Saltó de la cama y se apresuró a vestirse. No se veía a ninguna mujer sabia; y se apresuró a entrar en el vestíbulo.
Allí estaba el cuadro, con el palacio de mármol y la proclamación brillando en letras de oro sobre sus puertas de bronce. Se detuvo ante él, y miró y miró; y todo el tiempo fue creciendo en su interior de algún modo extraño, hasta que al fin se convenció plenamente de que no era un cuadro, sino una ciudad real, una plaza y un palacio de mármol, vistos a través de una abertura enmarcada en la pared.
Corrió hacia el marco, lo cruzó, sintió el viento soplar en su mejilla, oyó el sonido de una puerta que se cerraba a sus espaldas, y fue libre.
¿Libre era ella, con esa criatura dentro de su cuerpo?
En ese mismo momento se desató una terrible tormenta de truenos y relámpagos, viento y lluvia. El estruendo era espantoso.
Inés se arrojó al suelo, se ocultó el rostro entre las manos y allí se quedó hasta que todo hubo pasado. En cuanto sintió el sol brillando sobre ella, se levantó.
Allí estaba la ciudad, muy a lo lejos en el horizonte. Sin volverse ni una sola vez para echar una última mirada de despedida al lugar que dejaba atrás, se puso en marcha, tan rápido como se lo permitían sus pies, en dirección a la ciudad. Estaba tan ansiosa que una y otra vez tropezaba, pero solo para levantarse y correr aún más rápido que antes.