también cómo el valor de ella surgía y resplandecía. Pero él se sentía cada vez más desanimado, hasta que a Annie le costaba un triunfo apartarlo de la desesperación.

Al fin, sin embargo, ella empezó a pensar que tal vez hubiera algo de verdad en lo que su padre le había escrito, y que se debía intentar un nuevo rumbo. ¡Ella misma no podía creer que su esposo estuviera limitado a un solo estilo o tema para la expresión de sus pensamientos; él, que había escrito tan bien de un modo, bien podía escribir al menos bien, si no tan bien, de otro!

¿Acaso no le había oído decir que el verso era el mejor ejercicio para escribir prosa?

Con suavidad, por tanto, y con cautela, ella le planteó el asunto, solo para descubrir al principio, como había previsto, que él no hacía más que rechazar la sugerencia con mayor desaliento.

Aun así, no hallando placer en la obstinación y sintiendo que la necesidad de un nuevo intento se hacía cada vez más apremiante, le dio vueltas al coco y, poniéndolo a forrajear, al fin se acordó de cierta vieja leyenda de las Tierras Altas que en su día le había atraído bastante por haber descubierto en ella ciertas posibilidades simbólicas.

Esta leyenda procedía a reescribir y remodelar, haciendo su mejor esfuerzo por preservar en ella el viejo aroma celta y la sugerencia etérea, al tiempo que cuidaba de no perder ni reproducir de forma demasiado evidente su simbolismo medio aparente y aún evanescente.

Impulsado por el miedo y debilitado por la duda, escribió febrilmente y, tras tres días de laboriosa y antinatural fatiga, sometió el resultado a Annie, que era ahora su única representante del mundo exterior y la única persona cuya crítica parecía importarle ya.

Ella, muy dudosa de su propio juicio, se lo presentó al amigo de él; y juntos acordaron este veredicto:

Que, si bien ciertamente probaba que sabía escribir tan bien en prosa como en verso, la gente no se sentiría atraída por aquello, y se vería que carecía de interés humano.

Su amigo vio en él también una tendencia celta excesiva hacia lo místico y lo alegórico, en contraste con lo factual y lo narrativo.

Al enterarse de esta su decisión, el pobre Héctor volvió a caer en un estado de gran desaliento, sin sentir en su interior la menor fuerza para adoptar otro camino; le parecía que no había más que un modo, la forma en que las cosas le venían. Y en esto sin duda tenía razón⁠—¡sólo que acaso las cosas no podrían venirle, o serle enviadas, de algún otro modo? Su amigo le sugirió que podría, cambiando los acontecimientos externos y la descripción de las personas a quienes les sucedieron, de tal manera que no pudiera haber identificación de ellas, contar el relato mismo de cómo Annie y él llegaron a conocerse y amarse, teniendo especial cuidado en ocultar hasta volverlo informe, o al menos desprovisto de rasgos, el papel que su madre había desempeñado en su historia. Presistiéndole a Héctor que esto era posible, cobró ánimo y se puso a ello de inmediato, entusiasmándose a medida que avanzaba y escribiendo cada vez más rápido conforme crecía su esperanza de éxito. Al mismo tiempo, no favorecía al resultado el que sintiera constantemente a sus espaldas la oscura y amenazante necesidad que, si bien lo empujaba, debilitaba a la vez cada movimiento del espíritu creador.

Le costó mucho tiempo poner la historia en condiciones que se atreviera a considerar siquiera pasables; y cuanto más tardaba, menor era el deleite que el verso le habría aportado en el proceso de su creación.

A pesar de ello, de vez en cuando tropezaba con algún pasaje de la escritura en el que la antigua emoción parecía revivir; pero al leerlos, Annie —modesta y dubitativa como siempre respecto a su propio juicio, especialmente en lo que concernía a la obra de su marido— parecía reconocer cierto elemento de entusiasmo que le confería un brillo, o más bien un encanto de irrealidad, o mejor dicho, de antinaturalidad, que le resultaba inarmónico y, por tanto, inadecuado o fuera de lugar.

Ella pensó que era mejor, sin embargo, decir poco o nada sobre semejante párrafo, y trató de considerarlo de poca importancia, y probablemente de escasa influencia respecto al juicio final.

El relato, tal como pudiera resultar, quedó al fin concluido, y había sido leído, al menos con placer y esperanza, por su amigo, que seguía siendo el único crítico de cuya opinión se atrevía a depender, pues no podía evitar considerar a Annie como prejuiciosa a su favor, aunque la aprobación de ella seguía siéndole absolutamente esencial.

Las únicas partes a las que su amigo puso reparo alguno fueron las mismas sobre las cuales Annie ya había dudado, y que él encontraba demasiado poéticas en su tono⁠—no, se cuidó de aclarar, en su sentido, pues este no podía ser demasiado poético, sino en su expresión, que debía de chocar con demasiada fuerza contra oídos prosaicos que solo se interesaban por la narración, y que retrocederían ante cualquier reflexión, por muy justa que fuera en sí misma, que pudiera entretejerse en ella.

Pero, ¡ay!, ahora llegó lo que Héctor consideraba el golpe postrero y definitivo para cualquier posibilidad de seguir esforzándose en el camino de la literatura.

El banco en el que Héctor había sido introducido por su padre, y en el que había estado empleado desde entonces, había considerado necesario últimamente vigilar más de cerca sus gastos y reducir sus costes; por lo tanto, creyendo que Héctor tenía abundantes recursos de otro tipo, sus directores decidieron notificarle en primer lugar que en el futuro debían privarse del placer de sus servicios.

Y este anuncio llegó en un momento en que Annie ya se encontraba en no pequeña dificultad para hacer que los extremos de sus gastos llegaran a los de sus ingresos. De hecho, ya no le quedaba ningún ingreso. Durante bastante tiempo, privándose de lo que antes le habían parecido necesidades, había hecho que un chelín rindiera como dieciocho peniques, y ahora no conocía otra alternativa, salvo prescindir de todo.

¿Pero cómo permitir que Héctor prescindiera de todo? ¡Había de morir si lo hacía! Ya había empezado a enjugarse dentro de su ropa por falta de una nutrición adecuada.

