En Nochebuena las campanas de las iglesias tañían a través del aire sombrío de Londres, cuyas calles y cúpulas resplandecían y humeaban abajo. Las más brillantes de sus constelaciones eran las carnicerías, con sus muestras de carne de primera; en torno a ellas, los remolinos de las mareas humanas se mostraban más confusos y enmarañados.
Pero las tiendas de juguetes también eran deslumbrantes. Para Phosy habrían sido las cavernas del tesoro del Niño Jesús —llenas de misterios, todas con un interior por descubrir—, cajas, escritorios, molinos de viento, palomares, gallinas con pollitos, ¿y quién sabe cuánto más? En cada una de aquellas tiendas sus ojos habrían buscado al Niño Jesús, el dador de toda su riqueza. Pues para ella él estaba en todas partes aquella noche —ubicuo como la niebla luminosa que se cernía sobre todo Londres—, de la cual, sin embargo, no veía más que el resplandor sobre los establos.
John Jephson andaba por el medio de todo aquel espectáculo, dejándose llevar por la corriente: no veía nada que encerrase placer alguno, tan apesadumbrado tenía el corazón. No pensó ni una sola vez en el Niño Jesús, ni siquiera en el hombre Cristo, como dador de cosa alguna. El nacimiento es la única promesa-esperanza permanente para la raza, pero para el pobre John esta Navidad no albergaba promesa alguna. Con todo su buen humor, era una de esas personas, por lo general apagadas y lentas —¡Dios me guarde y guarde a los mío tal torpeza y tal modorra!— que, habiendo amado una vez, no pueden cesar.
Durante las dos semanas apenas había tenido un momento de tregua ante el aguijón del trato recibido por parte de su Alice. Los sentimientos del honrado muchacho no eran ningún estudio para sí mismo; no conocía otra cosa que el placer y el dolor de estos; pero, a buen seguro, creo que no era principalmente por él mismo por quien se compadecía. Como a Otelo, «la lástima de ello» lo perseguía: había tomado a Alice por una muchacha honrada, acerca de la cual no había ni podía haber equívoco alguno; y la primera ráfaga ardiente de la prosperidad se la había llevado como a una hoja marchita.
¿Qué importaban todas las tiendas decoradas con acebo y muérdago, qué importaban todos los chorros de gas rugientes y llameantes, qué los cerdos de concurso más cebados para John, quien jamás volvería a imaginarse una costillada en la mesa entre Alice y él un domingo? Su imaginación no paraba de verla pasar en su carruaje, y dedicarle un saludo condescendiente mientras pasaba rauda y ruidosamente a su lado —mientras él caminaba fatigosamente de regreso a casa tras su trabajo hacia su fogón sin amor.
¡Él no quería su dinero! Sinceramente, la habría preferido sin dinero antes que con él, pues ahora lo consideraba un enemigo, al ver los malvados cambios que era capaz de obrar. «¡Algún demonio hay en él, sin duda!», se decía a sí mismo. Es verdad que nunca había encontrado ninguno en su jornal semanal, pero sí recordaba haber hallado una vez al demonio en el salario de un mes cobrado de golpe.
Mientras así cavilaba consigo mismo, un carruaje salió de repente de una calle lateral hacia la multitud, y mientras él lo miraba fijamente, pensando que Alicia podría ir sentada dentro mientras él pateaba el pavimento a solas, ella pasó a su lado por la acera de enfrente a pie; de hecho, lo empujó sin querer: él se volvió y vio a una joven, que llevaba un bolso pequeño, desaparecer entre la multitud.
—Tiene un aire a Alicia —se dijo John a sí mismo, al verle solo la espalda. Pero, desde luego, no podía ser Alicia; ¡pues era en los carruajes donde tenía que buscarla ahora! Y qué tonto era: ¡cada joven le recordaba a la que había perdido! Tal vez si fuera a llamar al día siguiente —Polly era una criatura de buen corazón—, podría saber algo de ella.
Habían sido dos semanas difíciles con la señora Greatorex. Deseaba mucho haber podido hablar con su esposo con mayor libertad, pero no había aprendido a sentirse cómoda con él.
