Codal
nydus/Short FictionPublic
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IV. La Sabia

lo que ya has tenido que pasar para llegar hasta aquí. Los peligros acechan por todas partes alrededor de esta cabaña mía; pero dentro, es el lugar más seguro —de hecho, el único lugar completamente seguro en todo el país—.

“Pretende comerme —dijo la princesa—, y por eso quiere asustarme para que no huya”.

No volvió a oír la voz.

Entonces, sobresaltada de repente ante la idea de estar sola, miró apresuradamente por encima del hombro. La cabaña estaba en verdad vacía de toda vida visible. También reinaba el silencio: ni siquiera se oía el tictac de un reloj o el parpadeo de una llama.

El fuego ardía quieto y a modo de ascuas; pero era toda la compañía que tenía, y se volvió de nuevo para mirarlo fijamente.

Pronto empezó a cansarse de no tener nada que hacer. Entonces recordó que la anciana, como solía llamarla, le había dicho que mantuviera la casa ordenada.

—¡La maldita pocilga de mala muerte! —dijo—. ¡De qué sirve mantener limpio semejante cuchitril!

Pero a decir verdad se habría alegrado de la tarea, solo que precisamente por habérselo mandado, no quería hacerla; pues hay personas —por improbable que parezca— que se niegan a hacer algo por la única razón de que se les exige.

—Soy una princesa —dijo—, y es muy inadecuado pedirme que haga semejante cosa.

Bien pudo haber juzgado que era tan adecuado para una princesa barrer el polvo como sentarse en el centro de un mundo de mugre. Pero

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