Elsie Scott había dejado caer la labor sobre sus rodillas, y las manos sobre la labor, y miraba por la ancha y baja ventana de su habitación, situada en una de las plantas bajas de la calle del pueblo.
A través de un hueco en el arbustivo doméstico de fucsias y mirtos que llenaba el alféizar, quien pasara por la acera podía vislumbrar fugazmente su rostro pálido, iluminado por dos ojos azules sobre los cuales cierta inquietud interior había extendido una tenue bruma vaporosa.
Pero casi antes de que sus pensamientos tuvieran tiempo de volver a esta inquietud, un grito de voces infantiles, al otro extremo de la calle, llegó a sus oídos. Escuchó un momento. Una sombra de disgusto y dolor cruzó su semblante; y levantándose apresuradamente, se dirigió a una estancia interior y cerró la puerta tras de sí.
Mientras tanto, los sonidos se acercaban; y al poco tiempo pasó por la ventana un viejo cuya extraña apariencia y vestimenta mostraban que tenía escasa capacidad tanto para el bien como para el mal. Sus ropas eran de calidad y estado bastante cómodos, pues eran el obsequio anual de una benévola dama del vecindario; pero, al estar confeccionadas para complacer su gusto, tanto conocido como tradicional, eran algo peculiares en su corte y adorno. Tanto la chaqueta como los pantalones eran de un paño gris oscuro; pero la primera, que en su forma participaba de lo militar, tenía un cuello recto de color amarillo y bocamangas estrechas del mismo tono; mientras que en ambas mangas, aproximadamente en el lugar donde un cabo lleva sus galones, se apreciaba, en el mismo paño amarillo, un diseño algo singular. Era una imitación de una campana, con el clajo colgando fuera de la boca, tan fiel como la habilidad del sastre pudo producir a partir de un solo trozo de tela. El origen del corte militar de su casaca era bien conocido. Su preferencia por él surgía de la época de las guerras del primer Napoleón, cuando la amenazada invasión del país motivó la organización de muchos regimientos de voluntarios. El despliegue marcial y los ejercicios cautivaron la fantasía del pobre hombre; y desde entonces nada halagaba más su vanidad, y por consiguiente conciliaba mejor su benevolencia, que llamarle por su título favorito: el Coronel. Pero el distintivo de su brazo tenía un origen más profundo, que se manifestaría parcialmente en el curso de la historia —si es que puede llamarse historia—. Era, en verdad, el bautismo del tonto, la señal externa y visible de su relación con lo infinito y lo invisible. Su rostro, sin embargo, aunque los rasgos no eran de un tipo inusualmente bajo o animal, no mostraba ninguna señal correspondiente de la consciencia de tal relación, pues era tan vacuo como una fisonomía humana bien podía serlo.
La causa del enojo de Elsie era que el tonto estaba enojado; lo seguía un tropel de muchachos que convertían su condición en burla y lo atacaban con epítetos aborrecibles para él. Aunque era la criatura más inofensiva cuando se la dejaba en paz, se volvía peligrosa al ser provocada; y ahora se agachaba repetidamente para recoger piedras y arrojárselas a sus atormentadores, quienes cuidaban, mientras lo insultaban, de mantenerse a una distancia considerable, no fuera a ser que los atrapara. En medio de los sonidos de burla que lo seguían, se podían oír las palabras repetidas con frecuencia: «Ven a casa, ven a casa». Pero a los pocos minutos el ruido cesó, ya fuera por la intervención de algún vecino amistoso o porque los muchachos se cansaron y se marcharon en busca de otra diversión. Al poco rato, se pudo ver nuevamente a Elsie en su labor junto a la ventana; pero la nube sobre sus ojos era más profunda y todo su rostro estaba más triste.
En verdad, tanto afectó a la mujer la persecución de este pobre hombre, que un espectador se habría visto obligado a buscar la causa en una compasión aún más profunda que la sentida comúnmente por los oprimidos, incluso por las mujeres. Y tal compasión existía, por extraño que parezca, entre la hermosa muchacha (pues muchos la llamaban bonnie lassie) y este «trapo humano». Nada habría estado más lejos de los pensamientos de quienes los conocían que la suposición de cualquier correspondencia o conexión entre ambos; sin embargo, esta compasión brotaba en parte de una verdadera similitud en su historia y condición actual.
