Nycteris
Cinco o seis meses después del nacimiento de Photogen, la dama oscura dio a luz también a un bebé: en la tumba sin ventanas de una madre ciega, en lo más profundo de la noche, bajo los débiles rayos de una lámpara en un globo de alabastro, una niña vino a la oscuridad con un llanto. Y así como ella nacía por primera vez, Vesper nacía por segunda, y pasó a un mundo tan desconocido para ella como este lo era para su hijo —que tendría que nacer aún otra vez antes de poder ver a su madre.
Watho la llamó Nycteris, y ella creció lo más parecida posible a Vesper, en todo menos en un detalle. Tenía la misma piel morena, pestañas y cejas oscuras, cabello oscuro y una mirada triste y dulce; pero tenía exactamente los ojos de Aurora, la madre de Photogen, y si se oscurecían a medida que crecía, era solo un azul más oscuro.
Watho, con la ayuda de Falca, cuidó de ella con el mayor esmero posible —en todo lo compatible con sus planes, claro está—, cuyo punto principal era que jamás viese otra luz que no fuese la de la lámpara. De ahí que sus nervios ópticos, y de hecho todo su aparato visual, se volviesen tanto más grandes como más sensibles; sus ojos, en verdad, solo se detuvieron en el límite de ser demasiado grandes. Bajo su cabello, su frente y sus cejas oscuras, parecían dos claros en una noche nublada, a través de los cuales se asomaba el cielo donde viven las estrellas y no las nubes.
Era una criatura lastimosamente delicada. Nadie en el mundo, excepto aquellas dos, tenía conocimiento de la existencia del pequeño murciélago. Watho la adiestró para que durmiese durante el día y se despertase durante la noche. Le enseñó música, en la cual ella misma era experta, y casi no le enseñó ninguna otra cosa.