Una parábola
En la cima de un alto risco, que formaba parte de la base de una gran montaña, se alzaba un castillo imponente.
Cuándo o cómo fue construido, ningún hombre lo sabía; ni nadie podía pretender entender su arquitectura.
Todos los que lo contemplaban sentían que era señorial y noble; y donde una parte parecía no concordar con otra, los sabios y modestos no se atrevían a tacharlas de incongruentes, sino que suponían que el conjunto tal vez estuviera construido según algún principio superior de arquitectura que aún no comprendían.
Lo que les ayudaba a llegar a esta conclusión era que nadie había visto jamás la totalidad del edificio; que, incluso de la porción mejor conocida, alguna parte u otra estaba siempre envuelta en densos pliegues de niebla provenientes de la montaña; y que, cuando el sol brillaba sobre esta niebla, las partes del edificio que aparecían a través del velo vaporoso se veían extrañamente glorificadas en su indefinición, de modo que parecían pertenecer a alguna morada aérea en la tierra del poniente; y los espectadores apenas podían saber si las habían visto antes, o si se trataba de la primera vez que se revelaban parcialmente.
Tampoco, a pesar de estar habitada, se pudo obtener cierta información en cuanto a su construcción interna. Quienes la habitaban descubrían a menudo habitaciones en las que nunca antes habían entrado—sí, una o dos veces—, suites enteras de aposentos de las cuales solo oscuras leyendas se habían transmitido desde tiempos antiguos. Algunos de ellos esperaban encontrar, un día, lugares secretos llenos de tesoros de joyas maravillosas; entre los cuales esperaban dar con el anillo de Salomón, que durante siglos había desaparecido de la tierra, pero que había dominado a los espíritus y cuya posesión convertía a un hombre sencillamente en lo que un hombre debe ser: el rey del mundo. De vez en cuando, una escalera estrecha y de caracol, hasta entonces no pisada, los sacaba a una nueva torre desde la cual se anteponían ante ellos nuevas perspectivas del país circundante. Cuántas más de estas podría haber, o cuán más elevadas, nadie podía decirlo.
Tampoco se podían determinar con la más mínima aproximación los cimientos del castillo en la roca sobre la que estaba construido.
Aquellos miembros de la familia que se habían entregado a explorar en esa dirección, encontraron tal laberinto de bóvedas y pasadizos, y sucesiones interminables de escaleras descendentes, que salían de un espacio subterráneo a otro aún más bajo, que llegaron a la conclusión de que al menos toda la montaña estaba perforada y ahuecada de este modo.
Tenían también una vaga conciencia de la presencia, en aquellas regiones terribles, de seres que no podían comprender.
Una vez llegaron al borde de un gran abismo negro, en el que el ojo no podía ver más que oscuridad: retrocedieron horrorizados, pues la convicción brilló de repente en sus mentes de que aquel abismo descendía hasta los mismos espacios centrales de la tierra, por cuya corteza superior habían estado deambulando hasta entonces; es más, que la negrura hirviente ante ellos tenía relaciones misteriosas, y más allá de la comprensión humana, con los lejanos vacíos del espacio, en los que las estrellas no se atreven a entrar.
Al pie del acantilado sobre el que se alzaba el castillo, yacía un profundo lago, inaccesible salvo por unas pocas vías, al estar rodeado por todas partes de precipicios que hacían que el agua pareciera muy negra, aunque era tan pura como el cielo nocturno.
Desde una puerta del castillo, a la cual no se podía entrar de ningún otro modo, una amplia escalinata, labrada en la roca, descendía hasta el lago y desaparecía bajo su superficie.
Algunos pensaban que los escalones llegaban hasta el fondo mismo del agua.
Ahora bien, en este castillo habitaba una gran familia de hermanos y hermanas. Nunca habían visto a su padre ni a su madre. Los menores habían sido educados por los mayores, y estos por un cuidado y una asistencia invisibles, acerca de cuyas fuentes se habían preocupado, de una u otra manera, muy poco; pues aquello a lo que la gente está acostumbrada, lo considera procedente de nadie; como si la ayuda, el progreso, la alegría y el amor fueran las cosechas naturales del Caos o de la vieja Noche.