Todos los hechos que se conocían sobre el origen de «Feel Jock» eran estos: que setenta años atrás, un hombre que había ido con su carro y su caballo a unas cuantas millas del pueblo, para traer a casa una carga de turba de una ciénaga desolada, había oído, mientras avanzaba con dificultad por un camino tan escabroso en una ladera tan solitaria como cualquier otra de Escocia, el llanto de un niño; y, buscando por los alrededores, había encontrado al infante, apenas envuelto en harapos y desatendido, como si la propia tierra acabara de dar a luz—aquel páramo desierto, amplio y sombrío, quebrado y pantanoso, como único pecho sobre el cual yacer, y el cielo nocturno, frío y despejado, como su única cobertura. El hombre lo había llevado a casa, y la parroquia se había hecho cargo de él como corresponde a la parroquia. Había crecido, y demostrado lo que ahora era—casi un idiota. Mucha gente del pueblo era amable con él, y lo empleaba para que les fuera a buscar agua del río o de los pozos de los alrededores, pagándole por su molestia con comida o whisky, del que era muy aficionado. Rara vez hablaba; y las frases que podía articular eran escasas; sin embargo, el tono, e incluso las palabras de su limitado vocabulario, eran suficientes para expresar gratitud y cierta medida de afecto hacia quienes eran bondadosos con él, y odio hacia quienes lo fastidiaban e insultaban. Llevaba una vida sin rumbo, y aparentemente sin propósito; pareciéndose en esto a la mayoría de sus semejantes más dotados, quienes, con todas las herramientas y materiales necesarios para construir una noble mansión, se conforman, sin embargo, con una choza de barro.
Elsie, por el contrario, había nacido en una cómoda granja, en medio de la sencillez y la abundancia.
Pero a muy temprana edad había perdido a su padre y a su madre; no tan temprano, sin embargo, como para no conservar vagos recuerdos de cálidos y suaves momentos en el regazo de su madre, y de refugio en los brazos maternos contra los ataques de los gansos y la persecución de los cerdos.
Por eso, en tiempos posteriores, cuando ansiaba el cielo, este representaba tanto un retorno a los viejos tiempos celestiales de la infancia y del amor maternal, como la anticipación de algo aún por revelar. En verdad, sin un recuerdo semejante, ¿cómo podríamos concebir jamás un descanso perfecto?
Pero a veces parecía que cuanto más se capacitaba un corazón para amar, menos tenía a qué amar; y la pobre Elsie, al pasar de la tutela de una madre a la de un hermano, sintió un cambio de temperatura espiritual demasiado intenso.
Él no era un mal hombre, ni incapaz de benevolencia cuando le conmovía la vista de la carencia de algo de cuya privación él mismo se habría percatado; pero era de constitución tan basta que solo las necesidades animales más puras le afectaban, y una palabra dura o una frase insensible jamás habrían podido alcanzar lo más vivo de su naturaleza a través de la piel que la envolvía.
Elsie, por el contrario, era excesiva y dolorosamente sensible, como si su naturaleza anunciara constantemente una multitud invisible de antenas medio espirituales y medio nerviosas, que se encogían y temblaban ante cualquier corriente de aire situada por debajo de su propia temperatura.
El efecto de esto en su conducta era tal que la tachaban de rara; y la pobre chica sentía que no era como los demás, aunque no podía evitarlo.
Su hermano, además, se reía de ella sin la menor idea del dolor que le causaba, ni el más remoto sentimiento de curiosidad acerca de cuáles pudieran ser las causas internas y coherentes de su estado exterior anómalo.
La ternura era el consuelo divino que necesitaba; y brillaba por su ausencia en el carácter y la conducta de su hermano.
Sus vecinos la miraban con cierto interés, pero más bien evitaban que buscaban su amistad; sobre todo tras el regreso de ciertos ataques nerviosos a los que había sido propensa en su infancia, y que volvieron a desencadenarse a causa de los acontecimientos que debo relatar.
Es curioso cómo ciertas enfermedades repelen, mediante una especie de temor reverente, las simpatías de los vecinos: como si, por el hecho de padecerlas, la enferma hubiera sido trasladada a otro reino de existencia, desde el cual, al igual que los muertos con los vivos, solo puede comunicarse de forma parcial con quienes la rodean, y con una mezcla de pavor que impregna el trato.
