El jardín
Aunque Nycteris procuraba no estar fuera mucho tiempo seguidas y tomaba todas las precauciones, difícilmente habría evitado ser descubierta durante tanto tiempo de no ser porque los extraños ataques a los que Watho era propensa habían sido más frecuentes últimamente y al final se habían convertido en una enfermedad que la obligaba a guardar cama. Pero ya fuera por un exceso de cautela o por sospecha, Falca, al tener que pasar ahora mucho tiempo con su ama tanto de día como de noche, se le metió por fin en la cabeza cerrar con cerrojo la puerta tan a menudo como salía por su lugar habitual de salida; de modo que una noche, cuando Nycteris empujó, descubrió, para su sorpresa y consternación, que el muro la empujaba a su vez y no la dejaba pasar; y por más que buscó, no pudo descubrir en qué residía la causa del cambio. Entonces sintió por primera vez la presión de los muros de su prisión y, dándose la vuelta, medio desesperada, fue tanteando el camino hasta el cuadro donde una vez había visto desaparecer a Falca. Allí no tardó en encontrar el punto sobre el cual, al presionar, el muro cedía. La dejó pasar a una especie de sótano, donde había un destello de luz procedente de un cielo cuyo azul estaba palidecido por la luna. Desde el sótano llegó a un largo pasillo, en el que brillaba la luna, y llegó a una puerta. Se las arregló para abrirla y, para su gran alegría, se halló en el otro lugar, no en lo alto del muro, sin embargo, sino en el jardín en el que había anhelado entrar. Silenciosa como una polilla peluda, se escurrió hacia el recodo de los árboles y arbustos, acogida en sus descalzos pies por la más suave de las alfombras que, por el mero tacto, sus pies supieron que estaba viva, de lo cual provenía que fuera tan dulce y amistosa con ellos. Un viento suave y pequeño andaba por entre los árboles, corriendo ora aquí, ora allá, como un niño que ha conseguido lo que quería. Iba danzando sobre la hierba, mirando atrás hacia su sombra a medida que avanzaba. Al principio la había tomado por una criatura pequeña y negra que se burlaba de ella, pero cuando advirtió que era solo el lugar donde ella apartaba la luna, y que cada árbol, por muy grande y grandiosa que fuera la criatura, tenía también uno de estos extraños acompañantes, pronto aprendió a no importarle y, al poco tiempo, se convirtió en motivo de tanta diversión para ella como lo es su cola para cualquier gatito. Tardó mucho tiempo en sentirse del todo a gusto con los árboles, sin embargo. Unas veces parecían desaprobarla; otras, ni siquiera saber que estaba allí, y estar completamente ocupados en sus propios asuntos. De repente, mientras iba de uno a otro de ellos, mirando hacia arriba con temor reverencial al misterio murmurante de sus ramas y hojas, vislumbró uno a poca distancia que era muy diferente de todos los demás. Era blanco, oscuro y brillante, y se extendía como una palma —una palma pequeña y esbelta, sin mucha copa—, y crecía muy deprisa y cantaba a medida que crecía. Pero nunca se hacía más grande, porque con la misma rapidez con que ella podía verlo crecer, no dejaba de deshacerse en pedazos. Cuando se acercó a él, descubrió que era un árbol de agua —hecho del mismo tipo de agua con el que se lavaba—, solo que estaba vivo, por supuesto, como el río; un tipo de agua diferente a ese, sin duda, visto que una se arrastraba velozmente por el suelo, y la otra se disparaba recta hacia arriba, y caía, y se tragaba a sí misma, y volvía a alzarse. Metió los pies en la taza de mármol, que era la maceta en la que crecía. ¡Estaba llena de agua de verdad, viva y fresca; tan agradable, pues la noche era calurosa!
¡Pero las flores! ¡ah, las flores! Se hizo amiga de ellas desde el primer momento. ¡Qué criaturas tan maravillosas eran!—y tan amables y hermosas—¡mandando siempre tales colores y tales aromas—aroma rojo, aroma blanco y aroma amarillo—para las otras criaturas! La que era invisible y estaba en todas partes, ¡tomaba tal cantidad de sus aromas y se los llevaba! sin embargo, no parecía importarles. Era su modo de hablar, para demostrar que estaban vivas, y no pintadas como las de las paredes de sus habitaciones, y las de las alfombras.
Caminó por el jardín hasta llegar al río. Al no poder avanzar más —pues temía un poco, y con razón, a la rápida serpiente de agua—, se dejó caer sobre la orilla de hierba, metió los pies en el agua y sintió cómo corría y empujaba contra ellos. Durante mucho tiempo se quedó sentada así, y su dicha parecía completa, mientras contemplaba el río y observaba la imagen rota de la gran lámpara allá arriba, que se movía por un lado del techo para bajar por el otro.