Al llegarle el rumor de que cierto puesto de bibliotecario, dependiente de una vieja corporación, había quedado vacante, Héctor lo solicitó de inmediato, solo para recibir por respuesta que a Pegaso no se le debía poner en arneses: ¡al pobre Pegaso, bajo un falso pretexto de respeto, había que mantenerlo fuera de lasناكاس!

¡Sus gordos amigos no le permitirían degradarse ganándose el pan con un trabajo que habría podido hacer muy bien; preferían que se muriera de hambre!

Postuló para muchos puestos, uno tras otro. Cada vez más pesada cayó sobre él cada decepción sucesiva.

Annie había llevado en el corazón una gran decepción al ver que no se vislumbraba la perspectiva de un hijo que santificara su unión; pero de eso había aprendido más que a consolarse con la reflexión de que al menos no había tal visitante celestial para cuya estancia terrenal hubiera que proveer; ¡y ahora, con qué alegría habría trabajado por el niño con la esperanza de que semejante alegría y compañía pudieran levantarlo de su abatimiento!

Entonces él sería capaz de disfrutar y asimilar la pobre comida que ella lograba conseguirle. Es verdad que él siempre parecía bastante contento; pero, aun así, a menudo ella creía que él fingía no tener hambre, y sin duda comía cada vez menos.

Hasta entonces había luchado con todas sus fuerzas contra la tentación de endeudarse con los comerciantes, pues, más que cualquier otra cosa, temía a las deudas. Ahora, al fin, sin embargo, su resolución corría el peligro de venirse abajo cuando, por fortuna, a Héctor se le ocurrió pensar en sus preciosos libros; ¿qué mejor uso podía darles que venderlos para comprar comida —en lo cual los libros que había escrito le habían fallado—?

Lote a lote, sujetos con una correa de cuero, los llevó al librero de viejo más cercano, donde tantas veces había comprado; ahora quería vender, pero, desgraciadamente, pronto descubrió que los libros, como tantas otras cosas, valen mucho menos para el vendedor que para el comprador, y donde Héctor había calculado libras, solo se obtuvieron chelines.

Aun así, gracias a su venta, lograron mantenerse un poco más de tiempo fuera de deudas.

Y en aquellos días Annie había terminado por fin su copia en limpio del último libro de Héctor, pasándolo a limpio con su letra encantadoramente legible, no de esa clase que las damas en general consideran legible porque ellas mismas pueden leerla fácilmente; ella podía hacerlo mejor que eso, podía escribir de modo que los demás no pudieran dejar de leer. Pues Héctor siempre había creído que la acogida de su primer volumen se había debido no poco al hecho de haberlo escrito de la manera más legible, y sostenía que lo que se revela de inmediato y sin posibilidad de error puede esperar con justicia una mejor acogida que aquello que desde el primer momento fastidia al lector con una sensación de maltrato. No es de extrañar, decía, si un manuscrito así es arrojado a un lado de inmediato con una imprecación. La legibilidad es lo primero y la inteligibilidad la única otra cosa debida al someter un manuscrito a cualquier editor.

Héctor pasó un día o dos remodelando y modificando los pasajes señalados por su esposa y su amigo, y luego, con la esperanza reviviendo en los corazones de ambos, se envió el manuscrito, se acusó recibo de este y se fijó el día en que habría una respuesta lista.

Una cierta mañana oscura, por lo tanto, de noviembre, sin tener absolutamente nada más que hacer, Héctor salió con su capa Inverness muy gastada para visitar a su antiguo editor en la City, con quien últimamente no había tenido comunicación. El tiempo era frío y húmedo, y amenazaba con llover. Pero Héctor era demasiado escocés para importarle el tiempo, y estaba demasiado lleno de ansiedad como para que le importara el frío o la humedad. De hecho, casi siempre le había parecido que el clima sombrío era estimulante más que deprimente. Por un lado, parecía, cuando estaba bajo techo, rodearlo con protección contra interrupciones desfavorables, dejando más libre su facultad inventiva; y ahora que andaba por la calle, y sin ninguna facultad inventiva despierta, parecía revestirlo de una simpatía afín, pues el tiempo era exactamente el mismo por dentro. Y ahora, mientras caminaba a grandes zancadas con los ojos en el suelo, apenas veía ninguno de los objetos que lo rodeaban, sino que buscaba únicamente el corazón de la City, donde esperaba encontrar al editor en su despacho, dispuesto a imprimir su manuscrito y a adelantarle una pequeña suma a cuenta de un posible beneficio. Tan absorto estaba en pensamientos indefinidos, y tan sumido en la ansiedad sobre la respuesta que estaba a punto de recibir, que más de una vez estuvo a punto de ser atropellado por el carro de algún comerciante imprudente⁠—que le parecía, por su repentina embestida, el arquetipo del hado profético que ya le pisaba los talones.

A la larga, sin embargo, llegó sano y salvo a la tienda exterior, donde los libros de la empresa se exhibían a la vista, en proceso de ser suscritos por el gremio.

Allí, un joven petulante le pidió que tomara asiento, mientras llevaba su nombre al editor, y allí esperó durante un tiempo, leyendo títulos que se encontraba incapaz de asimilar; y allí, mientras esperaba, comenzó la amenazada lluvia y, antes de que lo admitieran en el local interior, un diluvio tan negro empezó a caer que, al menos por su negrura, no cae en ninguna parte salvo en Londres.

Con este acompañamiento, fue conducido por fin a una oficina sombría, en lo más recóndito de la casa, donde un joven al que veía por primera vez evidentemente había estado hojeando, mientras Héctor esperaba en la tienda, el manuscrito que había dejado.

Por poco que hubiera podido leer, sin embargo, había sido suficiente, ayudado quizás por el tiempo, para llevarlo a una decisión desfavorable; su rechazo fue preciso y definitivo, sin dejar margen para que Héctor dijera nada, pues al parecer ni siquiera había oído hablar de él antes.

Héctor se levantó de inmediato, recogió sus papeles de la mesa donde yacían esparcidos, dijo «Buenos días» y salió a la lluvia fuliginosa.

