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nydus/Short FictionPublic
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VII. Cómo creció Nycteris

Cómo creció Nycteris

La escasa educación que pretendía que Nycteris tuviera, se la dio Watho de viva voz. Sin intención de que tuviera suficiente luz para leer, por no mencionar otras razones, jamás puso un libro en sus manos. Nycteris, sin embargo, veía mucho mejor de lo que Watho imaginaba, de modo que la luz que le proporcionaba era más que suficiente, y se las ingenió para convencer a Falca de que le enseñara las letras, tras lo cual aprendió a leer por sí misma, y Falca de vez en vez le traía algún libro infantil. Pero su principal placer era su instrumento. Sus mismísimos dedos lo amaban, y deambulaban por sus teclas como ovejas paciendo. No era infeliz. No sabía nada del mundo salvo la tumba en la que habitaba, y hallaba cierto agrado en todo lo que hacía. Deseaba, sin embargo, algo más o diferente. No sabía qué era, y lo más cerca que estuvo de expresárselo a sí misma fue —que quería más espacio. Watho y Falca se alejaban de ella más allá del resplandor de la lámpara, y volvían; por lo tanto, tenía que haber más espacio en alguna parte. Tan a menudo como se quedaba sola, se ponía a examinar detenidamente los bajorrelieves de colores en las paredes. Estos pretendían representar varios de los poderes de la naturaleza bajo semejanzas alegóricas, y como nada puede crearse que no pertenezca al plan general, no pudo menos que imaginar un atisbo de parentesco entre algunos de ellos, y así una sombra de la realidad de las cosas se abrió paso hasta ella.

Había una cosa, sin embargo, que la conmovía y le enseñaba más que todo lo demás: a saber, la lámpara que pendía del techo, la cual veía siempre encendida, aunque nunca viera la llama, sino únicamente la leve condensación hacia el centro del globo de alabastro. Y además del efecto de la luz misma en su propia índole, la indefinición del globo y la suavidad de la luz, que le daban la sensación de que sus ojos podían adentrarse una y otra vez en su blancura, se asociaban de algún modo también con la idea de espacio y amplitud. Se quedaba sentada durante una hora entera contemplando fijamente la lámpara, y su corazón se henchía mientras la miraba. Se preguntaba qué la habría herido al descubrir su rostro mojado por las lágrimas, y luego se preguntaba cómo había podido ser herida sin saberlo. Jamás miraba así la lámpara excepto cuando estaba sola.

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