¡Cómo! ¿Sin niños?
Érase una vez, hace tanto tiempo que he olvidado por completo la fecha, vivían un rey y una reina que no tenían hijos.
Y el rey se dijo a sí mismo: «Todas las reinas de mi conocimiento tienen hijos, unas tres, otras siete, y otras hasta doce; y mi reina no tiene ninguno. Me siento maltratado».
Así que se propuso estar enfadado con su esposa por ese motivo. Pero ella lo soportó todo como la buena y paciente reina que era. Entonces el rey se enfadó muchísimo de verdad. Pero la reina fingió tomarse todo aquello como una broma, y muy buena además.
—¿Por qué no tiene al menos hijas? —dijo él—. No digo «hijos»; eso podría ser pedir demasiado.
—Estoy segura, querido rey, de que lo siento muchísimo —dijo la reina.
—Pues deberías estarlo —replicó el rey—; supongo que no vas a hacer de eso una virtud.
Pero no era un rey de mal carácter, y en cualquier asunto de menor importancia le habría concedido a la reina su capricho de todo corazón. Este, sin embargo, era un asunto de Estado.
La reina sonrió.
—Debes tener paciencia con una dama, ya sabes, querido rey —dijo ella.
Ella era, en verdad, una reina muy simpática, y sentía de todo corazón no poder complacer al rey en el acto.
El rey intentó tener paciencia, pero le salió muy mal. Fue más de lo que merecía, por lo tanto, cuando al fin la reina le dio una hija: una princesita tan encantadora como la que más haya llorado.