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nydus/Short FictionPublic
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VIII

Prueba una gota de agua

Tal vez lo mejor para la princesa habría sido enamorarse. Pero cómo una princesa que no tenía gravedad podía caer en algo es una dificultad⁠—tal vez la dificultad. En cuanto a sus propios sentimientos sobre el tema, ni siquiera sabía que existiera semejante colmena de miel y aguijones en la que caer. Pero ahora llego a mencionar otro hecho curioso sobre ella.

El palacio estaba construido a la orilla del lago más hermoso del mundo; y la princesa amaba este lago más que a su padre o a su madre. La raíz de esta preferencia sin duda, aunque la princesa no la reconociera como tal, era que, en el momento en que se metía en él, recuperaba el derecho natural del que había sido tan malvadamente privada⁠—a saber, la gravedad. Si esto se debía al hecho de que se había empleado el agua como medio para causarle el daño, no lo sé. Pero es seguro que sabía nadar y bucear como el pato que su vieja nodriza decía que era. El modo en que se descubrió este alivio a su desgracia fue el siguiente:⁠—

Una tarde de verano, durante el carnaval del país, el rey y la reina la habían llevado por el lago en la barca real. Iban acompañados por muchos cortesanos en una flota de pequeñas barcas. En medio del lago, ella quiso pasarse a la barca del lord canciller, pues su hija, de quien era muy amiga, iba en ella con su padre. Ahora bien, aunque el viejo rey rara vez se dignaba a tomar a broma su propia desgracia, dándose la circunstancia en esta ocasión de estar de muy buen humor, a medida que las barcas se acercaban, alzó en vilo a la princesa para arrojarla a la barca del canciller. Sin embargo, perdió el equilibrio y, al desplomarse al fondo de la barca, perdió su presa sobre la hija; no sin antes transmitirle a ella la tendencia descendiente de su propia persona, aunque en una dirección algo diferente; pues, mientras el rey caía en la barca, ella caía al agua. Con una carcajada deliciosa, desapareció en el lago. Un grito de horror se elevó desde las barcas. Jamás habían visto sumergirse a la princesa. La mitad de los hombres se metieron bajo el agua en un instante; pero todos ellos, uno tras otro, volvieron a la superficie para tomar aliento, cuando —¡tin, tin, murmullo y chorro!— la risa de la princesa cruzó el agua desde lo lejos. Allá estaba, nadando como un cisne. Y no quiso salir ni por el rey ni por la reina, ni por el canciller ni por su hija. Era perfectamente obstinada.

Pero al mismo tiempo parecía más sosegada que de costumbre. Tal vez se debiera a que un gran placer quita las ganas de reír. En cualquier caso, a partir de entonces, la pasión de su vida fue meterse en el agua, y cuanto más se bañaba, mejor se portaba y más hermosa estaba. En verano y en invierno era exactamente igual; solo que no podía estar tanto tiempo en el agua cuando tenían que romper el hielo para dejarla entrar. Cualquier día, desde la mañana hasta la noche en verano, se la podía divisar —una raya blanca en el agua azul—, tendida tan quieta como la sombra de una nube, o surcándola como un delfín; desapareciendo y reapareciendo a lo lejos, justo donde uno menos se lo esperaba. Habría estado en el lago también por la noche, si se hubiera salido con la suya; pues el balcón de su ventana daba a una profunda poza del mismo; y a través de un estrecho paso cubierto de juncos habría podido nadar hacia la inmensa agua húmeda, y nadie se habría enterado de nada. En efecto, cuando se despertaba a la luz de la luna apenas podía resistir la tentación. Pero existía la triste dificultad de meterse en ella. Le temía tanto al aire como algunos niños le temen al agua. Pues la más mínima ráfaga de viento se la llevaría volando; y una ráfaga podía levantarse en el momento más apacible. Y si se impulsaba hacia el agua y por poco no la alcanzaba, su situación sería terriblemente embarazosa, al margen del viento; pues, en el mejor de los casos, tendría que quedarse allí, suspendida con su camisón, hasta que alguien la viera desde la ventana y la pescara con anzuelo.

“¡Oh!, si tuviera mi seriedad —pensó, contemplando el agua—, saldría disparada de este balcón como una larga gaviota blanca, de cabeza hacia la entrañable humedad. ¡Ay de mí!”

Esta era la única consideración que la hacía desear ser como los demás.

Otra razón por la que le gustaba el agua era que solo en ella disfrutaba de cierta libertad. Pues no podía salir a pasear sin un cortejo, compuesto en parte por una tropa de caballería ligera, por miedo a las libertades que el viento pudiera tomarse con ella.

Y el rey se volvió más aprensivo con los años, hasta que al fin no le permitía salir a pasear en absoluto sin unas veinte cuerdas de seda sujetas a otras tantas partes de su vestido, y sostenidas por veinte nobles.

Por supuesto, montar a caballo estaba fuera de todo cálculo. Pero ella se despedía de toda esta ceremonia en cuanto se metía en el agua.

Y tan notables fueron sus efectos en ella, especialmente al devolverle por un tiempo la gravedad humana ordinaria, que Zum-Zum y Copi-Seco acordaron recomendar al rey que la enterrara viva durante tres años; con la esperanza de que, ya que el agua le había hecho tanto bien, la tierra le haría aún más.

Pero el rey tenía algunos prejuicios vulgares en contra del experimento y no quiso dar su consentimiento.

Frustrados en esto, coincidieron sin embargo en otra recomendación; lo cual, considerando que el uno importaba sus opiniones de China y el otro del Tíbet, era en verdad de lo más notable. Argumentaban que, si el agua de origen y aplicación externa podía ser tan eficaz, el agua de una fuente más profunda podría obrar una cura perfecta; en resumen, que si se lograba por algún medio hacer llorar a la pobre y afligida princesa, tal vez recuperaría su gravedad perdida.

Pero ¿cómo se iba a lograr esto? En ello radicaba toda la dificultad, para la cual los filósofos no eran lo suficientemente sabios. Hacer llorar a la princesa era tan imposible como hacerla pesar. Hicieron venir a un mendigo profesional; le ordenaron que preparara su más conmovedor relato de desgracias; lo ayudaron, con lo que quiso de la caja de disfraces de la corte para arreglarse, y le prometieron grandes recompensas en caso de éxito. Pero todo fue en vano. Ella escuchó la historia del artista mendicante y contempló su maravilloso maquillaje, hasta que no pudo contenerse más, y se retorció en las contorsiones más indignas para aliviarse, gritando, chillando positivamente de risa.

Cuando hubo vuelto en sí un poco, mandó a sus sirvientes que lo echaran y no le dieran ni un solo cobre; ante lo cual, su expresión de humillado desconcierto constituyó a la vez el castigo de ella y la venganza de él, pues la sumió en un ataque de histeria violenta del que solo con dificultad logró recuperarse.

Pero tan ansioso estaba el rey de que la sugerencia fuera probada debidamente, que un día se puso furioso y, subiendo a toda prisa a su habitación, le dio una paliza terrible.

Sin embargo, ni una sola lágrima brotaría. Ella se mostraba seria, y su risa sonaba horriblemente parecida a un grito; eso era todo.

El buen viejo tirano, aunque se puso sus mejores gafas de oro para mirar, no pudo descubrir la más mínima nube en el azul sereno de sus ojos.

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