Pero la Tradición decía que un día —era totalmente incierto cuándo— su padre vendría y no los dejaría más; pues todavía estaba vivo, aunque nadie sabía dónde vivía. Entre tanto, todos los demás debían obedecer a su hermano mayor y escuchar sus consejos.
Pero casi toda la familia era muy aficionada a la libertad, como ellos la llamaban; y les gustaba correr arriba y abajo, de aquí para allá, vagando sin ley ni orden, exactamente como les placía. Así que no podían soportar la tiranía de su hermano, como ellos la llamaban. Unas veces decían que él era solo uno de tantos y que, por tanto, no le obedecerían; otras, que no era como ellos y no podía comprenderlos, y que por tanto no le obedecerían. Sin embargo, a veces, cuando él venía y los miraba fijamente a los ojos, se aterraban y no se atrevían a desobedecer, pues él era majestuoso, severo y fuerte. Ninguno de ellos lo amaba de corazón, excepto la hermana mayor, que era muy hermosa y silenciosa, y cuyos ojos brillaban como si la luz yaciera en algún lugar muy profundo detrás de ellos. Incluso ella, aunque lo amaba, a veces lo encontraba muy duro; pues una vez que él había dicho algo con claridad, no se le podía persuadir de que lo reconsiderara. Así que hasta ella se olvidaba de él a veces, seguía sus propios caminos y se divertía sin él. La mayoría lo consideraba una especie de vigilante, cuyo oficio era mantenerlos en orden; y por eso se indignaban y le tenían inquina. Sin embargo, todos tenían el sentimiento secreto de que debían someterse a él; y después de cualquier acto particular de desacato, ninguno de ellos podía pensar con tranquilidad en la vieja historia sobre el regreso de su padre a su casa. Pero en verdad nunca pensaban mucho en ello, ni en su padre en absoluto; pues ¿cómo podían aquellos que se importaban tan poco por su hermano, a quien veían todos los días, importarse por su padre, a quien nunca habían visto?—Una de las principales causas de queja contra él era que interfería en sus estudios y ocupaciones favoritas; mientras que él solo buscaba hacerles abandonar el juego con las cosas serias, y buscar la verdad, y no la diversión, entre las muchas maravillas que los rodeaban. No quería que se volvieran hacia otros estudios, ni que eludieran los placeres; sino que, en esos estudios, buscaran las cosas más altas por encima de todo, y las demás en proporción a su verdadero valor y nobleza. Esto no podía dejar de ser desagradable para quienes no se interesaban por lo que estaba por encima de ellos. Y así siguieron las cosas por un tiempo. Ellos creían que podían hacerlo mejor sin su hermano; y su hermano sabía que no podían hacerlo en absoluto sin él, y trataba de cumplir el encargo que se le había confiado.
Por fin, un día, pues la idea pareció asaltarles simultáneamente, deliberaron acerca de ofrecer un gran banquete en sus salones más suntuosos a cualquiera de sus vecinos que quisiera asistir, o en verdad a cualquier habitante de la tierra o del aire que quisiera visitarlos.
Eran demasiado orgullosos para reflexionar que cierta compañía podría mancillar incluso a los moradores de lo que sin duda era el palacio más hermoso sobre la faz de la tierra. Pero lo que empeoraba las cosas era que la vieja tradición dictaba que esas habitaciones debían reservarse exclusivamente para el uso del dueño del castillo. Y, en verdad, cada vez que entraban en ellas, tal era el efecto de su elevación y grandeza en sus mentes, que siempre pensaban en la vieja historia y no podían evitar creer en ella.
Tampoco permitía el hermano que se olvidasen de ella ahora; sino que, apareciendo de repente entre ellos, cuando no esperaban ser interrumpidos por él, los reprendió, tanto por la naturaleza indiscriminada de su invitación como por la intención de introducir a cualquiera —por no hablar de algunos que sin duda harían acto de presencia en la noche en cuestión— en las estancias guardadas como sagradas para el uso del padre desconocido.
