Fotógena
Watho al fin vio cumplido su deseo, pues las brujas suelen conseguir lo que quieren: un niño espléndido nació de la bella Aurora.
Justo cuando salía el sol, abrió los ojos. Watho se lo llevó inmediatamente a una parte alejada del castillo y convenció a la madre de que nunca había llorado más que una vez, muriendo en el momento en que nació.
Abrumada por el dolor, Aurora abandonó el castillo tan pronto como pudo, y Watho nunca volvió a invitarla.
Y ahora el desvelo de la bruja era que el niño no conociera la oscuridad. Con empeño lo educó hasta que al fin nunca dormía durante el día, ni jamás se despertaba durante la noche. Nunca le dejó ver nada negro, y hasta mantuvo todos los colores opacos lejos de su vista. Nunca, si podía evitarlo, dejaría que una sombra cayera sobre él, vigilando las sombras como si hubieran sido seres vivos que habrían de hacerle daño. Todo el día se bañana en el pleno esplendor del sol, en las mismas grandes habitaciones que su madre había ocupado. Watho lo acostumbró al sol, hasta que pudo soportar más de él que cualquier africano de sangre oscura. En lo más caluroso de cada día, lo desnudaba y lo tendía bajo sus rayos, para que madurara como un melocotón; y el muchacho se regocijaba en ello, y se resistía a que lo volvieran a vestir. Puso todo su conocimiento al servicio de hacer sus músculos fuertes y elásticos y de rápida respuesta —para que su alma, decía riendo, pudiera residir en cada fibra, ser toda en cada parte, y estar despierta al instante de la llamada—. Su cabello era de oro rojo, pero sus ojos se fueron oscureciendo a medida que crecía, hasta ser tan negros como los de Vesper. Era la criatura más alegre, siempre riendo, siempre amorosa, enfureciéndose por un instante, para luego reír de nuevo. Watho lo llamó Fotogén.