Sin saber hacia dónde encaminar sus pasos, se detuvo en la esquina de King William Street, cerca de las casas de cambio de los viejos lombardos, y allí se quedó inmóvil, en un vano esfuerzo por asimilar el golpe que lo había aturdido.

Allí se quedó y se quedó, con la cabeza gacha, como un mendigo marginado, mirando la lluvia que caía negra del ala de su sombrero empapado.

Sin embargo, al cobrar repentinamente conciencia de que los pocos transeúntes lo miraban con cierta curiosidad al pasar, echó a andar, sin saber hacia dónde, pero tratando de aparentar que tenía un propósito en alguna parte de su interior, cuando aún le quedaba por resolver una cuestión: si comprarse un bollo y, con la fuerza de eso, irse a pie a casa, o gastar sus últimas monedas en un autobús, hasta donde le alcanzara el dinero, y hacer el resto del camino a pie.

Luego, de repente, como si brotara de las profundidades de la desesperación, surgió en él la seguridad de que la ayuda iba en camino, y con ella la fuerza para mirar cara a cara lo peor que pudiera sucederle; al menos podría morir de hambre con paciencia.

Dicho esto, se enderezó, cruzó la calle hasta la esquina de Mansion House y subió a un ómnibus que esperaba allí.

¡Ojalá pudiera deslizarse en su tumba y acabar con todo! ¿Por qué debía permanecer siempre cerrada esa hostería de refugio? ¡Ciertamente no hacía sino caminar en su propio funeral! ¿No andaban ya los dolientes por la calle antes de que se desatara el hilo de plata o se rompiera el cuenco de oro? ¿No podría sentirse ahora al fin con la libertad de terminar la vida que había dejado de valorar? ¡Pero ahí estaba Annie! Iría a su casa con ella; ella lo consolaría —¡sí, moriría con él!—. No había otra escapatoria; no había indicios de una liberación venidera. Todo era negro por dentro y a su alrededor. Aquella era la lluvia sobre las lápidas. Estaba en un coche fúnebre, de camino al cementerio. Allí los dolientes ya estaban reunidos. Estaban ante él, esperando su llegada. ¡No! ¡Iría a su casa con Annie! ¡No sería un soldado cobarde! ¡No se mataría para escapar del enemigo! Plantaría cara al Maligno y recibiría sus golpes sin inmutarse. Él y su Annie los recibirían juntos y lucharían hasta el final. Entonces, si debían morir, estaba bien, y sería mejor.

¡Pero ay de mí! ¿Y si la obligación de un alma viva fuera más allá de esta vida?

¿Y si un hombre estuviera obligado, por el mero hecho de vivir, a seguir viviendo y a hacer todo lo posible por mantener viva la vida en su interior? ¡Ahí su corazón desfalleció, y las profundidades del mar lo cubrieron!

¿Le exigía Dios que, antes que morir, mendigara el alimento para mantenerse con vida? ¿Sería culpable de abandonar su puesto si simplemente se negaba a pedir y esperaba a la Muerte?

¿Estaba obligado a mendigar? Si lo estaba, ¡debía empezar de inmediato por rechazar hasta el más mínimo crédito! A todos debían contarles la verdad de sus circunstancias y rechazar cualquier cosa que no fuera caridad.

Pero ¿no había aún algo que pudiera intentar antes de mendigar? Había recibido una buena educación, poseía tanto conocimientos como la capacidad de transmitirlos; esto todavía valía dinero en el mercado del mundo. Y sin duda en eso su amigo podía hacer algo por él.

Con eso se le fue el nuevo terror; ¡le quedaba aún una posibilidad!

A su esposa debía ir, y hablar del asunto con ella. Todavía tenía, según creía, tres peniques en el bolsillo para pagar el autobús.

Empezó a moverse; y entonces por primera vez, al despertar, vio que se había sentado entre una mujer pobre y una niñita, evidentemente su hija.

—Siento mucho incomodarla, señora —le dijo con tono de disculpa a la mujer de rostro pálido, cuyo pequeño chal de tartán apenas le cubría los hombros, dolorosamente consciente de su estado chorreante al quitarse el sombrero y dejarlo en el suelo entre sus pies igualmente empapados.

Pero, en vez de alejarse de él hacia un lugar más seco, la mujer, con una sonrisa débil, se acercó más a él, diciéndole a su hija al otro lado:

—Siéntate más cerca del caballero, Jessie, y ayúdale a entrar en calor. Está bien limpiecita, señor —añadió—. Tenemos mucha agua en casa, y yo misma la bañá- lo esta mañana, porque íbamos a ir al hospital a ver a mi marido. Ayer tuvo un mal accidente, ¡pero gracias a Dios! no tan grave como podría haber sido. Me temo que tiene mucho frío, señor —añadió, pues Héctor acababa de dar un escalofrío involuntario.

“Mi marido es albañil —continuó ella—; ha tenido buen trabajo y tengo algunos chelines ahorrados, ¡gracias a Dios! Los tiempos seguro que mejoran, porque rara vez resultan tan malos como parecen”.

Involuntariamente, la mano de Héctor se dirigió al bolsillo del pantalón, pero volvió a caer a su costado al recordar el pasaje. Ella vio su movimiento y soltó una pequeña risa triste.

—No me malinterprete, señor —prosiguió—. Le dije la verdad cuando afirmé que no me faltaba dinero; y, antes de que la apretura llegue, los jornales, me atrevo a decir, volverán a dar señales de vida. Además, el alquiler de nuestra semana está pagado. Y él está en buenos aposentos, el pobre, aunque con un fuerte dolor que le hace compañía, me temo.

—¿Dónde vives? —preguntó Héctor—. Pero —continuó—, ¿para qué preguntar? Soy tan pobre como tú... más pobre, tal vez, pues no tengo un oficio al que recurrir. Pero tengo una buena esposa como tú, y no dudo de que se le ocurrirá algo.

—¡Fíe en eso, señor! Una buena mujer como estoy segura de que es ella, se acordará de muchas cosas antes de rendirse. A mi marido, a él lo criaron en la religión, y siempre dice que hay alguien que sabe y no olvida.

Pero en ese momento el ómnibus había llegado al lugar donde Héctor debía bajarse. Se levantó, buscando a tientas su moneda de tres peniques, pero no logró encontrarla.