Sin embargo, él había estado más amable y atento que de costumbre durante todo ese tiempo, tanto así que Letty pensó para sus adentros que, si le daba un varón, él sin duda volvería a su devoción primera. Dijo «varón» porque cualquiera podía ver que a él le importaba poco Phosy.
Nunca había descubierto que él estuviera decepcionado de ella, pero, desde que su desprecio por los deseos de él le había traído desgracias, había empezado a sospechar que él tenía algún motivo para estar insatisfecho con ella. Jamás se imaginó su bondad como el esfuerzo de una naturaleza concienzuda por aprovechar al máximo lo que ya no podía remediarse de otro modo.
De su propia pobreza de espíritu y falta de valor, bien lo sabía, no sabía más que de las riquezas del arcángel Miguel. Uno debe haber empezado a acumular sabiduría antes de poder ver su propia necedad.
Aquella tarde estaba sentada sola en el salón, habiéndola dejado su esposo para fumar su puros, cuando el mayordomo entró y le informó que Alice había regresado, pero que se estaba comportando de un modo tan extraño que no sabían qué hacer con ella.
Al preguntar en qué consistía su extrañeza, y enterarse de que era principalmente en silencio y lágrimas, no le desagradó deducir que alguna desilusión le había ocurrido, y sintió una curiosidad considerable por saber qué era.
Por lo tanto, le dijo que la mandara arriba.
Entre tanto Polly, la criada, al ver con toda claridad por su regreso en medio de sus vacaciones, y por su absoluto abatimiento, que las expectativas de Alice se habían frustrado, y guardándole no poco resentimiento debido a sus aires de grandeza ante la primera noticia de su buena suerte, había sido tan poco generosa como para vengarse de un modo tan hiriente en su efecto como amargo en su intención; pues proclamaba a voces que ninguna cantidad de esa suerte que fingía suponer en posesión de Alice la habría inducido a portarse de tal modo que un mozo apuesto y honrado como John Jephson se viera llevado a despreciarla y a reemplazarla por alguien superior.
Cuando llegó el recado de su señora, Alice se alegró muchísimo de encontrar refugio de la cocina en el salón.
En el momento de entrar, cayó de rodillas al pie del diván en que yacía su ama, se cubrió la cara con las manos y sollozó amargamente.
Tampoco fue el cambio más notable en su porte que en su persona. Estaba pálida y ajada, y tenía una mirada de acosada; era, de hecho, una mera sombra de lo que había sido.
Durante un tiempo, su ama encontró imposible tranquilizarla como para arrancarle su historia: las lágrimas y los sollozos se combinaban con la repugnancia para mantenerla en silencio.
—¡Ay, señora! —prorrumpió al fin, retorciéndose las manos—, ¿cómo voy a explicárselo? Jamás me volverá a dirigir la palabra. ¡Quién iba a pensar que me aguardaba una deshonra semejante!
“No fue culpa tuya si te informaron mal —dijo su ama—, ni que tu tío no fuera el hombre rico que imaginabas”.
“¡Oh, señora, ahí no hubo ninguna equivocación! Era más del doble de rico de lo que imaginaba. ¡Si al menos se hubiera muerto en la miseria, y hubiera dejado las cosas como estaban!”
“¿Entonces no se lo dejó a sus sobrinos como le dijeron?—Bueno, no hay deshonra en eso”.
—¡Oh! pero sí lo hizo, señora: eso estaba bien; tampoco hubo equivocación ahí, señora.—¡Y pensar en cómo me porté yo—con usted y el amo, que fueron tan buenos conmigo! ¿Quién volverá a hacerme caso ahora, después de lo que ha salido a la luz—de lo que estoy segura de que ni me imaginaba, como criatura que aún no ha nacido!
Un estallido agonizante de llanto nuevo le siguió, y fue con prolongada dificultad, y mediante incesantes preguntas, que la señora Greatorex logró por fin extraerle los siguientes hechos.
Antes de que Alice y su hermano pudieran recibir la herencia a la que aspiraban, era necesario presentar ciertos documentos, cuya ausencia, al igual que la de cualquier prueba que los sustituyera, condujo a la inevitable divulgación de un hecho conocido hasta entonces por muy pocos vivos: a saber, que el padre y la madre de Alice Hopwood nunca se habrían casado, lo cual los privaba del más mínimo derecho a la herencia y cayó como una piedra de molino sobre Alice y su orgullo.