Pero para entonces su conversación mutua había exaltado tanto sus expectativas de disfrute, las cuales ya de por sí eran bastante intensas, que la ira brotó en su interior al pensar en verse privados de sus esperanzas, y se miraron a los ojos; y la mirada decía:
«Somos muchos y él es uno; librémonos de él, pues siempre está poniendo pegas y frustrando nuestros placeres más inocentes; ¡como si nosotros quisiéramos hacer algo malo!».
Así que, sin mediar palabra, se abalanzaron sobre él; y aunque él era más fuerte que cualquiera de ellos y luchó con fuerza al principio, al final lo vencieron. De hecho, algunos pensaron que él se rindió a su violencia mucho antes de que lo dominaran; y esta misma sumisión aterrorizó a los de corazón más blando entre ellos.
Sin embargo, lo ataron; lo bajaron por muchas escaleras y, habiendo recordado un gancho de hierro en la pared de cierto calabozo, con una cadena gruesa y mohosa sujeta a él, lo llevaron allí y le aseguraron la cadena alrededor. Lo dejaron allí, cerrando de golpe la gran puerta de bronce que rechinaba, mientras se marchaban hacia las regiones superiores del castillo.
Ahora todo era un tumulto de preparativos.
Todo el mundo hablaba de la próxima festividad; pero nadie hablaba de la hazaña que habían hecho. Una palidez repentina se extendía por el rostro, ahora de uno, y ahora de otro; pero pasaba, y nadie le prestaba atención; simplemente redoblaban con más energía la tarea del momento.
Se enviaron mensajeros a lo lejos, no a individuos o familias, sino publicando en todos los lugares de concurrencia una invitación general para cualquiera que quisiera acudir en un determinado día, y participar durante los días siguientes de la hospitalidad de los moradores del castillo.
Muchos fueron los preparativos que se iniciaron de inmediato para cumplir con la invitación. Pero los más nobles de sus vecinos se negaron a comparecer; no por orgullo, sino debido a lo inadecuado y desconsiderado de semejante método.
- Para algunos de ellos era una antigua condición en la tenencia de sus propiedades el no acudir a la morada de nadie a menos que se les visitara en persona y se les solicitara expresamente.
- Otros, sabiendo qué clase de personas estarían allí y que, debido a cierta antipatía física, apenas podían respirar en su compañía, decidieron de inmediato no ir.
Aun así, multitudes, muchas de ellas hermosas e inocentes además de alegres, decidieron presentarse.
Entre tanto, las grandes habitaciones del castillo se preparaban —es decir, procedían a afearlas con decoraciones—; pues había en ellas, en su estado ordinario, una solemnidad y una grandeza que de inmediato se antojaban inadecuadas para la alegre compañía que muy pronto se movería por ellas con la misma despreocupación con que los hombres caminan al aire libre bajo los grandes cielos, colinas y nubes. Un día, mientras los obreros estaban atareados, la hermana mayor, de la que ya he hablado, entró por casualidad, no sabe por qué. De repente, la gran idea de los poderosos salones alboreó en ella e inundó su alma. Las llamadas decoraciones se desvanecieron ante su vista, y se sintió como si estuviera en la presencia de su padre. Se sintió a la vez enaltecida y humillada. Tan repentinamente como surgió, la idea se desvaneció y huyó, y no vio más que los vistosos festones, cortinajes y pinturas que desfiguraban la grandeza. Lloró y se alejó a toda prisa. Ahora era demasiado tarde para intervenir, y las cosas debían seguir su curso. Habría sido poco más que una profetisa Casandra para aquellos que solo veían el placer por delante. No había estado presente cuando su hermano fue encarcelado; y de hecho, durante unos días, había estado tan ensomismada en sus propios asuntos que apenas había prestado atención a lo que sucedía. Pero todos esperaban que se dejara ver cuando la compañía se hubiera reunido, y le habían pedido consejo en diversas ocasiones durante sus preparativos.