Así, algunos de los pozos más profundos y puros de la vida espiritual quedan, como los de los antiguos castillos, obstruidos por el derrumbe de los muros exteriores.
Pero lo que tal vez contribuyó más que nada a mantener la penosa inquietud de su alma (pues la belleza de su carácter se evidenciaba en el hecho de que la irritación rara vez llegaba a su mente), fue una circunstancia ante la cual, en su conexión actual, algunos de mis lectores sonreirán, y otros sentirán un estremecimiento correspondiente en naturaleza al de Elsie.
Su hermano era muy aficionado a un bulldog bastante pequeño, pero de aspecto feroz, que le seguía de cerca los talones dondequiera que iba, con la cabeza gacha y el andar desgarbado, sin saltar ni correr de un lado a otro como los otros perros. Cuando estaba en la casa, siempre se tumbaba bajo la silla de su amo. Parecía tenerle tirria a Elsie, y ella sentía hacia él una repugnancia inefable. Aunque jamás mencionó su aversión, su hermano la notaba fácilmente por la forma en que ella evitaba al animal; y achacándola por completo al miedo —que de hecho tenía mucho que ver en el asunto—, se la agravaba cruelmente contándole historias sobre la fiera resistencia y la implacabilidad de esta clase de animales. Todavía no se atrevía a aumentar su terror ofreciéndose a azuzarle la criatura, porque dudaba de poder controlarlo; pero el sufrimiento mental que le causaba con esta conducta sin corazón, y ante el cual carecía de toda empatía, era tan severo como muchos sufrimientos corporales a los que se habría guardado muy mucho de someterla. Cada vez que la pobre muchacha pasaba sin querer cerca del perro, lo cual ocurría en pocas ocasiones, un gruñido sordo le hacía notar su proximidad y la obligaba a una rápida retirada. Era, de hecho, la personificación animal de la oposición animal que ella tenía que soportar continuamente. Dios los cría y ellos se juntan; y el bulldog que su hermano llevaba dentro elegía como compañero al bulldog de fuera. De modo que sus días transcurrían entre el miedo encogido y molestias de toda índole.
Pero una naturaleza capaz de tanto sufrimiento debía ser necesariamente capaz de una cantidad correspondiente de placer; y en su caso esto se manifestaba en el hecho de que el sueño y la tranquilidad de su propia habitación la recuperaban maravillosamente.
Si tan solo la dejaban en paz, un estado de ánimo sereno, lleno de imágenes placenteras, no tardaba en apoderarse de su mente.
Su conocimiento con el tonto había comenzado unos diez años antes de la época sobre la que escribo, cuando ella era aún muy pequeña y había venido del campo con su hermano que, habiendo tomado en arrendamiento una pequeña granja cerca del pueblo, prefería residir en este antes que ocupar la casa de labranza, que no era cómoda.
Al principio miró con cierto terror su aspecto grotesco, y con mucha extrañeza su singular indumentaria. Este asombro se vio acrecentado por una conversación que oyó un día en la calle, entre el tonto y un muchachito de cara pálida que, acercándose a él respetuosamente, le dijo: «¡Weel, cornel!».
«¡Weel, laddie!», fue la respuesta.
«¿Fat dis the wow say, cornel?».
«¡Come hame, come hame!», respondió el coronel, cargando tanto el acento como la entonación en la palabra hame.
Qué podía ser el wow, no tenía la menor idea; solo que, a medida que pasaban los años, aquella extraña palabra quedó en su mente indescriptiblemente asociada a la extraña figura de tela amarilla en sus mangas. De haber sido natural del pueblo, no habría dejado de conocer su significado, tan familiar era para todos, aunque no pertenecía al vocabulario local; pero, tal como estaban las cosas, pasaron los años antes de que descubriera su significado.
Y cuando, una y otra vez, el tonto, tratando de expresar su gratitud por alguna bondad que ella le había mostrado, murmuraba entre dientes las palabras: «“El wow de Rivven, el wow de Rivven”», volvía el asombro sobre qué idea podría estar asociada a ellas en su mente, pero no avanzaba nada hacia su explicación.