—No olvide su sombrero, señor; se pondrá bien cuando esté seco —dijo la mujer, mientras se lo entregaba. Pero él se quedó de pie, con el conductor esperando, y parecía incapaz de tomarlo de sus manos: ¡no encontraba la pequeña moneda!

—¡No se preocupe, señor, no se preocupe! —interpuso la mujer, mientras se apresuraba a entregarle tres monedas de cobre—; tengo de sobra para los dos y ojalá, por su bien, fuera cien veces más. Tómelo, señor —insistió, mientras Héctor aún dudaba y hurgaba en sus bolsillos—; ¡no le va a negar un servicio tan pequeño a otra criatura de Dios! Se lo digo con buena intención.

Pero el conductor, al parecer contagiado de la misma generosidad, apartó la mano de la mujer diciendo: «¡No, no, señora, gracias! El caballero me lo pagará otro día».

Hector sacó un viejo reloj de plata y se lo ofreció.

—No puedo estar tan seguro de eso —dijo—. Mejor lleva esto: a mí ya me sirve de poco.

—¡Antes muerto que hacerlo! —gritó el conductor con fiereza, y de un salto bajó y se quedó preparado para ayudar a Héctor a salir del ómnibus.

Pero su amabilidad era más de lo que Héctor podía soportar; se alejó, incapaz de agradecerle.

—Me pregunto ahora —murmuró el revisor para sus adentros cuando Héctor se hubo marchado—, ¿habrá sido un montaje entre él y la mujer? No lo creo. De cualquier modo, no es gran pérdida para nadie. No lo voy a apuntar; la compañía tendrá que cubrir eso.

Hector dobló por una calle que conducía hacia el oeste, secándose los ojos y parpadeando con fuerza para tragarse las lágrimas que intentaban ocultarle un espectáculo que clamaba por ser visto.

¡Pues he aquí! El final de la calle estaba lleno de la gloria de un arcoíris magnífico. A lo largo de su abertura seextendía y se erguía el ancho arco de un arcoíris maravilloso.

Hector no podía ver el sol; solo veía lo que este estaba creando; y la vieja historia acudió de nuevo a su mente, de cómo los hombres de la antigüedad tomaron el arco celestial como una promesa de que no volvería a haber un diluvio capaz de destruir el mundo otra vez. Y por eso aún ahora los poetas llaman al arcoíris el arco de la esperanza.

Ni siquiera en estos días de dudas e incredulidad es motivo de asombro que, ante la armonía de colores fundidos y entremezclados, pero siempre individuales y jamás confusos, y a pesar de su conocimiento de la óptica, y de cómo la suprema unidad de la luz se segregaba en su acorde decretado, la fe imaginativa del poeta turbado obrara en él de tal modo que levantara la cabeza por un momento sobre las aguas de aquel otro diluvio que amenazaba con abrumar su microcosmos, y el arco le pareciera una nueva promesa, otorgada a él entonces e individualmente, de la fidelidad de un Poder invisible de quien le había asegurado alguien a quien no osaba dudar que Él contaba hasta los cabellos de su cabeza.

Una vez más su espíritu se alzó sobre la cresta de una esperanza que no podía justificar lógicamente ni se atrevía a rechazar; pues la esperanza es la esperanza venga de donde viniere, y no necesita justificación de su propia existencia ni de su repentino y maravilloso nacimiento. La esperanza misma bastaba por sí sola.

Y ahora estaba cerca de su casa; su Annie lo esperaba; ¡y en otro instante su miseria sería compartida y reconfortada por ella!

Caminaba hacia la señal milagrosa en los cielos. Pero aun mientras caminaba con ella plenamente a la vista, la vio desvanecerse y disolverse gradualmente en el cielo, hasta que ni un hilo de su hermosura quedó para mostrar dónde había abarcado lo infinito con su promesa de bien.

Y sin embargo, ¿no era el cielo mismo algo mejor, y la promesa de un bien aún mayor?

¡Debía seguir caminando todavía, con esperanza incansable!

Y la resolución misma perduraba, o al desvanecerse, revivía, y volvía de nuevo, y una y otra vez.

Pues antes de haber recorrido los pocos pasos que lo separaban de Annie, otra maravilla más aconteció: como si el arcoíris se hubiera condensado y tomado forma mientras se desvanecía, allí en el sendero, en la penumbra cada vez más espesa de la rápida caída de la noche de noviembre, se erguía una criatura, sin duda no de la noche, sino más bien de la madrugada, un niño precioso y pequeño —ya fuera extraviado de la puerta abierta de alguna casa vecina o dejado por el desvanecido arcoíris, ¿cómo iba él a saberlo?

Procurando después recordar cada detalle de su aspecto, no alcanzaba a recordar nada de sus pies, ni siquiera del vestido que llevaba. Tan solo su rostro permanecía en él, con sus ojos de azul cerúleo —los ojos de Annie, mirando desde bajo la nube de su cabello oscuro, que también era el de Annie—. Ella parecía entonces, tal como se alzaba en su recuerdo, como si estuviera diciendo: «Confío en ti; ¿no confiarás tú en Aquel que hizo el arco iris?».

For a moment he seemed to stand regarding her, but even while he looked he must have forgotten that she was there before him, for when again he knew that he saw her, though he did not seem ever to have looked away from her, she had changed in the gathering darkness to the phantasm of a daisy, which still gazed up in his face trustingly, and, indeed, went with him to his own door, seeming all the time to say, “It was no child; it was me you saw, and nothing but me; only I saw the sun⁠—I mean, the man that was making the rainbow.”

Y nunca más pudo en su mente separar al niño, a quien no puedo menos que pensar que había visto en verdad, de la margarita que con certeza no había visto, excepto en la atmósfera de su alma turbada y confusa.

Puede que ayude a mi lector a comprender su confusión si le recuerdo el hecho de que Héctor no había comido nada en todo el día.

Tampoco debe juzgar con severidad mi lectora a Annie por haberle dejado salir de casa sin ningún alimento, pues él se había marchado sigilosamente, y había cerrado la puerta con la misma suavidad a sus espaldas, pensando en lo alegremente que comerían juntos cuando él volviera con sus buenas noticias.