Por fin llegó la hora esperada y la compañía comenzó a reunirse. Era una cálida tarde de verano. El oscuro lago reflejaba las nubes rosadas del oeste, y a través del arrebol avanzaban remando muchas barcas alegremente pintadas, con banderas de varios colores, hacia la maciza roca sobre la que se alzaba el castillo. Los árboles y las flores parecían ya dormidos, exhalando su dulce aliento de ensueño.
Risas y voces bajas ascendían desde el pecho del lago hasta los oídos de los jóvenes y doncellas que se asomaban expectantes desde los ventanales elevados. Bajaron a la amplia plataforma en lo alto de la escalinata frente a la puerta para recibir a sus visitantes.
Poco a poco comenzaron las festividades de la tarde. Las mismas sonrisas brotaban tanto en los ojos como en los labios, centelleando como haces de luz a través de la multitud que se congregaba. La música, procedente de fuentes invisibles, ya rugía en oleadas, ya se deslizaba en ondas por el mar de aire que llenaba las altas estancias. Y en los salones de baile, cuando una mano tomaba otra, y la forma y el movimiento eran moldeados y mecidos por la música interior, esta no gobernaba solo a estos, sino que, como espíritu rector del lugar, cada nuevo estallido de música para un nuevo baile barría ante sí un aroma nuevo y acorde, y teñía las llamas que ardían en las altas lámparas con un matiz nuevo y acorde.
Los suelos cedían bajo los pies de los bailarines que marcaban el compás. Pero dos veces en la noche algunos de los habitantes se estremecieron, y la palidez ocasionalmente común en la casa cubrió sus rostros, pues sintieron bajo ellos un contramovimiento al baile, como si el suelo se elevara ligeramente para responder a sus pies.
Y todo el tiempo su hermano yacía abajo en el calabozo, como Juan el Bautista en el castillo de Herodes, cuando los señores y los capitanes estaban sentados alrededor y la hija de Herodías bailaba ante ellos.
Afuera, en torno a todo el castillo, la oscura noche se cernía desatendida; pues las nubes habían subido por todas partes y se amontonaban sobre las cabezas. En las infrecuentes pausas de la música, habrían podido oír, de vez en cuando, la ráfaga impetuosa de un viento solitario, que iba y venía sin que nadie supiera de dónde ni a dónde, nacido y muriendo de forma inesperada e ignorada.
Pero cuando las festividades se hallaban en su punto álgido, cuando la confianza externa y pasajera que el placer compartido produce entre naturalezas superficiales estaba en su apogeo, un repentino trueno ahogó la música, del mismo modo que el trueno ahoga el estruendo del mar embravecido.
Las ventanas cedieron violentamente, y torrentes de lluvia, arrastrados por los pliegues de un viento impetuoso, se precipitaron en los salones. Las luces fueron barridas; y las grandes estancias, ahora oscuras por dentro, se oscurecieron aún más a causa de los deslumbrantes destellos de fuego provenientes de la bóveda de negrura que se extendía en lo alto.
Aquellos que se aventuraron a mirar por las ventanas vieron, en el azulado brillo de los veloces relámpagos que se sucedían, el lago al pie del peñasco, habitualmente tan quieto y tan oscuro, iluminado, no solo en la superficie, sino hasta la mitad de su profundidad; de modo que, al agitarse en el viento, como un mar torturado de llamas retorcidas, o de serpientes de bronce incandescentes y semiderretidas, no sabían si una fuerte fosforescencia emanaba del cuerpo transparente de las aguas, como si la tierra y el cielo relampaguearan juntos, una fuente unánime de expresión llameante.
Triste era la condición de la masa plástica y tardía de forma viviente que había tomado forma por la voluntad y la ley de la música. Fragmentados en individuos, retirado el espíritu común que los transfundía, se quedaron empapados, fríos y entumecidos, con las ropas adheridas al cuerpo; la luz, el orden, la armonía, el propósito habían desaparecido, y el caos quedaba restablecido; las emanaciones de la vida devueltas a sus fuentes, frías y muertas.