Aquello, sin embargo, que más la atraía hacia el viejo era su persecución por parte de los niños. Eran para él lo que el bulldog era para ella: la fuente constante de irritación y molestia. Apenas podían hacerle daño, ni parecía temer de ellos otra injuria que el insulto, al cual, por tonto que fuera, era sumamente sensible. ¡Tábanos humanos que eran! A veces lo picaban hasta la saciedad, y él los maldecía en la impotencia de su cólera. Una o dos veces Elsie se habí visto tan arrastrada más allá de su timidez congénita, por la simpatía hacia la angustia de su amigo, que había salido y hablado a los muchachos —incluso los había regañado, de modo que se alejaban avergonzados y empezaban a temerle tanto a ella como a las garras de su presa. Así ella, mansa y tímida hasta el exceso, adquirió entre ellos la reputación de harpía. La opinión popular entre los niños, como entre los hombres, es a menudo justa, pero con tanta frecuencia muy injusta; pues las mismas manifestaciones pueden proceder de principios opuestos y, por lo tanto, como índices del carácter, pueden engañar tanto como iluminar.
Al lado de la casa en la que residía Elsie, vivían un comerciante y su mujer, quienes tenían una tienda de índole indefinida en la que exponían para la venta mercancías de diversa variedad. Su hijo menor tenía más o menos la misma edad que Elsie; y mientras eran algo más que niños y menos que jóvenes, él pasaba muchas de sus tardes con ella, en cierto detrimento de su posición en las clases de la escuela parroquial. Estaban, en verdad, muy apegados el uno al otro; y, dada la peculiar constitución de Elsie, uno puede imaginar qué clase de mensajero celestial debió de ser para ella un compañero más fuerte que ella misma. De hecho, si hubiera podido formular la indefinible necesidad de su naturaleza infantil en una oración articulada, esta habría sido: «Dame a alguien que me ame que sea más fuerte que yo». Cualquier amor era útil, sí, en su medida, una salvación para su pobre y atribulada alma; pero la esperanza, a medida que crecían juntos, de que aquel joven vigoroso y a la vez tierno realmente la amara y algún día la hiciera su esposa, fue como la apertura de unos ojos celestiales de vida y amor en el rostro hasta entonces inexpresivo y cadavérico de su existencia. Pero no se había dicho nada sobre el amor, aunque se encontraban y se despedían como amantes.
Sin duda, si los círculos de su pensamiento y de su sentimiento hubieran continuado intersectándose como hasta entonces, no habría habido interrupción en su afecto; pero llegó al fin el tiempo en que los ancianos, viendo al resto de su familia cómodamente instalada en la vida, decidieron hacer un caballero del menor; y así lo enviaron de la escuela a la universidad.
Las facilidades que existían en Escocia para proporcionar una formación profesional les permitieron educarlo como cirujano. Se despidió de Elsie con cierto pesar; pero, mucho menos dependiente de ella de lo que ella lo era de él, y lleno de perspectivas de futuro, no sintió ese hundimiento en el corazón que parecía dejar toda su naturaleza abierta a una nueva incursión de todos los terrores y dolores de su peculiar existencia.
No hubo correspondencia alguna entre ellos. Nuevas ocupaciones y relaciones, y el desarrollo de sus gustos y criterios, alteraron por completo la posición de la pobre Elsie en su memoria. Como había sido, durante su convivencia, mucho menos hombre de lo que ella era mujer, no tenía una idea clara del lugar que había ocupado en el afecto de ella; y, en su mente, ella se desvaneció hacia el segundo plano del pasado, sin que él tuviera la menor idea de que ella sufriría por ello o de que estaba siendo injusto con ella; mientras que, en sus pensamientos, la imagen de él se alzaba en el relieve más alto y nítido.
Era el punto central desde el cual y hacia el cual todas las líneas irradiaban y convergían; y aunque no podía dejar de albergar dudas sobre el futuro, había también mucha esperanza mezclada con sus dudas.
Pero cuando, al cabo de dos años, visitó su aldea natal, y ella vio ante sí, en lugar del sencillo joven que la había dejado aquella tarde de invierno, a alguien que, a sus inexpertos ojos, parecía un perfecto caballero, el corazón se le encogió en el pecho, como si hubiera descubierto que la propia Naturaleza era falsa en sus procesos de maduración, destruyendo la hermosa promesa de un año anterior al cambiar en vez de desarrollar sus creaciones.
