Una enfermera malvada
Watho estaba ella misma enferma, como he dicho, y de peor genio; y, además, es peculiaridad de las brujas que lo que en otras obra en favor de la simpatía, en ellas obra en contra.
Asimismo, a Watho le quedaba un bazo de conciencia pobre, indefenso y rudimentario, justo el suficiente para incomodarla y, por tanto, hacerla más malvada. Así que, cuando oyó que Photogen estaba enfermo, se enfadó. ¡Enfermo, en verdad! ¡después de todo lo que había hecho para saturarlo con la vida del sistema, con el poder solar en persona!
¡Era un miserable fracaso, el muchacho! Y como era su fracaso, estaba irritada con él, comenzó a disgustarle, llegó a odiarlo. Lo miraba como un pintor a un cuadro, o un poeta a un poema, que solo había conseguido arruinar sin remedio.
En los corazones de las brujas, el amor y el odio yacen muy cerca y a menudo se atropellan mutuamente. Y ya fuera porque su fracaso con Photogen frustraba también sus planes respecto a Nycteris, o porque su enfermedad la hacía aún más esposa del diablo, lo cierto es que Watho terminó por hartarse también de la muchacha y le repugnaba verla rondando por el castillo.
Sin embargo, no estaba demasiado enferma para ir a la habitación del pobre Fotogén y atormentarle.
Le dijo que lo odiaba como a una serpiente, y siseó como tal al decirlo, con la nariz y la barbilla muy afiladas, y la frente plana. Fotogén pensó que pretendía matarlo y apenas se atrevía a tomar nada de lo que le traían.
Ordenó que se cerrara el paso a todo rayo de luz en su habitación; pero gracias a esto él se acostumbró un poco a la oscuridad. Cogía una de sus flechas y, ya fuera le hacía cosquillas con el extremo de pluma, ya lo pinchaba con la punta hasta que la sangre brotaba.
Qué pretendía al fin y al cabo no sabría decirlo, pero llevó a Fotogén rápidamente a tomar la determinación de huir del castillo: en qué haría entonces ya pensaría después.
¡Quién sabe si no encontraría a su madre en algún lugar más allá del bosque! Si no fuera por las amplias manchas de oscuridad que dividían un día del otro, ¡no temería nada!
Pero ahora, mientras yacía indefenso en la oscuridad, de vez en cuando surgía amaneciendo a través de ella el rostro de la encantadora criatura que en aquella primera y terrible noche lo había cuidado con tanta dulzura: ¿acaso no volvería a verla nunca más?
Si ella era, como él había deducido, la ninfa del río, ¿por qué no había vuelto a aparecer? ¡Bien podría haberle enseñado a no temer a la noche, pues era evidente que ella misma no le tenía ningún miedo! Pero entonces, cuando llegó el día, pareció asustarse:—¿a qué se debía eso, ya que no había nada que temer entonces?
¡Quizás alguien tan habituado a la oscuridad tuviera un miedo proporcional a la luz! ¡Entonces, su egoísta alegría ante la salida del sol, que lo había cegado respecto a la condición de ella, lo había llevado a portarse con ella, en mala retribución por su bondad, tan cruelmente como Watho se portaba con él!
¡Qué dulce, querida y encantadora era! Si había fieras que solo salían de noche y le temían a la luz, ¿por qué no iba a haber también niñas hechas del mismo modo —que no pudieran soportar la luz, como él no podía soportar la oscuridad?—? ¡Si al menos pudiera encontrarla de nuevo! ¡Ah, qué diferente sería su comportamiento con ella! Pero, ¡ay!, quizás el sol la había matado —la había derretido— la había quemado— la había secado—, ¡eso era, si era la ninfa del río!