Y en cada corazón reinaba la más falsa de las convicciones desesperadas: que aquello era la única realidad, y que lo otro no había sido más que un sueño.
La hermana mayor se quedó con las manos entrelazadas y la cabeza gacha, temblorosa y sin habla, como si esperara a que algo sucediera. Y no esperó mucho. Un relámpago terrible y un trueno hicieron temblor el castillo; y en el silencio que siguió, su agudo sentido oyó el traqueteo de una cadena a lo lejos, en lo más profundo; y pronto llegó a su oído el sonido de pesadas pisadas, acompañadas del tintineo del hierro. Sintió que su hermano estaba cerca.
Aun en la oscuridad, y en medio del mugido de otro monstruo de nubes de pecho profundo, supo que él había entrado en la habitación. Un momento después, comenzó una pulsación continua de furiosa luz azul que, al durar unos instantes, lo reveló de pie entre ellos, demacrado, ojeroso e inmóvil; el cabello y la barba descuidados, el rostro cadavérico, los ojos grandes y hundidos. La luz parecía concentrarse a su alrededor como en un centro. De hecho, algunos creían que palpitaba y se irradiaba de su propia persona, y no de los cielos tormentosos que tenían encima.
El relámpago había rasgado el muro de su prisión y liberado el eslabón de hierro de su cadena, que se había enrollado al cuerpo como un cinto. En la mano llevaba una barra de grillete de hierro que había encontrado en el suelo de la bóveda.
Más aterrorizados por su aspecto que por toda la violencia de la tormenta, los visitantes, entre gritos y alaridos, se precipitaron hacia la noche tempestuosa.
Poco a poco, la tormenta se fue apagando. Su último relámpago reveló las formas de los hermanos y hermanas yacentes, con los rostros contra el suelo, y aquella aterrador figura que seguía inmóvil en medio de ellos.
Amaneció, y allí yacían, y allí estaba él. Pero a una sola palabra suya, se levantaron y se fueron a sus diversas tareas, aunque con bastante desgana.
La hermana mayor fue la última en levantarse; y cuando lo hizo, solo mediante un esfuerzo terrible pudo llegar a su habitación, donde volvió a caer al suelo. Allí se quedó postrada durante días.
El hermano mandó cerrar las puertas de la gran serie de salones, dejándolos tal como estaban, con todos los adornos infantiles esparcidos por todas partes y la lluvia aún colándose por las ventanas rotas.
«Que yazcan así —dijo él—, hasta que la lluvia y la escarcha los limpien de pintura y cortinajes: ninguna tormenta puede dañar las columnas y los arcos de estas salas».
Las horas de este día transcurrieron pesadamente. La tormenta se había ido, pero la lluvia se había quedado; la pasión se había marchitado, pero las lágrimas se habían quedado atrás.
Mate y oscuras, las bajas y neblinosas nubes se cernían sobre el castillo y el lago, y ocultaban todo el contorno. Incluso si hubieran subido a la torre más alta conocida, la habrían encontrado envuelta en un atuendo de vapor adherente, que no ofrecía ningún alivio a la vista, ni ninguna esperanza al corazón.
Había una alta torre que se alzaba verticalmente a cien pies por encima del resto, y desde la cual se habría podido ver la niebla yaciendo en una masa grisácea abajo; pero esa torre aún no la habían descubierto, ni tampoco otra muy cerca de ella, cuya cima jamás se vio, ni podía verse, pues las nubes más altas del cielo se racimaban continuamente a su alrededor.
Afuera la lluvia caía sin cesar, aunque no con fuerza; y adentro también había nubes de las que caían las lágrimas que son la lluvia del espíritu. Todo lo bueno de la vida parecía por entonces marchitado, y sus almas vivían solo como árboles deshojados que hubieran olvidado la alegría del verano, y a los cuales ningún viento profético de la primavera había visitado todavía. Se movían maquinalmente, y no les quedaban suficientes fuerzas ni para desear la muerte.