Él le habló con amabilidad, pero sin cordialidad. Para sus oídos, la voz parecía venir de una gran distancia fuera del pasado; y mientras lo contemplaba, se produjo en su visión aquel cambio óptico que todos han experimentado tras mirar abstraídos un objeto durante un tiempo: su figura se hizo muy pequeña y se alejo a una distancia immeasurable; hasta que, su imaginación mezclándose con la bruma crepuscular de sus sentidos, le pareció verlo de pie muy lejos en una colina, con el brillante horizonte del atardecer como fondo de su figura nítidamente definida.
No volvió a saber de nada hasta que se encontró en la cama, en la oscuridad; y el primer mensaje que le llegó del mundo exterior fue el gruñido infernal del bulldog desde la habitación de abajo.
Al día siguiente vio a su amante paseando con dos señoras, para quienes hablarle a ella habría supuesto cierto grado de condescendencia; y él pasó de largo frente a la casa sin mirarla ni una sola vez.
Quien esté lo bastante poseído por el demonio del nerviosismo como para alegrarse de las influencias magnéticas de la compañía de un amigo en un paseo público, o de un caballo bajo su montura al pasar por un cementerio, se hará una ligera idea de cuán totalmente expuesta y indefensa se sentía ahora la pobre Elsie en la concurrida vía pública de la vida.
Y así, el sopor que se habíapoderado de ella no fue el desmayo ordinario con el que la naturaleza alivia los nervios sobrecargados, sino el regreso de los ataques epilépticos de su primera infancia; y si la condición de la muchacha había sido lastimosa antes, ahora lo era diez veces más.
Sin embargo, no se quejó, sino que lo soportó todo en silencio, aunque era evidente que su salud se estaba resquebrajando. Pero entonces le llegó ayuda de un extraño sector; aunque muchos quizás no estarían dispuestos a concederle el nombre de ayuda a aquello que más bien aceleró que retrasó el curso de su declive.
Se había ido a pasar unos cuantos días de verano con un pariente en el campo, a unas millas de su hogar, si es que se le podía llamar hogar.
Una tarde, hacia la puesta del sol, salió a dar un paseo solitario. Pasando por la puertecita del jardín, avanzó un trecho por un camino rural desértico y luego, desviándose por un sendero a través de un matorral de árboles bajos, salió a un cementerio solitario en la ladera de una colina.
Apenas sabiendo si había tenido o no la intención de ir allí, se sentó en un túmulo cubierto de hierba alta, uno de tantos. Ante ella se alzaban las ruinas de una vieja iglesia que tardaba siglos en desmoronarse. Poco quedaba salvo el muro del gablete, inmensamente grueso y cubierto de hiedra milenaria.
Los rayos del sol poniente caían sobre un túmulo a su pie, no verde como los demás, sino de un intenso color rojo pardo bajo el crepúsculo rosado, y que evidentemente acababa de ser amontonado. Sus ojos también se posaron en él. Lentamente, el sol se hundió bajo el horizonte cercano.
Al desaparecer el último punto brillante, la hiedra se oscureció, y se levantó un viento que sacudió todas sus hojas, haciéndolas parecer frías y turbadas; y a los oídos de Elsie llegó un sonido bajo y débil, como el de una campana lejana. Pero muy cerca de ella —y se sobresaltó y estremeció al oírlo— se alzó una voz profunda, monótona, casi sepulcral: « ¡Ven hame, ven hame! The wow, the wow! »
De inmediato lo comprendió todo.
Estaba sentada en el cementerio de la antigua parroquia de Ruthven; y cuando levantó los ojos, allí vio, en el campanario medio derruido, la vieja campana, casi oculta por la hiedra, que el viento pasajero había incitado a emitir una sola nota soñolienta; y allí, a su lado, estaba el tonto con la campana en el brazo; y para él y para ella, el «tonto de Rivven» dijo: «¡Ven a casa, ven a casa!».
¡Ah, qué otra cosa deseaba en todo el universo de Dios sino un hogar! Y aunque la tierra bajo sus pies era dura, y el cielo sobre su cabeza lejano e imenso, y la ladera solitaria y desprovista de compañía, sin embargo, en algún lugar dentro de lo visible y más allá de la superficie exterior de la creación, podría haber un hogar para ella; como alrededor de la casa invernal las nieves se acumulan frías, blancas y lúgubres durante toda la primera mitad de la noche, mientras dentro, más allá de las contraventanas cerradas, y sin dejar escapar ningún destello a través del grueso muro de piedra, las hogueras arden alegremente, y se oyen las voces y las risas de niños pequeños que no se han congelado, y nada pertenece al invierno salvo las canas en las cabezas de los padres, dentro cuyos cálidos corazones se escuchan voces infantiles, y pensamientos infantiles van y vienen.