Desde la cúspide de su mísera arrogancia cayó de bruces, no solo arrojada de nuevo a la humilde condición de la que había levantado la cabeza solo para despreciarla con vil iniquidad, y para adoptar y reafirmar los principios que había aborrecido cuando la afectaban a ella; no solo eso, sino que, al menos según su propio juicio, ya no era el miembro respetable de la sociedad que hasta entonces se había creído con derecho a suponer.
Sintió que la relación de su padre y su madre la ensombrecía con una deshonra insondable, tanto más abrumadora cuanto que la arrojaba de las puertas del Paraíso en el que parecía estar a punto de entrar: midió su caída por la altura de la ambición social que había alimentado y que parecía a punto de alcanzar.
Pero no es ningún mal que el dinero del diablo, que esta herencia había resultado ser para Alice desde el principio, se convierta en una brasa ardiente en la mano. Rara vez un espíritu más altivo que el suyo había precedido a una caída, y rara vez la caída ha sido más repentina o más abyecta. Y la conciencia del comportamiento al que sus falsas riquezas la habían seducido transformó el látigo de su castigo en escorpiones.
Lo peor de todo era que había insultado a su pretendiente considerándolo indigno de su atención, y al momento siguiente se había encontrado a sí misma demasiado vil para la de él. Juzgando a partir de sí misma, en la injusticia de su amarga humillación, se lo imaginaba burlándose con sus compañeros de la criada bastarda que pretendía hacerse pasar por una gran dama. Pero si hubiera sido más digna del honrado John, lo habría comprendido mejor.
Tal como estaban las cosas, ninguna buena fortuna real le habría podido suceder salvo la que ahora le parecía la profundidad de la mala suerte. Sin la humillación para abrirle paso a la humildad, habría tenido que volverse capaz de una bajeza cada vez mayor, hasta perder todo aquello que hace que la vida valga la pena.
Cuando la señora Greatorex le hubo dado el consuelo que tuvo a mano y por fin la despidió, la muchacha, incapaz de soportar su propia compañía, buscó la guardería, donde tomó a Sophy en brazos y la abrazó con fervor. Como nunca en su vida había sido objeto de semejante demostración de afecto, Phosy se quedó muy atónita: cuando Alice la hubo dejado en el suelo y ella hubo reanudado su asiento junto al hogar, se quedó mirándome fijamente un rato, y entonces se produjo una extraña especie de mimetismo.
Era costumbre de Phosy —una menos infrecuente en los niños de lo que la mayoría podría imaginar— hacer cuanto podía para adentrarse en cualquier estado de ánimo cuyos signos fueran lo suficientemente marcados como para que los observara. Procuraba aferrarse al sentimiento que producía la expresión: nada que fuera menor que la reproducción de una condición similar en su propio sensorio imaginativo, sujeto a su pausado examen, habría satisfecho jamás a la pequeña metafísica. Pero lo que en verdad resultaba muy extrañó eran los medios de los que se valía para alcanzar el conocimiento empático que deseaba. Como si hubiera sido la más ferviente estudiosa de la expresión dramática a través de los músculos faciales, se sentaba a observar el rostro del objeto de su interés, todo el tiempo, con plena consciencia, moldeando el suyo propio tanto como le era posible según las líneas y formas del otro: a medida que lo conseguía, la pequeña psicóloga imaginaba sentir en su interior la condición que producía el fenómeno que observaba —como si la forma de su cara proyectara hacia adentro su sombra sobre su mente, revelándole así, a través de los dos rostros, lo que se agitaba y conformaba en la mente del otro.
En el presente caso, habiendo al fin, tras moldear y remoledar su rostro como el de una muñeca de gutapercha durante un rato, compuesto este finalmente en la mejor correspondencia que pudo lograr, se sentó a meditar un momento, con la expresión de Alice como congelada sobre él.
Gradualmente, las formas asumidas se desvanecieron y permitieron que su rostro quieto y solemne se asomara desde detrás de ellas.
En cuanto este desvanecimiento se completó, se levantó y fue hacia Alice, que estaba sentada mirando fijamente el fuego, ajena al escrutinio al que había estado sometida, y, mirándole a la cara, le sacó el pulgar de la boca y dijo:
—¿Está castigando el Señor a Alice? Ojalá castigara a Phosy.