Al día siguiente las nubes estaban más altas, y un viento leve soplaba a través de aquellas troneras en las torres que las falsas mejoras de los moradores todavía no habían llenado de vidrio, excluyendo, al igual que la tormenta, las serenas visitas de los cielos. Durante todo el día, el hermano aprovechó diversas oportunidades para dirigir una suave orden, ora a uno ora a otro de su familia. Fue obedecida en silencio. El viento soplaba más fresco a través de las troneras y los ventanales destrozados de las grandes salas, y encontraba su camino, por pasadizos desconocidos, hacia rostros y ojos calientes por el llanto. Los refrescó y los bendijo. Cuando el sol se alzó al día siguiente, lo hizo en un cielo despejado.
Poco a poco, todo cayó en la regularidad de la subordinación. Con la subordinación vino un aumento de la libertad.
Los pasos de los más jóvenes de la familia se oían en las escaleras y en los corredores más ligeros y rápidos que nunca antes. Su hermano había perdido los terrores de aspecto producidos por su encierro, y sus órdenes se daban con más suavidad, y más a menudo con una sonrisa, que en toda su historia previa.
Poco a poco su presencia se hizo sentir universalmente en toda la casa. No era una sorpresa para nadie en sus estudios verle a su lado cuando levantaba la vista, aunque antes no hubiera sabido que estaba en la habitación. Y aunque aún quedaba algo de temor, este se desvanecía rápidamente ante los avances de una firme amistad.
Sin ordenar inmediatamente sus labores, él siempre influía en ellas, y a menudo alteraba su dirección y sus objetivos.
El cambio pronto evidente en el hogar fue notable.
- Una expresión más sencilla y noble era visible en todos los rostros.
- Las voces de los hombres eran más graves, y aun así parecían por su misma gravedad más femeninas que antes; mientras que las voces de las mujeres eran más suaves y dulces, y al mismo tiempo más plenas y decididas.
- Ahora las miradas tenían a menudo una expresión como si su visión estuviera absorta en la contemplación de los ojos interiores; y cuando los ojos de dos se encontraban, cruzábase entre esas miradas la expresión de una convicción de que ambos querían decir lo mismo.
Pero el cambio debía, por supuesto, verse con mayor claridad, aunque no con mayor evidencia, en los individuos.
Uno de los hermanos, por ejemplo, era muy aficionado a la astronomía. Tenía su observatorio en una torre elevada, bastante separada de las demás, hacia el norte y el este.
Pero hasta entonces, su astronomía, como él la había llamado, había tenido más el carácter de la astrología. A menudo, también, se le podía ver dirigiendo un telescopio escrutador del cielo para atrapar el rápido tránsito de una estrella fugaz y ardiente, perteneciente por completo a la atmósfera terrestre, y no a los cielos serenos. Tenía que aprender que los signos del aire no son los signos de los cielos.
Es más, en una ocasión, su hermano lo sorprendió en el acto de examinar a través de su catalejo más largo un sector de brezo en llamas en una colina lejana.
Pero ahora era diligente desde la mañana hasta la noche en el estudio de las leyes de la verdad que concierne a las estrellas; y cuando el telón de la luz solar estaba a punto de levantarse de ante los mundos celestiales que había ocultado durante todo el día, se le podía ver preparando sus instrumentos con ese rostro solemne con el que conviene contemplar las armonías misteriosas de la Naturaleza.
Ahora aprendía lo que son la ley, el orden y la verdad, lo que significan el acuerdo y la armonía; cómo el individuo puede encontrar su propio fin en un fin superior, donde la ley y la libertad significan lo mismo, y la certeza más pura existe sin la más mínima coacción.
Así estaba de pie sobre la tierra y miraba hacia los cielos.