El núcleo del propio invierno es la primavera, o un verano dormido.
No era de extrañar que el tonto, arrojado de la tierra en un paraje mucho más desolado que este, buscase regresar a su seno en este lugar de puertas abiertas, y lo llamara «hogar». Pues a buen seguro que la superficie de la tierra no tenía hogar para él. El túmulo al pie del gablete contenía el cuerpo de alguien que le había mostrado bondad. Había seguido el entierro aquella tarde desde el pueblo y se había quedado atrás con la campana.
En verdad era su costumbre, aunque Elsie no lo supiera, seguir cada funeral que iba a este, su cementerio favorito de Ruthven; y, posiblemente en imitación de su resonancia, pues aún se tocaba a muerto en los funerales, le había dado a la vieja campana el nombre de «el zumbido», y había traducido su monótono tañido en los sonidos articulados: come hame, come hame [ven a casa, ven a casa].
Qué significado preciso atribuía a las palabras, es imposible decirlo; pero era evidente que el lugar poseía una extraña atracción para él, arrastrándolo hacia sí con los hilos de algún magnetismo espiritual. Es posible que en la mente del idiota hubiera algún sentimiento sobre este cementerio y esta campana que, en la mente de otro, se habría convertido en un gran pensamiento poético; un sentimiento como si la fantasmal vieja campana pendiera de la puerta de la iglesia del mundo invisible, y de vez en cuando lanzara notas alegres (aunque sonaban tristes en los oídos de los vivos), llamando a los hijos de lo invisible a «venir a casa, venir a casa».
Permaneció sentada un rato en silencio; pues la campana no volvió a sonar, y el tonto no habló más; hasta que los rocíos comenzaron a caer, momento en el que se levantó y se fue a casa, seguida por su compañero, quien pasó la noche en el pajar.
Desde aquella hora, Elsie contó con una imagen visual del descanso que buscaba; una imagen que, mezclándose con pensamientos más profundos y santos, se convirtió, como el arco iris en las nubes, en la promesa y el signo terrenales del cumplimiento de las esperanzas celestiales. A menudo, cuando la niebla invernal de la fría incomodidad y la falta de hogar llenaba su alma, de repente la imagen del pequeño cementerio —con el viejo gablete y el campanario, y la luz del sol inclinándose hasta las mismas raíces de la hierba alta en las tumbas— surgía en la cámara oscura (camera obscura) de su alma; y de nuevo escuchaba el débil sonido eólico de la campana y la voz del tonto profeta que interpretaba el oráculo; y el cansancio interior se veía calmado por la promesa de un largo sueño.
¡Quién puede decir cuántos han sido considerados tontos simplemente por haber sido profetas; o cuánta de la locura en el mundo puede ser la expresión de pensamientos verdaderos y justos, pero pertenecientes a una región diferente a la nuestra en su naturaleza y paisaje!
Pero a Elsie, que miraba desde su ventana, le llegaron los tonos burlones de los muchachos ociosos que habían elegido como vehículo de su desprecio las mismas palabras que mostraban la relación del tonto con lo eterno, y revelaban en él un elemento mucho más elevado que cualquiera desarrollado aún en ellos.
Convirtieron su gloria en vergüenza, como los enemigos de David cuando se burlaban del aspirante a rey. Y lo mejor de un hombre es a menudo aquello que es más condenado por quienes no han alcanzado su bondad.
Las palabras, sin embargo, aun repetidas por los muchachos, no solo habían despertado indignación ante la persecución del viejo: también la habían consolado con el pensamiento del refugio que aguardaba tanto a él como a ella.
Pero esa misma tarde le aguardaba una prueba peor. De nuevo estaba sentada junto a la ventana, abrumada por la conciencia de que su hermano había entrado. Él había subido, y su perro se había quedado en la puerta, intercambiando hoscos saludos con otros de su misma especie, cuando el tonto pasó paseando y, no sé por qué causa, el perro se le abalanzó.
Elsie oyó su grito y levantó la vista. Su miedo a la bestia se desvaneció en un momento ante su compasión por su amigo. Salió disparada de la casa y corrió hacia el perro para apartarlo del indefenso idiota, llamándolo por su nombre con un tono de ira y desagrado.