Y ahora no le traía nada más que la historia de una pobre mujer y su hijo que lo habían calentado, y de un cobrador de autobús que se había fiado de él para el billete, y de un arcoíris y un niño y una margarita.

“¡Oh, querido, qué travieso, qué travieso!” exclamó Annie, mientras se lanzaba a sus brazos, regocijada. Pero al ver su rostro demacrado y pálido, la sonrisa se desvaneció del suyo, y pensó: «¿Qué le habrá ocurrido?».

Su labio tembló y, buscando con una sonrisa llorosa tranquilizarla, cedió y rompió a llorar.

Poco varonil de su parte, sin duda, pero ¿qué ha de hacer un hombre cuando no puede evitarlo? ¿Y dónde ha de llorar un hombre si no es en el seno de su esposa?

Tachad este comportamiento de poco inglés, si queréis; pues, en verdad, Héctor era en muchos aspectos poco inglés y, os lo aseguro, las maneras inglesas no son todas humanas. Pero no admitiré que esto manifestara debilidad alguna, ni que implicara necesariamente una vergüenza para él; el mejor de los hombres, y el más fuerte⁠—sí, el único Hombre cuya alma no albergaría ni un átomo de compasión por sí mismo⁠—, en cierta ocasión lloró, creo yo, porque no pudo persuadir a las mujeres que amaba y a quienes con gusto habría consolado para que hallaran consuelo en su Padre.

Annie, por un momento reverente, volvió la cabeza a un lado, luego le echó los brazos al cuello y ocultó su rostro encendido en el pecho de él.

—En la casa solo estoy yo, cariño —dijo, y los guio hacia su habitación.

Cuando llegaron, ella cerró la puerta y se volvió hacia él.

—¿Así que no te aceptan el cuento? —dijo, dando el hecho por sentado, con una sonrisa triste y radiante.

“Lo rechazaron rotundamente”.

—¡Bueno, no importa! Mañana iré a trabajar de asistenta. No tienes idea de lo fuerte que soy. Menos mal para ti que nunca he querido pegarte. En serio, creo que soy mucho más fuerte de lo que te imaginas ni por asomo. ¡Toma! Tócateme el brazo... Te dejaría tócatelo de otra manera, solo que me da miedo hacerte daño.

Se había remangado el vestido, dejando al descubierto un brazo de desarrollo soberbio, blanco como la leche y rematado por una mano grande y de espléndida forma.

Luego, con jugueteo, ¡pero ay! con tanta ternura, con la parte inferior y más suave del brazo le acarició el rostro, frotándolo primero contra una mejilla y luego contra la otra, y terminó con ambos brazos alrededor de su cuello, mientras sus manos le apretaban la cabeza contra el pecho.

—¡Esposa! ¡Esposa! —balbuceó Héctor, conteniéndose con dificultad—; ¡mi mujer fuerte y hermosa! ¡Pensar que te casaste conmigo para esto!

—Héctor —respondió Annie, echándose atrás con dignidad—, ¿te atreves a compadecerte de mí? ¡Eso sería insultarme! ¡Como si no fuera digna de ser tu esposa por hacerlo todo por mi madre! ¡Hay miles de muchachas escocesas que estarían más que orgullosas de ocupar mi lugar, por pobre que seas —y no podrías ser mucho más pobre— y servirte, sin ser tu esposa, como tengo el honor y el orgullo de ser! Pero, bendito mío, ¡bien creo que no has comido nada hoy; y aquí me tienes imaginando que soy tu esposa, y dejándote ahí de pie con el estómago vacío, en vez de moverme a buscarte la cena! ¡Qué vergüenza! ¡Si te estás muriendo de hambre de verdad! —exclamó, escudriñando su rostro con ojos compasivos.

—Por el contrario, no tengo hambre en absoluto —protestó Héctor.

—Entonces debe de tener hambre ahora mismo, señor. Iré a traerle algo cuyo solo aspecto le abrirá el apetito.

“Pero no tienes dinero, Annie; y, no pudiendo pagar, tendremos que prescindir de ello. Ven, nos iremos a la cama”.

—Sí, estoy lista; he desayunado bien. Pero tú no has tomado nada en todo el día. Y en cuanto a dinero, ¿sabes?, la señorita Hamper, la modista, en realidad se ofreció a prestarme un chelín, y lo acepté. Aquí está. Ya ves, estaba tan segura de que traerías dinero a casa que pensé que podíamos endeudarnos esa cantidad un poco más. Así que te compré dos huevos frescos y una hogacita blanca preciosa. Además, acabo de pensar en otra cosa por la que podríamos conseguir un poco de dinero: esa delicada camisa que mi madre hizo para mí con sus propias manos cuando íbamos a casarnos. Se la llevaré al empeño mañana.

“Nunca he estado en una casa de empeño, Annie. No creo que supiera cómo empezar a hacerlo”.

“¡Tú! —exclamó Annie, con un toque de desprecio—.

¿Crees que le confiaría algo así a un hombre? No; eso es trabajo de mujeres. ¡Vaya! Dejarías que el tipo te ofreciera la mitad de lo que vale, ¡y encima la aceptarías! Se lo voy a enseñar a la señora Whitmore: ella sabrá cuánto debo pedir por esto. ¡Ella ha tenido que encargarse de cosas así demasiado a menudo, la pobre!”.

“Sería como arrancarme el corazón”.

—¡Cómo! ¿Desprenderme de mi bonita camisa? Querido Héctor, ¡no debes hacer tonterías! ¿Qué más da, mientras no estemos engañando a nadie? El monte de piedad es una institución de lo más honorable y útil. A nadie le hace mal y a muchos les hace bien. Incluso los comerciantes saldrán ganando un poco. Estaré muy orgullosa de saber que tengo un resguardo de empeño en el bolsillo al que poder recurrir.

Oh, ahí está ese viejo vestido de seda que me mandó tu madre; estoy segura de que daría más. Está en buenas condiciones y tiene un aspecto bastante respetable. Si Eva se hubiera metido en un apuro como el nuestro, habría estado desamparada, pobre, por no tener nada que empeñar —esa es la palabra correcta, creo yo. No hay realmente nada vergonzoso en ello.

