de nuevo a dar patadas y a chillar violentamente, tal como aquellos de mis lectores que son de la misma calaña que ella considerarán lo correcto y natural. Lo malo en ella fue esto: que había llevado una vida tan mala que no sabía reconocer a una buena mujer cuando la veía; la tomó por alguien como ella misma, aun después de haber dormido en sus brazos.
Incontinenti la sabia mujer la bajó, y, andando un poco más, a pocos pasos se desvaneció entre los árboles.
Entonces los gritos de la princesa rasgaron el aire, pero los abetos no le hicieron caso ni por asomo; ni una sola de sus duras y pequeñas agujas se estremeció lo más mínimo por todo el escándalo que armaba.
Pero en el bosque había criaturas que muy pronto se interesaron tanto por sus gritos como indiferentes eran los abetos ante ellos. Empezaron a escuchar, aullar y olisquear, a correr de aquí para allá, a mostrar sus dientes blancos y a encender las lámparas verdes de sus ojos.
En un minuto o dos, todo un ejército de lobos y hienas acudía a toda prisa desde todos los flancos, a través de los troncos rectos como columnas de los abetos, hacia el lugar donde ella estaba llamándolos sin saberlo. El ruido que ella misma hacía, sin embargo, le impidió oír tanto sus aullidos como el suave repiqueteo de sus múltiples patas al galopar mientras saltaban sobre las agujas y piñas caídas de los abetos.
Un enorme lobo viejo se había adelantado al resto —no porque pudiera correr más rápido, sino porque por experiencia podía calcular con más exactitud de dónde venían los gritos—, y mientras se lanzaba a toda velocidad por el bosque, ella distinguió por fin sus ojos brillantes que se acercaban rápida y tenazmente. El terror la enmudeció. Se quedó con la boca abierta, como si fuera a comerse al lobo, pero no le quedaba aliento para gritar, y su lengua se