El hecho, como salta a la vista, era que la princesa había desaparecido entre los pliegues de la capa de la sabia mujer.
Cuando salió precipitadamente de la habitación, la sabia mujer la atrajo hacia su pecho y le arrojó la prenda negra por encima.
La princesa forcejeó frenéticamente, pues sentía un terror feroz, y gritó tan fuerte como el miedo asfixiante se lo permitía; pero su padre, de pie en el umbral y mirando hacia abajo a la sabia mujer, no vio ni el más mínimo movimiento en la capa, tan fuertemente la sostenía su captora.
Ciertamente, percibió un llanto muy enfadado que le recordó a su hija; pero le pareció tan lejano, que lo tomó por el berrinche de algún niño en la calle, fuera de las puertas del palacio.
Por consiguiente, sin oposición, la sabia mujer llevó a la princesa en brazos escaleras abajo por el mármol, salió por la puerta del palacio, bajó una gran escalinata en el exterior, cruzó un patio empedrado, atravesó las puertas de bronce, recorrió calles medio despiertas donde la gente abría sus tiendas, pasó por las enormes puertas de la ciudad y salió a la amplia carretera, desvaneciéndose hacia el norte; mientras la princesa forcejeaba y gritaba todo el tiempo, y la sabia mujer la sostenía firmemente.
Cuando por fin estuvo demasiado cansada para seguir forcejeando o gritando, la sabia mujer desdobló su capa y la bajó; y la princesa vio la luz y abrió sus párpados hinchados.
No había nada a la vista que hubiera visto antes. La ciudad y el palacio habían desaparecido. Se encontraban sobre un camino ancho que seguía recto, con una zanja a cada lado, la cual, a sus espaldas, se ensanchaba hasta convertirse en el gran foso que rodeaba la ciudad.
Lanzó una mirada aterrorizada al rostro de la sabia mujer, que la miraba desde arriba con seriedad y bondad.
Ahora bien, la princesa no comprendía en lo más mínimo la bondad. Siempre la tomaba como señal de parcialidad o de miedo.
Así que, cuando la sabia mujer la miró con bondad, se abalanzó sobre ella, embistiendo con la cabeza como un carnero; pero los pliegues de la capa se habían cerrado en torno a la sabia mujer y, cuando la princesa chocó contra ella, la sintió tan dura como la capa de una estatua de bronce, y cayó hacia atrás sobre el camino con un gran hematoma en la cabeza.
La mujer sabia la levantó de nuevo y la volvió a colocar bajo la capa, donde se durmió y donde solo volvió a despertar para descubrir que la seguían llevando más y más lejos.
Cuando por fin la sabia mujer se detuvo de nuevo y la bajó, vio a su alrededor una noche clara de luna, en un brezo amplio, solitario y sin casas.
Aquí se sintió más asustada que antes; ni su terror se aplacó cuando, al levantar la vista, vio un rostro austero e inamovible, con ojos fríos que la miraban fijamente.
Como todo lo que sabía del mundo provenía de los cuentos de hadas, dedujo que la sabia mujer era una ogresa que la llevaba a su casa para comérsela.
Ya he dicho que la princesa era, en esta época de su vida, una criatura tan mezquina, que el rigor ejercía sobre ella mayor influencia que la bondad. Entendía el terror mucho mejor que la ternura. Cuando la sabia mujer la miró de ese modo, cayó de hrodillas y le tendió las manos, clamando:
“¡Ay, no me comas! ¡no me comas!”
Ahora bien, siendo esto lo mejor que podía hacer, era señal de que era una criatura ruin. Piénsese en ello: rechazar la bondad a patadas y arrodillarse por terror.
Pero la severidad en el rostro de la sabia mujer provenía del mismo corazón y del mismo sentimiento que la bondad que había brillado en él antes. Lo único que podía salvar a la princesa de su odiosidad era obligarla a obedecer a alguien que no fuera su propio y miserable Alguien.
Sin decir una palabra, la sabia mujer extendió la mano, tomó una de las de Rosamond y, levantándola, la condujo bajo la luz de la luna.
De vez en cuando, un brote de terquedad brotaba en el corazón de la princesa, y ella daba un fuerte y malhumorado tirón, apartando su mano; pero entonces la mujer sabia la miraba con tal expresión, que la princesa volvía inmediatamente a buscar la mano que había rechazado, aterrorizada ante la idea de ser devorada en el acto.
Y así seguían caminando; y cuando el viento soplaba los pliegues de la capa contra la princesa, esta los encontraba tan suaves como el chal de pelo de camello de su madre.
Al poco rato, la sabia mujer comenzó a cantarle, y la princesa no pudo evitar escuchar; pues el blando viento entre los bajos y resecos arbustos del brezal, el crujir de sus propios pasos y el arrastrar de la capa de la sabia mujer eran los únicos sonidos que se oían además.