Él dejó al tonto y, saltando sobre Elsie, la agarró por el brazo por encima del codo con tal presa que, en medio de su agonía, le pareció oír crujir el hueso. Pero no exhaló ningún grito, pues los más aprensivos son a veces los más valientes.
Justo entonces, sin embargo, su antiguo pretendiente venía por la calle y, al ver de reojo lo que había sucedido, se plantó allí en un instante, cogió al perro por el cuello con una presa no inferior a la suya y, habiéndole obligado así a soltarla, lo estrelló contra el suelo con una fuerza que casi lo aturde y, a continuación, con una patada adicional lo hizo huir cojeando y aullando; momento en el cual el tonto, atacándolo furiosamente con un bastón, sin duda lo habría rematado, de no ser porque su amo divisó su apuro y acudió en su rescate.
Mientras tanto, el joven cirujano había llevado a Elsie a la casa; pues, tan pronto como fue rescatada del perro, se habíra desvanecido en uno de sus ataques, los cuales se volvíant cada vez más frecuentes por sí mismos, y poco necesitaban de una conmoción tal como esta para aumentar su violencia. Le estaba curando el brazo cuando ella comenzó a recobrarse; y cuando abrió los ojos, en un estado de semiconsciencia, su primer objeto contemplado fue el rostro de él inclinado sobre ella. Sin recordar nada de lo ocurrido, le pareció, en la condición soñadora en que el ataque la había dejado, el mismo rostro, inalterado, que una vez había brillado en su tardía primavera y prometido madurarla hasta el verano. Olvidó que se había marchado y la había dejado en el frío invernal. Y así pronunció palabras frenéticas de amor y confianza; y el joven, aunque atormentado por el remordimiento ante su propia negligencia, se sintió asombrado al percibir las formas poéticas de belleza en las que el alma de la doncella sin educación estallaba en flor. Pero a medida que sus sentidos se recuperaban, el rostro fue cambiando gradualmente para ella, como si la lenta alteración de dos años se hubiera comprimido fantasmagóricamente en unos pocos momentos; y el fulgor se apartó de los pensamientos y palabras de la doncella, y su alma se halló en la estrecha ventana del presente, desde la cual solo podía contemplar un país sombrío.—De la calle llegaba el grito yámbico del tonto: «Come hame, come hame».
Tycho Brahe, según creo, tenía un bufón que con frecuencia se sentaba a sus pies en su estudio, y a cuyos murmullos solía prestar atención en las pausas de sus propios pensamientos. El alma brillante del astrónomo extraía el arco iris de la armonía de la neblina de palabras que ascendía sin cesar desde el abismo oscuro en el que los pensamientos del idiota caían continuamente. Observaba en ellas curiosas concurrencias de palabras, y podía extraerles extraños significados; a veces incluso recibía sugerencias maravillosas para la dirección de la investigación celestial a partir de lo que, para cualquier otro, y tal vez para el propio bufón, no era más que un balbuceo incesante y sin rumbo. Tal poder reside en las palabras. No es de extrañar, por tanto, que los sonidos que he mencionado cayeran en los oídos de Elsie, en un momento así, como un mensaje de Dios mismo. Esto entonces —toda esta desolación— no era más que un espectáculo pasajero como el resto, y en algún lugar existía para ella una realidad: un hogar. Las lágrimas brotaron de su corazón oprimido. Recibió el mensaje y se dispuso a ir a casa. A partir de entonces sus fuerzas decayeron gradualmente, pero su ánimo se elevó con la misma constancia.