Su rostro era tan tranquilo como el de la Esfinge; no había bruma en lo hondo de sus ojos grises, ni una sola nube en el ancho cielo de su frente.
¿Estaba la criatura enajenada? ¿Qué podía significar la nena, con sus grandes ojos mirándola fijamente? Alice nunca la había comprendido: ¡por cierto que sería extraño que lo menor comprendiera a lo mayor! Aún no era capaz de reconocer la palabra del Señor en boca de los niños y de los lactantes. Pero había algo en el rostro de Phosy además de su calma y su ininteligibilidad. Qué era, Alice jamás habría sabido decirlo, pero le hizo bien. Alzó a la niña y la puso en su regazo. Allí se durmió pronto. Alice la desvistió, la acostó en su cuna y se fue a la cama.
Pero, por más cansada que estuviera, tuvo que levantarse de nuevo antes de conciliar el sueño. Su ama había vuelto a enfermar. Se mandó a buscar al médico y a la enfermera a toda prisa; los hansom cabs iban y venían durante toda la noche, como polillas ruidosas hacia la única casa iluminada de la calle; había pasos suaves adentro y las puertas se abrían y cerraban con delicadeza. Las aguas de Mara habían subido e inundado la casa.
Hacia la madrugada se iban apagando lentamente. Letty no sabía que su marido estaba velando junto a su lecho. La calle estaba tranquila ahora. También la casa. La mayor parte de su gente había estado levantada durante toda la noche, pero ahora todos se habían ido a la cama, excepto la enfermera extraña y el señor Greatorex.
Era la mañana del día de Navidad, y la pequeña Phosy lo sabía en cada rincón de su alma. No era de las que se habían quedado despiertas toda la noche, y ahora estaba despierta, temprano y bien abierta de ojos, y en cuanto despertó se puso a especular: Él venía hoy— ¿cómo vendría? ¿Dónde encontraría al niñito Jesús? ¿Y cuándo vendría? ¿Por la mañana, o por la tarde, o por la noche? ¿Podría caberle la pena de que no apareciera hasta la noche, cuando ella estuviera ya en la cama?
Pero no se dormiría hasta que toda esperanza se hubiera desvanecido. ¿Se reuniría todo el mundo para recibirlo, o se mostraría a uno tras otro, cada cual a solas? ¡Entonces a ella le tocaría el turno al final, y ay, si llegaba a la guardería! ¡Pero tal vez no se le apareciera en absoluto!—pues ¿no era ella acaso una de aquellas a las que el Señor no se dignaba castigar?
La expectación creció y obró en su interior hasta que no pudo seguir en la cama. Alicia estaba profundamente dormida. Debía de ser temprano, pero no podía saber si ya había luz o no debido a las cortinas. De todos modos, se levantaría y se vestiría, y así estaría lista para Jesús cuandoquiera que viniese. Es verdad que no era capaz de vestirse muy bien, pero él lo sabría y no le importaría. Se dio toda la prisa que pudo, sin dejar de poner empeño, y pronto estuvo ataviada a su manera.
Salió a hurtadillas de la habitación y bajó la escalera. La casa estaba muy silenciosa. ¿Y si Jesús viniera y no encontrara a nadie despierto? ¿Se iría otra vez y no les daría ningún regalo? Ella no podía esperar ninguno para sí misma, pero ¿no podría dejarle tomar los de los demás para el resto? Quizás debería despertarlos a todos, pero no se atrevía sin estar segura.
En el último rellano, antes de llegar al primer piso, vio, bajo la débil luz del gas al fondo del pasillo, pasar una figura desconocida al pie de la escalera: ¿tendría algo que ver con el prodigio del día?
La mujer levantó la vista y Phosy desechó la pregunta. Aunque bien podía ser una limpiadora, cuya ayuda hiciera necesaria la llegada esperada.
Cuando llegó al pie de la escalera, la vio desaparecer en la habitación de su madrastra. Eso no le gustó. Era el único aposento al que no podía entrar.
Pero, como la casa estaba tan silenciosa, registraría por todas partes y, si no lo encontraba, se sentaría en el vestíbulo a esperarlo.