Vamos, querido, y cómete tus huevos; me temo que tendrás que prescindir de la mantequilla. Siempre he preferido un trozo de pan seco con un huevo; así se aprecia mucho mejor el auténtico sabor del huevo. Tarde o temprano tenemos que desprenderse de todo. Es seguro que llegará. Tarde o temprano, ¿qué más da?

«Estar preparado es todo», como dice Hamlet. La muerte, o el monte de piedad, no significan nada. «Ya que ningún hombre posee nada de lo que deja, ¿qué importa dejarlo antes de tiempo?» Con el monte de piedad no hacemos sino adelantarnos a la tumba por una breve hora.

—¡Te mereces haberte casado con Epicteto, Annie, mujer valiente, en lugar de Jantipa!

“Te prefiero a ti, Héctor”.

“Pero ¿qué le habrías dicho si te hubiera preguntado, y me hubieras oído lamentarme por la casa de empeño?”

—¡Ah, entonces, sí! Pero, mientras tanto, nos iremos a la cama y esperaremos allí a mañana. ¿No es una cosa preciosa saber que Dios está pensando en ti? ¡Él nos llevará a nuestro puerto deseado, Héctor, querido!

Así que en su tristeza se recostaron. Annie abrió los brazos y tomó a Héctor en su seno. Allí él suspiró hasta quedarse dormido; y Dios puso Sus brazos alrededor de ambos y los mantuvo dormidos hasta la mañana.

Y en este amor, más que en la cama, descanso.

Annie fue la primera en levantarse de un salto y empezar a vestirse, meditando mientras lo hacía si ir primero a la casa de empeños o al panadero, para pedirle que la recomendara como criada.

Le diría la pura verdad: que en adelante tendría que trabajar para ganarse el pan de cada día.

Luego Héctor se levantó y se vistió.

—¡Oh, Annie! —dijo al hacerlo—, ¿se ha ido, esa horrible miseria de anoche en el ómnibus? Me parecía, mientras iba dando botes, como si Dios se hubiera olvidado de una de las criaturas que había hecho, y que esa criatura era yo; o, peor aún, ¡que se acordaba de mí y no quería mover un dedo para ayudarme! ¿Y por qué siento ahora como si tuviera ayuda para mí en alguna parte, esperándome? Creo que iré a ver a un hombre que vive muy cerca de aquí, y averiguaré si es el mismo que conocía en St. Andrews; si es el mismo, tal vez sepa de algo que yo pueda intentar.

“Hazlo —respondió Annie—. Iré contigo y de camino pasaré por la tienda del tendero; creo que él será la mejor persona a quien preguntar si conoce a alguna familia que necesite una asistenta o que pueda darme cualquier clase de trabajo. Hay más de una cosa que podría hacer; costura, por ejemplo. Creo que podría hacer un vestido de niño tan bien como una modista de segunda categoría. ¿Puedes decirme quién fue el primer sastre, Héctor? Fue Dios mismo. Él hizo abrigos de pieles para Adán y su mujer”.

—Muy bien dicho, querida. Bien puedes probar suerte, como sé que has hecho ya muchas veces. Y, si logro conseguir un alumno por muy joven que sea, estaré encantada de enseñarle al menos las primeras letras. Debemos probar con todo y con todos. Espero que ya hayamos dejado atrás los remilgos.

Se volvió y continuó con su arreglo personal.

—¡Oh, Héctor —dijo Annie de repente, y se acercó a la chimenea—, cuánto lo siento! Aquí hay una carta que llegó para ti ayer. No me atreví a abrirla, aunque a menudo me has dicho que abra las cartas que me plazca. El caso es que me olvidé por completo de ella, creo, porque estaba muy triste por tu marcha sin desayunar. O tal vez fue que me asustó su borde negro. Realmente no sabría decir ahora por qué no la abrí.

Con poco interés y menos esperanza, Héctor tomó la carta⁠—con cenefa y sello negros⁠—, la abrió y miró con indiferencia la firma, mientras Annie lo contemplaba con la mera esperanza de que no hallara en ella ningún nuevo problema⁠—¡alguna factura olvidada tal vez!

Ella vio cómo su rostro cambiaba y sus ojos se quedaban fijos. Un momento más y la carta cayó en el cerco de la chimenea. Él se quedó de pie un instante, luego cayó de rodillas y levantó las manos.

—¿Qué pasa, cariño? —exclamó, empezando a temblar.

—¡Solo quinientas libras! —respondió, y prorrumpió en una risa histérica.

—¡Imposible! —exclamó Annie.

—¿Quién ha podido jugarnos una broma tan cruel? —dijo Héctor con voz débil.

—¡No es ninguna broma, Héctor! —exclamó Annie—. Nadie tendría el valor de hacer algo así. Déjame ver la carta.

Casi se lo arrebató de las manos cuando él lo levantó del guardabarros y miró la firma.

—¿Hale y Hale? —leyó ella—. ¡Nunca he oído hablar de ellos!

—No, ni nadie más, me atrevo a decir —respondió Héctor.

—Veamos la dirección de arriba —dijo Annie.

“Ahí está⁠—Philpot Lane”.

“¿Dónde es eso? ¡No creo que exista tal lugar!”

—Oh, sí, lo hay; lo he visto, en alguna parte de la City, creo. Pero leamos la carta. Solo vi las cifras. ¡Confieso que al principio fui tan tonto como para imaginar que alguien nos había enviado quinientas libras!

—¿Y por qué no? —exclamó Annie—. Estoy segura de que no hay nadie que lo necesite más.

—Precisamente por eso no —respondió Héctor—. ¿Has sabido alguna vez de un hombre rico que le deje su dinero a un pariente pobre? Oh, espero que eso no signifique que mi padre se ha ido. Puede que nos haya dejado una bicoca. Solo que él no habría tenido tanto como para dejarle a nadie. Sé que te quería, Annie.

Mientras tanto, Annie había estado haciendo lo único sensato: leer la carta, y ahora se quedó pensativa ante ella.

—Lo tengo, Héctor. Siempre usa a buena gente para hacer sus bondades. ¿No te acuerdas de que te conté lo de la viejita en la tienda de Graham la vez que salió tu libro?

