regañando y enfurecida. Tuvo que correr hasta que, de puro cansancio, cesaron sus groserías. Su corazón desfalleció; prorrumpió en llanto y siguió corriendo, llorando en silencio.
Un minuto más y la mujer sabia se inclinó, y tomándola en brazos, envolvió su capa en torno a ella.
Al instante cayó dormida, y durmió tan suave y profundamente como si hubiera estado en su propia cama.
Durmió hasta que la luna se puso; durmió hasta que el sol salió; durmió hasta que este escaló lo más alto del cielo; durmió hasta que volvió a descender, y la pobre luna vieja salió asomándose y curioseando una vez más: y todo ese tiempo la mujer sabia siguió caminando y caminando muy deprisa.
Y ahora habían llegado a un lugar donde unos cuantos abetos salían a su encuentro a través de la luz de la luna.
Al mismo tiempo la princesa se despertó, y asomando la cabeza por entre los pliegues de la capa de la sabia mujer —con el aspecto de una lechucita muy fea—, vio que estaban entrando en el bosque. Ahora bien, hay algo terrible en todo bosque, especialmente a la luz de la luna; y tal vez un pinar sea más terrible que otros bosques. Para empezar, deja pasar un poco más de luz, haciendo que la oscuridad sea un poco más visible, por así decirlo; y luego los árboles se extienden hacia arriba, hacia la luna, y parecen como si no les importasen en absoluto las criaturas que tienen debajo, a diferencia de los árboles anchos de hojas suaves y amplias que, aun en la oscuridad, parecen protectores. De modo que no hay que culpar a la princesa por estar muy asustada. Tampoco se la puede culpar mucho de que, convencida de que la sabia mujer era una ogresa que la llevaba a su castillo para comérsela, empezara