La fuerza del necio también empezó a decaer, pues era anciano. Llevaba todas las señales de la vejez, hasta las canas, que no presagiaban sabiduría alguna. Pero no se puede saber qué sabiduría pudiera haber en él, o hasta qué punto había librado su propia batalla y había salido victorioso. Si albergaba en su cerebro alguna noción de la continuidad de la vida y del pensamiento, es imposible decirlo; pero parecía tener la idea de que este no era su hogar; y quienes lo vieron acercarse gradualmente a su fin bien podían anticipar para él una vida superior en el mundo venidero. Había pasado por este mundo sin despertar jamás a esa conciencia del ser que es común a la humanidad. Había pasado sus años como un sueño fatigoso a lo largo de una larga noche —un sueño extrañísimo, lúgubre, despiadado—; y ahora se acercaba la mañana. A menudo, en su sueño, había escuchado con sentidos adormecidos el tañido de la campana, pero esa campana acabaría por despertarlo al fin. Era como una semilla sepultada demasiado hondo en la tierra, adonde la luz nunca ha penetrado y que, por lo tanto, nunca se ha abierto paso hacia el aire libre, ni ha experimentado jamás la resurrección de los muertos. Pero las semillas crecen siglos después de haber caído a la tierra; y, de hecho, en muchas especies, y dentro de ciertos límites, cuanto más vieja es la semilla antes de germinar, más abundante es el fruto. ¿Y no se puede creer de muchos seres humanos que, habiéndolos sembrado el Gran Labrador como semillas en la tierra de los asuntos humanos, yacen allí sepultados toda una vida; y solo tras el cavar de la tierra por la muerte alcanzan una posición en la que el despertar de su aspiración y el consiguiente crecimiento se hacen posibles? Ciertamente, Él no ha creado nada en vano.
Un violento resfriado y una tos lo llevaron por fin cerca de su fin, y al saber que estaba enfermo, Elsie se atrevió un día luminoso de primavera a ir a verlo.
Cuando entró en la miserable habitación donde yacía, él le tendió la mano con algo parecido a una sonrisa, y murmuró débil y penosamente: «Me voy al campanario, para no volver jamás».
Elsie no pudo contener las lágrimas; mientras el anciano, mirándola fijamente, aunque con ojos sin sentido, murmuró por última vez: «¡Ven a casa! ¡Ven a casa!» y cayó en un letargo del que nada pudo despertarlo, hasta que, a la mañana siguiente, fue despertado por la amable muerte del largo sueño de la noche de este mundo.
Lo llevaron a su cementerio favorito y lo enterraron en el solar de la antigua iglesia, bajo su amada campana, que siempre había sido para él como el canto del cuco de una primavera venidera. Así obedeció por fin a su llamada y se fue a casa.
Elsie se demoró hasta que los primeros días del verano se extendieron cálidos sobre la tierra. Varios corazones compasivos del pueblo, al enterarse de su enfermedad, la visitaron y la atendieron. Maravillados ante su dulzura y paciencia, lamentaron no haberla conocido antes.
¡Cuánta consolación no les habría brindado su bondad, y cuánto no la habría fortalecido su simpatía en su doloroso camino! Pero no habrían podido retrasar por mucho tiempo su partida a casa. Tampoco, tal como era su constitución mental, esto habría sido en absoluto deseable.
En verdad, fue principalmente la expectativa de su partida lo que calmó y serenó su naturaleza temblorosa. Es cierto que una profunda fuente de esperanza y fe seguía cantando en su corazón, pero esto solo, sin la anticipación de una pronta liberación, solo habría mantenido su mente en paz. No habría podido alcanzar, al menos durante mucho tiempo, la tierra fronteriza entre el cuerpo y la mente en la que residía su enfermedad.
Una noche quieta de verano, la enfermera que velaba junto a su lecho la oyó murmurar entre sueños: «Lo oigo: ven hame—ven hame. Ya voy, ya voy—me voy hame al wow, para no volver».
Se despertó al oír sus propias palabras y rogó a la enfermera que le transmitiese a su hermano su último deseo: que la enterraran al lado del tonto, dentro de la antigua iglesia de Ruthven.
Luego se volvió hacia la pared, y por la mañana la hallaron quieta y fría. Debió de haber muerto a los pocos minutos de sus últimas palabras.
Fue enterrada según su petición; y así ella también se fue a casa.
Lado a lado descansan el viejo necio y la joven doncella; pues la campana los llamó, y obedecieron; y sin duda hallaron el fuego ardiendo con fuerza, y oyeron voces amigables, y sintieron labios dulces en los suyos, en el hogar al que se dirigían. Sin duda tanto el intelecto como el amor los esperaban allí.
Aún cuelga la vieja campana del viejo hastial; y siempre que llevan a otro al viejo cementerio, sigue llamando a los que se quedan atrás, con la misma voz triste, pero cordial e inmutable: «¡Come hame! ¡come hame! ¡come hame!»
“Tu sol no se pondrá jamás, ni menguará tu luna; porque Jehová te será por luz perpetua, y los días de tu luto serán acabados.”