—Sí, Annie; no era probable que olvidara eso; fue mi amor por ti lo que me hizo capaz de escribir el poema. ¡Ah, pero qué pronto se gastaron las veinte libras que cobré por él, aunque entonces me parecían una fortuna!

—¡Así era, y así es! —exclamó Annie, medio riendo, pero rompiendo a llorar abiertamente—. Es exactamente esa misma viejecita. Le gustó tanto el libro, y a ti por haberlo escrito, que te incluyó de inmediato en su testamento con quinientas libras, creyendo que eso ayudaría a la gente a confiar en Dios.

“Y yo desconfiaba tanto que casi estaba dispuesta a quitarme la vida. ¡Solo que pensé que habría sido un golpe terrible para ti, mi tesoro! Habría sido decirle a Dios en su propia cara que sabía que él no me ayudaría. Ahora estoy segura de que él nunca se olvida, aunque parezca que se ha olvidado. Ahí estaba esa carta tirada en la oscuridad durante todas las horas de la larga noche, mientras dormíamos en el cansancio del dolor y el miedo, sin saber lo que la luz nos traía. ¡Dios es bueno!”

—Vayamos a ver a esta gente y asegurémonos —dijo Annie—. ¿«Sanos y Salvos»?, ¿es así como se llaman? ¡Pero esta vez voy contigo! ¡No voy a pasar otro día como el de ayer —esperándote hasta que se puso el sol y todo estaba oscuro, mal hombre—, imaginándome toda clase de cosas terribles! Me pregunto... me pregunto si...

—Bueno, ¿qué te preguntas, Annie?

“Solo si, dado el caso de que ahora descubriéramos que en verdad todo fue un error, aún sería capaz de seguir teniendo esperanza durante todo el tiempo que me queda. ¡Lo dudo; lo dudo! Oh, Héctor, ¡tú me lo has enseñado todo!”

“Más, al parecer, de lo que yo mismo he aprendido. ¡Tu madre ya te había enseñado mucho más de lo que yo jamás tuve para darte!”

“Pero me temo que aún es demasiado pronto para ir a la City”, dijo Annie.

“¿No crees que primero tendríamos tiempo de averiguar si el caballero por el que pensábamos preguntar hoy es o no tu viejo amigo de la universidad? Y yo pasaré por el colmado a decirle que esperamos saldar su cuenta en unos días. Luego tú puedes venir a mi encuentro, yo iré al tuyo, y nos encontraremos en algún punto intermedio”.

Hicieron como Annie había propuesto; y antes de encontrarse, Hector ya había encontrado a su amigo, y había sido calurosamente recibido tanto por este como por su joven esposa.

Cuando por fin llegaron a Philpot Lane y se sentaron en una antesala a esperar que los recibieran, Annie dijo:

«Ciertamente, si los ricos supieran cómo algunos que no conocen necesitan su ayuda, estarían un poco más ansiosos por fortalecer sus alas antes de volar hacia lo alto haciéndose amigos del Mammón de la injusticia. ¿No crees que a veces tal vez tengan miedo de hacer daño con su dinero?».

“Me temo que es más bien que nunca piensan en lo que quiso decir nuestro Señor cuando pronunció esas palabras. ¡Pero, ay, Annie! ¿Es una mala señal de mi parte que la mera posibilidad de este dinero pueda hacerme tan feliz?”

Fueron admitidos por fin, y recibidos amablemente por un anciano de cabello gris, que les advirtió que no se imaginaran que tanto dinero les duraría mucho tiempo.

—En efecto, señor —respondió Annie—, lo mejor que esperamos de él es que le devuelva el ánimo a mi marido para empezar otro libro.

«¡Ah! Su marido escribe libros, ¿verdad? Entonces empiezo a comprender el testamento de mi difunta clienta. Es muy típico de ella», dijo el anciano. «¿La conocía desde hacía mucho tiempo?».

—Nunca la vi ni una sola vez —dijo Héctor.

—Pero yo sí —dijo Annie—, y la oí decir lo encantada que estaba con su primer libro. Por favor, señor —añadió—, ¿faltará mucho para que pueda darnos el dinero?

—Lo tendrá a su debido tiempo —respondió el abogado—; todo a su debido tiempo.

Y ahora, en primer lugar, se enteraron de que no recibirían ni un céntimo del dinero antes de que transcurriera un año entero.

—Bueno, eso nos dará tiempo de sobra para morirnos antes —pensó Héctor—, lo cual estoy seguro de que la amable señora no pretendía cuando nos dejó el dinero.

Otra cosa que aprendieron fue que, ni aun entonces, recibirían la totalidad del dinero que les había sido dejado, pues dado que no podían reclamar ningún parentesco con el testador, se debía deducir un diez por ciento de su legado.

Si acudían a él en el plazo de un año a partir de la fecha del fallecimiento, les dijo que tendría mucho gusto en entregarles la suma de cuatrocientos cincuenta libras.

Así que salieron de la oficina —sin demasiado júbilo, pues ambos tenían bastante hambre y debían ir de inmediato en busca de trabajo— con escasas posibilidades de conseguir un préstamo por él.

Sin embargo, Héctor rompió el silencio diciendo:

“Te aseguro, Annie, que ya me siento tan ligera y libre que podría inventar cualquier cosa, incluso un cuento de hadas, y siento que sería uno precioso. Espero que te haya quedado un centavo para comprar un frasco nuevo de tinta. La tinta de casa es tan espesa que se necesitan tres trazos para una sola marca”.

“Sí, cariño, tengo un centavo; tengo dos, de hecho⁠—apenas me quedan dos peniques. Compraremos un frasco de tinta con uno y⁠—¿será un bollo con el otro? Creo que un bollo de un penique se dividirá mejor que dos de medio penique”.

—Muy bien. Solo que, ojo, soy yo quien debe repartirlo. Pero, ¿sabes?, he estado pensando —dijo Héctor—, si no podríamos tomarnos unas vacaciones a cuenta de nuestras expectativas, pues tendremos que esperar tanto tiempo por el dinero que creo que bien podemos decir que tenemos grandes expectativas.

—Creo que haríamos mejor —respondió Annie— en volver con tu viejo amigo, el señor Gillespie, y contarle nuestra buena suerte, para ver si puede sugerirnos algo que hacer entretanto.