Otro, que se había entregado con afán a registrar los huecos y recovecos en los cimientos del castillo, y a quien a menudo se encontraba con compás y regla trabajando en un plano del mismo que había estado confeccionando, llegó ahora a la conclusión de que solo ascendiendo a las regiones superiores de su morada podría llegar a comprender lo que yacía debajo; y que, con toda probabilidad, una sola vista despejada, desde la cima de la torrecilla más alta a la que pudiera alcanzarse, sobre el castillo tal como se extendía más abajo, revelaría más de la idea de su construcción interna que un año pasado deambulando por sus bóvedas subterráneas.
Pero el hecho era que el deseo de ascender que había despertado en él le había hecho olvidar lo que estaba abajo; y habiendo dejado a un lado su plano, al menos por un tiempo, se le encontraba ahora por todos los rincones de las partes altas, buscando y esforzándose hacia arriba, ya en una dirección, ya en otra, y buscando, a medida que avanzaba, las mejores vistas hacia el aire despejado de las realidades exteriores.
Y comenzaron a descubrir que todos estaban meditando diferentes aspectos de la misma cosa; y juntaron sus diversos descubrimientos, y reconocieron el parecido entre ellos; y a menudo la una cosa explicaba la otra, y al combinarse con ella ayudaba a dar con una tercera.
Se volvieron en consecuencia cada vez más amistosos y afectuosos; de modo que de vez en cuando uno se volvía hacia otro y decía, como con sorpresa: «¡Vaya, tú eres mi hermano!»—«¡Vaya, tú eres mi hermana!». Y sin embargo, siempre lo habían sabido.
El cambio llegó a todos.
Una, que vivía del aire de los dulces sonidos, y a quien casi siempre se la podía encontrar sentada junto a su arpa u otro instrumento, había estado, hasta la última tormenta, generalmente alegre y juguetona, aunque a veces triste.
Pero durante mucho tiempo después de aquello, se la hallaba a menudo llorando y tocando pequeñas melodías sencillas que había oído en su infancia—añoranzas hacia atrás, seguidas de nuevas lágrimas.
No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que un nuevo elemento se manifestara en su música. Se volvió aún más agreste y a veces conservaba toda su tristeza, pero se mezclaba con la anticipación y la esperanza.
El pasado y el futuro se fundían en uno; y mientras el recuerdo aún traía el nubarrón, la expectativa proyectaba el arco iris sobre su seno—y todo era expresado en su música, que ascendía y crecía, ora hacia el desafío, ora hacia la victoria; luego expiraba en un torrente de llanto.
En cuanto a la hermana mayor, pasaron muchos días antes de que se recuperara de la conmoción.
Por fin, un día, su hermano se le acercó, la tomó de la mano, la condujo hasta una ventana abierta, le indicó que se sentara junto a ella y mirara hacia afuera. Ella lo hizo; pero al principio no vio más que un resplandor de luz solar indiferente.
Pero a medida que miraba, el horizonte se fue ensanchando y la cúpula del cielo ascendió, hasta que la grandeza se apoderó de su alma, y cayó de rodillas y lloró. Ahora los cielos parecían inclinarse amorosamente sobre ella, y extender amplios brazos de nubes para abrazarla; la tierra yacía como el seno de un amor infinito bajo ella, y el viento besó su mejilla con un perfume de rosas.
Se puso de pie de un salto y se dio la vuelta, en una agonía de esperanza, esperando contemplar el rostro del padre, pero allí solo estaba su hermano, que contemplaba su emoción con calma pero con amor.
Volvió a mirar hacia la ventana. Sobre las cimas de las colinas descansaba el cielo: el Cielo y la Tierra eran uno; y la profecía despertó en su alma de que entre ambos se acercarían los pasos del padre.
Hasta entonces solo había visto la Belleza; ahora contemplaba la Verdad.
A menudo había mirado nubes como aquellas, y amado las extrañas curvas etéreas a las que los vientos las moldeaban; y había sonreído mientras su hermanita consentida le decía qué animales curiosos veía en ellas, y trataba de señalárselos.
Ahora eran como ejércitos de ángeles, jubilosos por su nuevo nacimiento, pues cantaban, en su alma, sobre la belleza, y la verdad, y el amor.
Miró hacia abajo, y su hermanita se arrodillaba a su lado.