Y esta es la canción que cantó:—
Allá en el frío, Con un pliegue gastado De oro marchito Enrollado a su alrededor, Cuelga en el aire la cansada luna. Es vieja, vieja, vieja; Y todos sus huesos fríos, Y todos sus cuentos contados, Y todas sus cosas vendidas, Y no le queda aliento para tararear.
¡Como un trapo arrojado, Está totalmente excluida! Podría llamar y gritar, Pero nadie alrededo Le respondería jamás: «¿Quién va?». ¡No hay ni una sola choza, Ni una puerta que cerrar, Ni un sendero o rodera, Camino largo o atajo, Que lleve a ninguna parte!
Está del todo sola Como un hueso roído por perros, ¡La pobre vieja bruja! Bien quisiera gemir, Pero no halla el aliento. Una vez tuvo un fuego; Pero no lo hizo más alto, Y solo se sentó más cerca Hasta que lo vio extinguirse; Y ahora está fría como la muerte.
Jamás volverá a sonreír En todo este tiempo solitario. ¡Ay, milla tras milla, Y ni un solo estilo! ¡Y ni un árbol ni una piedra! No tiene una lágrima: A lo lejos y a lo cerca Todo es tan sombrío, Pero no le importa, Su corazón está más seco que un hueso.
¡Nadie que se le acerque! ¡Nadie que la anime! ¡Nadie que se mofe de ella! ¡Nadie que la escuche! ¡Ni una sola cosa que alzar y sostener! Está siempre despierta, Pero su corazón no se quebrará: Solo puede estremecerse, Tiritar y temblar: La anciana tiene mucho frío.
Tan extraña como la canción era el melodioso y quejumbroso tono que la sabia mujer entonaba. Casi con la primera nota, habríase dicho que quería asustar a la princesa; y así era, en efecto.
Pues cuando la gente se porta mal, hay que asustarla, y no cabe esperar que les guste. La princesa se enfadó, retiró la mano de un jerón y exclamó—
“Eres la vieja fea. ¡Te odio!”
Con eso se detuvo, esperando que la mujer sabia se detuviera también, tal vez para rogarle que continuara: si lo hacía, estaba decidida a no dar un solo paso.
Pero la mujer sabia ni siquiera miró a su alrededor; siguió caminando con paso firme, al mismo ritmo que antes. La pequeña Obstinada creyó con certeza que daría la vuelta, pues se consideraba demasiado valiosa como para que la dejaran atrás.
Pero la mujer sabia siguió y siguió avanzando, hasta que se desvaneció en la penumbra de la luz de la luna. Entonces, de repente, la princesa se dio cuenta de que se había quedado sola con la luna, que la miraba desde lo alto de su soledad.
Sintió un miedo terrible y comenzó a correr tras la mujer sabia, llamándola a voces. Pero la canción que acababa de oír regresó al compás de sus propios pasos al correr:
Solito, muy solito, ¡Cual hueso de perro rascadito!
y otra vez—
Ella podría llamar y gritar, Y nadie alrededor Jamás respondería: «¿Quién va?».
y gritó mientras corría. ¡Cómo deseaba saber el nombre de la anciana, para poder gritárselo a través de la luz de la luna!
Pero la mujer sabia había oído, en verdad, el primer sonido de sus pasos al correr, se había detenido, se había vuelto y estaba esperando. Entre que corría y lloraba, sin embargo, y un par de caídas por el camino, la princesa no la vio hasta que cayó directo en sus brazos, y al mismo instante en un nuevo ataque de furia; pues tan pronto como pasaba una pena, la princesa siempre estaba lista para empezar otra. La mujer sabia, por lo tanto, la empujó y siguió andando, mientras la princesa corría tras ella regañando y enfurecida. Tuvo que correr hasta que, de puro cansancio, cesaron sus groserías. Su corazón desfalleció; prorrumpió en llanto y siguió corriendo, llorando en silencio.
Un minuto más y la mujer sabia se inclinó, y tomándola en brazos, envolvió su capa en torno a ella.
Al instante cayó dormida, y durmió tan suave y profundamente como si hubiera estado en su propia cama.
Durmió hasta que la luna se puso; durmió hasta que el sol salió; durmió hasta que este escaló lo más alto del cielo; durmió hasta que volvió a descender, y la pobre luna vieja salió asomándose y curioseando una vez más: y todo ese tiempo la mujer sabia siguió caminando y caminando muy deprisa.
Y ahora habían llegado a un lugar donde unos cuantos abetos salían a su encuentro a través de la luz de la luna.
Al mismo tiempo la princesa se despertó, y asomando la cabeza por entre los pliegues de la capa de la sabia mujer —con el aspecto de una lechucita muy fea—, vio que estaban entrando en el bosque.
Ahora bien, hay algo terrible en todo bosque, especialmente a la luz de la luna; y tal vez un pinar sea más terrible que otros bosques. Para empezar, deja pasar un poco más de luz, haciendo que la oscuridad sea un poco más visible, por así decirlo; y luego los árboles se extienden hacia arriba, hacia la luna, y parecen como si no les importasen en absoluto las criaturas que tienen debajo, a diferencia de los árboles anchos de hojas suaves y amplias que, aun en la oscuridad, parecen protectores.