La habitación situada junto al pie de la escalera, y enfrente de la de su madrastra, era el cuarto de invitados, con el que asociaba ideas de pompa y grandeza: ¿dónde mejor podría empezar que en la cámara de huéspedes? —¡Ahí!— ¿Podría ser? ¡Sí! —Por la rendija de la puerta apenas cerrada vio luz. O él ya estaba allí o allí lo estaban esperando. A partir de ese momento se sintió como si la hubieran sacado del cuerpo.
Muy por encima de todo temor, miró con modestia y luego entró. Más allá de los pies de la cama, una vela se encontraba sobre una mesita baja, pero no se veía a nadie. Había un taburete cerca de la mesa: se sentaría en él junto a la vela y lo esperaría. Pero antes de alcanzarlo, divisó algo sobre la cama que la atrajo hacia allí. Se quedó embelesada. —¡Podría ser?— Podría ser. Tal vez lo había dejado allí mientras iba a la habitación de su mamá con algo para ella. —¡La muñeca más hermosa jamás imaginada! Se acercó más. La luz era escasa y las sombras abundantes: no podía estar segura de qué era. Pero cuando estuvo muy cerca, dedujo con certeza que era en verdad una muñeca —tal vez destinada a ella—, pero sin duda la más exquisita de las muñecas. Arrastró una silla hasta la cama, se subió, metió sus bracitos suavemente debajo de ella y, atrayéndola con delicadeza hacia sí, se deslizó hacia abajo con ella.
Cuando sintió los pies firmes en el suelo, llena de la solemne compostura de la santa reverencia, llevó el regalo del Niño Jesús a la luz de la vela para admirar mejor su belleza y conocer su preciosidad. Pero la luz apenas hubo recaído sobre él cuando un extraño e indefinible dudoso despertar se apoderó de su interior. ¡Fuera lo que fuese, era la esencia misma de la hermosura: el diminuto querido con su rostro de alabastro y sus manos y dedos delicadamente modelados! Un largo camisón cubría todo lo demás. —¿Era posible?— ¿Podía ser?— ¡Sí, de verdad! Tenía que ser, no podía ser otra cosa que un bebé de verdad. ¡Qué tonta había sido! ¡Por supuesto que era el niño Jesús en persona!, pues ¿no era este su propio día de Navidad en el que siempre nacía? —Si antes había sentido reverencia por su regalo, ¡qué grandeza de amor adorador, qué dignidad divina la poseía al sostener en sus brazos al niño mismo!
Un estremecimiento de dicha la recorrió y, en una agonía de posesión, abrazó al bebé contra su gran corazón; luego se quedó inmóvil al instante con la satisfacción de la eternidad, con la paz de Dios. Se sentó en el taburete, cerca de la mesita, con la espalda hacia la vela para que sus rayos no cayeran sobre los ojos del Jesús durmiente y lo despertaran: allí se sentó, perdida en la majestad misma de la dicha, a la vez madre y esclava del Señor Jesús.
Se quedó sentada un momento, inmóvil como el mármol, esperando que el mármol despertara, atenta como la más tierna mujer para no despertarlo antes de tiempo, aunque su corazón se anegaba con la vehemente súplica de que él le pidiera a su Padre que fuera tan bondadoso como para castigarla.
Y mientras estaba sentada, comenzó, según su costumbre, a moldear su rostro a semejanza del de él, para poder comprender su quietud: la absoluta paz que habitaba en su semblante.
Pero al hacerlo, de nuevo una súbita duda la invadió: ¡Jesús yacía tan sumamente quieto; nunca se movía, jamás abría sus pálidos párpados! Y ahora, puesta a reflexionar, reparó en que no respiraba. Había visto a bebés dormidos, y su aliento iba y venía; sus pequeños pechos subían y bajaban, y a veces sonreían, y a veces gimoteaban y suspiraban. Pero Jesús no hacía nada de todo esto: ¿no era acaso extraño? ¡Y además estaba frío, oh, tan frío!
A blue silk coverlid lay on the bed: she half rose and dragged it off, and contrived to wind it around herself and the baby.
Sad at heart, very sad, but undismayed, she sat and watched him on her lap.