Codal
nydus/Short FictionPublic
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III

Ella no sabía que ni una sola criatura malvada se atrevía a poner un pie en aquel brezal, o que, si alguna llegaba a hacerlo, se marchitaría al instante y dejaría de existir. Si un ejército de ellas se hubiera lanzado a invadirlo, se habría desvanecido en su linde, extinguiéndose como una ola moribunda.⁠—Incluso llegó a imaginarse que la luna iba bajando poco a poco por el cielo para llevársela y congelarla hasta matarla en sus brazos.

La sabia, además, estaba segura de que, aunque su cabaña parecía dormida, la estaba observando desde alguna pequeña ventana.

En esto, sin embargo, habría estado muy en lo cierto, de haber imaginado lo suficiente, a saber: que la sabia la estaba vigilando desde la pequeña ventana.

Pero, después de todo, de algún modo, el pensamiento de la sabia era menos espantoso que el de cualquiera de sus otros terrores, y al fin comenzó a preguntarse si no resultaría ser, al fin y al cabo, no una ogresa, sino tan solo una persona grosera, maleducada, tiránica, pero que en el fondo no obraba de todo con mala intención.

Apenas había surgido la posibilidad en su mente, cuando ya estaba de pie: si la mujer era algo menos que una ogresa, su cottage tenía que ser mejor que aquella horrible soledad, sin nada en todo el mundo más que una mirada fija; y hasta una ogresa tenía al menos la forma y el aspecto de un ser humano.

Corrió alrededor del extremo de la casita para buscar la fachada. Pero, para su sorpresa, solo llegó a otra parte trasera, pues no se veía ninguna puerta. Probó en el otro extremo, pero seguía sin haber puerta. Debía de haber pasado de largo al correr, pero no, ni en el pñón ni en el lateral se encontraba ninguna.

¡Una cabaña sin puerta! Corrió hacia ella enfurecida y la pateó con fuerza. Pero la pared era dura como el hierro y se lastimó

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