De modo que no hay que culpar a la princesa por estar muy asustada. Tampoco se la puede culpar mucho de que, convencida de que la sabia mujer era una ogresa que la llevaba a su castillo para comérsela, empezara de nuevo a dar patadas y a chillar violentamente, tal como aquellos de mis lectores que son de la misma calaña que ella considerarán lo correcto y natural.
Lo malo en ella fue esto: que había llevado una vida tan mala que no sabía reconocer a una buena mujer cuando la veía; la tomó por alguien como ella misma, aun después de haber dormido en sus brazos.
Incontinenti la sabia mujer la bajó, y, andando un poco más, a pocos pasos se desvaneció entre los árboles.
Entonces los gritos de la princesa rasgaron el aire, pero los abetos no le hicieron caso ni por asomo; ni una sola de sus duras y pequeñas agujas se estremeció lo más mínimo por todo el escándalo que armaba.
Pero en el bosque había criaturas que muy pronto se interesaron tanto por sus gritos como indiferentes eran los abetos ante ellos. Empezaron a escuchar, aullar y olisquear, a correr de aquí para allá, a mostrar sus dientes blancos y a encender las lámparas verdes de sus ojos.
En un minuto o dos, todo un ejército de lobos y hienas acudía a toda prisa desde todos los flancos, a través de los troncos rectos como columnas de los abetos, hacia el lugar donde ella estaba llamándolos sin saberlo. El ruido que ella misma hacía, sin embargo, le impidió oír tanto sus aullidos como el suave repiqueteo de sus múltiples patas al galopar mientras saltaban sobre las agujas y piñas caídas de los abetos.
Un enorme lobo viejo se había adelantado al resto —no porque pudiera correr más rápido, sino porque por experiencia podía calcular con más exactitud de dónde venían los gritos—, y mientras se lanzaba a toda velocidad por el bosque, ella distinguió por fin sus ojos brillantes que se acercaban rápida y tenazmente.
El terror la enmudeció. Se quedó con la boca abierta, como si fuera a comerse al lobo, pero no le quedaba aliento para gritar, y su lengua se curvó dentro de su boca como una hoja marchita y helada. No podía hacer otra cosa que mirar fijamente al monstruo que se aproximaba.
Y ahora él estaba dando unos saltos más cortos, calculando la distancia para el único brinco definitivo que debía abalanzarlo sobre ella, cuando la sabia mujer salió de detrás del mismo árbol junto al cual había dejado a la princesa, agarró al lobo por la garganta a mitad de su último salto, lo sacudió una vez y lo arrojó muerto lejos de sí.
Luego se volvió hacia la princesa, quien se arrojó a sus brazos y fue envuelta al instante entre los pliegues de su capa.
Pero ahora el enorme ejército de lobos y hienas se había precipitado como un mar a su alrededor, cuyas olas saltaban con ronco rugido y hueco alarido contra la sabia mujer. Pero ella, como una fuerte y majestuosa embarcación, avanzaba ilesa en medio de ellos.
Siempre que saltaban contra su capa, caían y se escabullían de regreso entre la multitud. Otros los sucedían sin cesar, y uno tras otro caían a su vez y retrocedían confusos.
Durante un tiempo caminó escoltada y asaltada por todos lados por la jauría aulladora. De repente dieron media vuelta y se alejaron raudos, desvaneciéndose en lo más profundo del bosque. Ella no aminoró ni apresuró el paso, sino que siguió caminando como antes.
Al cabo de un rato ella abrió la capa y dejó que la princesa asomara la cabeza. Los abetos habían cesado; y se hallaban en una elevada altura de brezal, pedregosa, estéril y seca, con matas de brezo y unas cuantas plantas pequeñas aquí y allá.
Por doquier, alrededor del páramo, se extendía el bosque, que a la luz de la luna parecía una nube; y por encima del bosque, como la coronilla rapada de un monje, sealzaba el páramo pelado sobre el que caminaban.
Al poco rato, un poco más adelante, la princesa divisó una cabaña encalada, que brillaba a la luz de la luna. A medida que se acercaban, vio que el techo estaba cubierto de paja, sobre la cual el musgo había crecido verde. Era un lugar muy sencillo y humilde, que no tenía nada de terrible a la vista, y sin embargo, tan pronto como lo vio, su miedo volvió a despertar y siempre, en cuanto su miedo despertaba, la confianza de la princesa caía en un sueño profundo.
Por tonta e inútil que a estas alturas ya debiera saber que era, una vez más comenzó a dar patadas y a gritar, por lo que, una vez más, la sabia mujer la dejó en el brezal, a pocos metros de la parte trasera de la cabaña, y diciendo tan solo: «Nadie entra jamás en mi casa sin llamar a la puerta y pedir entrar», desapareció doblando la esquina de la cabaña, dejando a la princesa a solas con la luna: dos rostros blancos en el cono de la noche.