¡Mira la lluvia!
La princesa prorrumpió en un mar de lágrimas y cayó al suelo. Allí se quedó tumbada durante una hora y su llanto no cesó jamás. Todo el llanto reprimido de su vida se desahogaba ahora. Y se desató una lluvia como jamás se había visto en aquel país. El sol brillaba todo el tiempo, y las grandes gotas, que caían derechas a la tierra, brillaban asimismo. El palacio estaba en el corazón de un arcoíris. Era una lluvia de rubíes, zafiros, esmeraldas y topacios. Los torrentes bajaban de las montañas como oro fundido; y de no ser por su desagüe subterráneo, el lago se habría desbordado e inundado el país. Estaba lleno de orilla a orilla.
Pero la princesa no hizo caso del lago. Se quedó tendida en el suelo y lloró. Y aquella lluvia dentro de casa era mucho más maravillosa que la lluvia de fuera. Pues cuando menguó un poco y se dispuso a levantarse, descubrió, para su asombro, que no podía. Al fin, tras muchos esfuerzos, logró ponerse en pie. Pero se cayó de nuevo enseguida. Al oírla caer, su vieja nodriza lanzó un grito de júbilo y corrió hacia ella, chillando:
—¡Mi querida niña! ¡Ya ha encontrado su sensatez!
—¡Ah, con que eso es!, ¿verdad? —dijo la princesa, frotándose alternativamente el hombro y la rodilla—. Me parece de lo más desagradable. Siento como si fuera a hacerme añicos.
—¡Hurra! —gritó el príncipe desde la cama—. Si tú has entrado en razón, princesita, yo también. ¿Qué tal el lago?
—Hasta los topes —respondió la enfermera.
—Entonces todos estamos contentos.
—¡Y tanto que lo somos! —respondió la princesa, sollozando.
Y hubo regocijo en todo el país aquel día lluvioso.
Hasta los bebés olvidaron sus pasados pesares, y bailaron y arrullaron asombrosamente.
Y el rey contó historias, y la reina las escuchó.
Y él repartió el dinero de su caja, y ella la miel de su olla, a todos los niños.
Y hubo una júbilo tal como jamás se había oído antes.
Por supuesto, el príncipe y la princesa se comprometieron al instante. Pero la princesa tuvo que aprender a caminar, antes de que pudieran casarse con la debida decencia. Y esto no era tan fácil a su edad, pues no podía caminar más que un bebé. Siempre se caía y se hacía daño.
—¿Es esta la gravedad de la que solías hacer tanto alarde? —le dijo ella un día al príncipe, mientras él la levantaba del suelo—. Por mi parte, estaba mucho más cómoda sin ella.
—No, no, eso no es. Esto es —replicó el príncipe, mientras la alzaba y la llevaba en brazos como a un bebé, besándola todo el tiempo—. Esto es la gravedad.
—Así está mejor —dijo ella—. Eso ya no me molesta tanto.
Y ella le dedicó al príncipe la más dulce y encantadora de las sonrisas en el rostro. Y le dio un besito en pago por todos los suyos; y él los consideró sobradamente pagados, pues estaba fuera de sí de alegría. Me temo, sin embargo, que se quejó de su gravedad más de una vez después de esto.
Pasó mucho tiempo antes de que se reconciliara con el hecho de caminar. Pero el dolor de aprenderlo se veía sobradamente compensado por dos cosas, cualquiera de las cuales habría sido consuelo suficiente.
- La primera era que el príncipe en persona era su maestro;
- y la segunda, que podía caerse al lago tantas veces como le viniera en gana.
Aun así, prefería que el príncipe saltara con ella; y el chapuzón que armaban antes no era nada comparado con el chapuzón que armaban ahora.
El lago nunca volvió a hundirse. Con el tiempo, desgastó por completo el techo de la caverna y quedó con el doble de profundidad que antes.
La única venganza que la princesa tomó contra su tía fue pisarle con bastante fuerza el dedo gordo del pie, que tenía gotoso, la próxima vez que la vio.
Pero se arrepintió al día siguiente, cuando oyó decir que el agua había socavado la casa de aquella y que se había derrumbado por la noche, sepultándola entre sus ruinas; de donde nadie se atrevió jamás a desenterrar su cuerpo.
Allí yace hasta el día de hoy.
De modo que el príncipe y la princesa vivieron felices; y tuvieron coronas de oro, y ropas de tela, y zapatos de cuero, y hijos varones y niñas, de ninguno de los cuales se supo jamás, en la ocasión más crítica, que perdiera el más mínimo átomo de su debida proporción de gravedad.