Era una niña curiosa, de ojos negros y brillantes, y cabello oscuro; a merced de cualquier viento errante; una muchacha juguetona y audaz, que reía más de lo que sonreía.
Por lo general acompañaba a su hermana, y siempre le encontraba y traía cosas extrañas. Jamás arrancaba una primula, pero conocía los parajes de toda la familia de las orquídeas, y traía de ellos abejas y mariposas innumerables, como ofrendas para su hermana.
Las polillas curiosas y las luciérnagas eran su mayor delicia; y amaba las estrellas porque se parecian a las luciérnagas.
Pero el cambio la había afectado a ella también; pues su hermana vio que sus ojos habían perdido su brillo y se habían vuelto más líquidos y transparentes. Y a partir de entonces notó a menudo que su alegría era más apacible, su sonrisa más frecuente, su risa menos cristalina; y aunque seguía tan indómita como siempre, había más elegancia en sus movimientos y más música en su voz. Y se aferraba a su hermana con mucho mayor cariño que antes.
La tierra descansaba en el abrazo de los cálidos días de verano. Las nubes del cielo se acurrucaban en torno a las torres del castillo; y los corazones de sus habitantes cobraron consciencia de una cálida atmósfera, de la presencia del amor. Empezaron a sentirse como los hijos de un hogar cuando la madre está en casa. Sus rostros y formas se volvían cada día más y más hermosos, hasta que se maravillaban al mirarse los unos a los otros. Mientras paseaban por los jardines del castillo, o por los campos circundantes, a menudo se veían visitados, especialmente la hermana mayor, por sonidos que nadie más que ellos oían, emanados de los bosques y las aguas; y por formas de amor que resplandecían en las flores, la hierba y las grandes rocas. De vez en cuando, los niños pequeños entraban con paso lento y majestuoso y, con grandes ojos que miraban como si quisieran devorar toda la creación, decían que se habían encontrado con el padre entre los árboles y que los había besado; «Y —añadió uno de ellos en cierta ocasión—, ¡crecí muchísimo!». Pero cuando los demás salían a buscar, no veían a nadie. Y algunos decían que debía de ser el hermano, que se hacía cada vez más hermoso, amoroso y venerable, y que había perdido todo rastro de dureza, de modo que se extrañaban de haber podido considerarlo alguna vez severo y áspero. Pero la hermana mayor guardaba silencio, alzaba la vista y se le llenaban los ojos de lágrimas. «Quién sabe —pensaba—, ¿y si los niños pequeños saben más de esto que nosotros?».
A menudo, al salir el sol, se podía oír su himno de alabanza a su padre invisible, a quien sentían cercano, aunque no lo veían. Algunas palabras del mismo llegaron una vez a mis oídos a través de los pliegues de la música en la que flotaban, como en una tormenta de nieve ascendente de dulces sonidos. Y estas son algunas de las palabras que escuché—pero hubo mucho que me pareció oír y no pude entender, y algunas cosas que entendí pero no puedo volver a expresar.
“Te damos gracias por tener un padre y no un hacedor; por habernos engendrado y no habernos moldeado como imágenes de arcilla; por haber salido de tu corazón y no haber sido formados por tus manos. Así ha de ser. Solo el corazón de un padre es capaz de crear. Nos regocijamos en ello y te bendecimos por saberlo. Te damos gracias por ti mismo. Sé lo que eres: nuestra raíz y nuestra vida, nuestro principio y nuestro fin, nuestro todo en todo. Ven a nuestra casa. Tú vives; por tanto, vivimos nosotros. En tu luz vemos. Tú eres: ese es todo nuestro canto”.
Así adoran, y aman, y esperan.
Su esperanza y su expectativa crecen cada vez más fuertes y luminosas, de que un día, no muy lejano, el Padre se muestre entre ellos y, desde entonces, habite en Su propia casa para siempre.
Lo que en otro tiempo no era más que una vieja leyenda se ha convertido en el único deseo de sus corazones.
Y la esperanza más elevada es la más segura de cumplirse.