Hector accedió, y juntos buscaron la terraza donde vivían el señor y la señora Gillespie, quienes se mostraron muy interesados en su historia; y entonces por primera vez supieron que la señora al menos tenía la solvencia suficiente para poder ayudarles, y, cuando se marcharon, habría querido que Annie se llevara una docena de sus pañuelos para bordar en ellos sus iniciales y su escudo; pero Annie suplicó que se le permitiera llevarse tan solo uno, para que la señora Gillespie pudiera ver primero cuánto le gustaba su trabajo.

—Pues ves, entonces —le dijo a su marido mientras volvían a casa—, podré devolvérselo esta misma tarde y pedirle la media corona que me ofreció por hacerlo, lo cual no habría tenido la cara de hacer con once más todavía en mi poder.

No dudo de que esté satisfecha con mi trabajo; y en una semana habré terminado la mitad de ellos, y nos irá viento en popa.

A lo largo del invierno, Héctor escribió sin pausa todas las noches, y todas las noches Annie se sentaba a su lado a bordar, aunque su bordor no era todo para los demás. Muchas veces, en los años venideros, sus pensamientos volvían a aquel período como el arquetipo de la vida feliz que estaban compartiendo.

La vez siguiente que Héctor fue a ver al señor Gillespie, este caballero le sugirió que impartiera un ciclo de conferencias sobre poesía inglesa dirigido a señoras, empezando por los poetas anglosajones, de los cuales Gillespie dijo que no sabía nada, pero que le encantaría aprender muchísimo.

Sabía también, según dijo, de algunas señoras del vecindario dispuestas a pagar una guinea cada una por un ciclo de, digamos, media docena de conferencias de ese tipo. A Héctor no le costarían mucho tiempo de preparación y le aportarían algo de dinero de inmediato.

El propio Coleridge, sugirió, había hecho ese tipo de cosas.

«Sí», dijo Héctor, «pero él era Coleridge. Yo no tengo nada que decir que valga la pena».

—Deje que sus oyentes juzguen eso —replicó Gillespie—. Haga lo mejor que pueda y arriésguese. Le prometo al menos dos alumnos que no serán demasiado exigentes: mi esposa y yo. Es increíble lo poco que saben sobre poesía inglesa incluso aquellos que se imaginan que la aman.

—¿Pero dónde voy a encontrar una habitación? —siguió objetando Héctor.

—¿No serviría este salón? —preguntó su amigo.

—¡Magníficamente! —respondió Héctor—. ¿Pero qué dirá la señora Gillespie al respecto?

“Ella y yo solemos estar de acuerdo, al menos en lo que respecta a las personas”.

“Entonces me iré a casa ahora mismo y me pondré a buscar qué decir”.

“Y saldré ahora mismo a empezar a buscarle un público”.

Gillespie tuvo aún más éxito del que había previsto; y hubo en la primera conferencia una concurrencia verdaderamente considerable. Cuando terminó, la persona que más sabía del tema era la esposa del joven conferenciante.

Al primer curso le siguieron dos más, el tercero a petición de casi todos sus oyentes. Y el resultado fue que, antes de que venciera el legado, Annie había pagado todas sus deudas y no había contraído ni una sola nueva.

Pero cuando llegó el feliz día, Annie no pudo ir con su esposo a recibir el dinero; ni tampoco deseaba Héctor que hubiera podido, pues se alegraba de ir solo.

A su lado yacía una hermosa niña durmiendo pacíficamente. Héctor declaró que era la viva imagen de la niña que el arcoíris había dejado atrás al desvanecerse.

Un día, cuando la madre estuvo un poco más fuerte, llamó a Héctor a su lecho, y reclamó juguetonamente el derecho de ser la madrina de la criatura y de darle su nombre.

—¿Y quién más puede tener mejor derecho? —respondió Héctor. Con todo, le extrañaba un poco que Annie quisiera que la niña llevara su propio nombre y no el de su madre.

Pero cuando llegó la hora del bautizo del niño, Annie, que sostendría ella misma al pequeño, le susurró al oído al clérigo:

“El nombre de la niña es Iris.”

He contado mi pequeña historia. Pero tal vez mis lectores tengan paciencia conmigo mientras le añado tan solo una pequeña pulgada a la cola del ratón que ha parido mi monte.

El siguiente libro de Hector, aunque nunca fue tan popular como para ser considerado un éxito en el sentido externo, tampoco fue un completo fracaso en lo que respecta al dinero que le reportó, y aun hoy en día no ha dejado de proporcionarle algunos ingresos.

Sin duda tiene no pocos defectos, pero, por fortuna, quien mejor los conoce es quien lo escribió, y jamás ha tenido que arrepentirse de haberlo escrito.

Y ahora cuenta con un público en el que puede confiar para recibir con agrado cualquier cosa que escriba. Sobra decir que también tiene enemigos, pero son más bien despreciadores que difamadores, y todavía no han logrado que se replique ni una sola vez criticando alguna obra de ellos. Tampoco creo que haya dejado nunca de reconocer la obra genuina y buena que la mayoría de ellos ha producido.

Uno de los mejores resultados para él de su constante esfuerzo por evitar los celos es que todavía es capaz de escribir poesía, y sigue encontrando en ella más placer que al contar sus relatos. Y para él, su propia prueba del éxito de cualquiera de sus libros sigue siendo el grado en que lo disfrutó él mismo mientras lo escribía.

Su hacienda hacía tiempo que se había esfumado, y a menudo se había visto en estrecheces desde entonces; pero siempre había sabido sacar provecho de esas estrecheces, y jamás había vuelto a sentir como si unos muros lentos se cerraran sobre él para aplastarlo. Y tenía la esperanza, con la ayuda de Dios y la de Annie, de salir adelante por fin, sin haber deshonrado jamás su noble vocación.

La última vez que lo vi, me presentó a su mujer —habiéndome contado recién la historia de ambos— con estas palabras bastante enigmáticas:

“Esta es mi mujer. No la podéis ver muy bien porque, como Hamlet, la llevo «en el fondo de mi corazón, ¡sí, en el centro de mi corazón!»”.

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