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V. The Wise Woman

La sabia mujer se acercó directamente al hogar, miró el fuego, miró la cama, echó un vistazo alrededor de la habitación y se fue hacia la mesa.

Cuando vio la única raya en el espeso polvo que la princesa había dejado allí, una sonrisa, mitad triste, mitad complacida, como el sol asomándose entre una nube en un día lluvioso de primavera, iluminó su rostro. Fue enseguida a la puerta y llamó en voz alta,

“Rosamond, ven a mí”.

Todos los lobos y hienas, profundamente dormidos en el bosque, escucharon su voz y se estremecieron en sus sueños.

No es de extrañar entonces que la princesa temblara y se sintiera obligada, sin alcanzar a comprender cómo, a obedecer la llamada. Se levantó, como el ser culpable que se sentía, abandonando por propia voluntad el escondite que había elegido, y caminó lentamente de regreso hacia la cabaña que había dejado llena de los signos de su vergüenza.

Al entrar, vio a la sabia mujer de rodillas, avivando el fuego con piñas de abeto. La llama ya trepaba por el montón en todas direcciones, crujiendo suavemente y esparciendo un dulce aroma balsámico por la polvorienta cabaña.

—Esa es mi parte del trabajo —dijo, poniéndose de pie—. Ahora haz tú la tuya. Pero primero déjame recordarte que, si no lo hubieras pospuesto, no solo te habría parecido mucho más fácil, sino con el tiempo un trabajo de lo más agradable, mucho más agradable de lo que ahora puedes imaginar; ni habrías sentido que el tiempo se te hacía pesado: no te habrías dormido de día dejando apagar el fuego, ni te habrías desvelado por la noche oyendo los aullidos de las bestias-ave. Más que nada, te habría alegrado verme al regresar; y habrías corrido a mis brazos en vez de quedarte ahí plantado, con ese aspecto tan feo y tonto.

Mientras hablaba, de repente alzó ante la princesa un espejito, tan transparente que nadie al mirarlo habría sabido de qué estaba hecho, ni siquiera verlo en absoluto —tan solo lo que en él se reflejaba—. Rosamond vio a una niña de mejillas gordas y sucias, boca codiciosa, ojos cobardes —que, sin atreverse a mirar al frente, parecían intentar esconderse tras una nariz impertinente—, hombros caídos, cabello enmarañado, ropa hecha girones, y manchas y lamparones por todas partes. Eso era en lo que se había convertido. Y, a decir verdad, el espectáculo la dejó horrorizada, y enseguida comenzó, en su sucio corazón, a echarle la culpa a la sabia mujer, porque la había alejado de sus nodrizas y de sus finos vestidos; mientras que, al mismo tiempo, sabía muy bien que, cerca del lecho de brezo, había el más precioso y pequeño pozo, justo del tamaño adecuado para lavarse, cuya agua brotaba siempre fresca de la tierra y se escurría a través de la pared. Junto a él yacía la más blanca de las toallas de lino, con un peine hecho de madreperla y un cepillo de agujas de pino, cualquiera de los cuales había sido demasiado perezosa para usar. ¡Arrojó el espejo de un golpe de la mano de la sabia mujer, y allí quedó, partido en mil pedazos!

Sin decir una palabra, la sabia mujer se agachó y recogió los fragmentos; no cesó de buscar hasta haber reunido hasta el último átomo, y los colocó todos con cuidado, uno por uno, en el fuego, que ahora arda con fuerza en el hogar. Luego se puso en pie y miró a la princesa, que la había estado observando con mal humor.

—Rosamond —dijo, con un semblante terrible en su severidad—, hasta que hayas limpiado esta habitación...

—¡Ella lo llama habitación! —se mofó la princesa para sus adentros.

“No probarás bocado. Podrás beber del pozo, pero no tendrás nada más. Cuando el trabajo que te he encomendado esté hecho, encontrarás comida en el mismo lugar que antes. Vuelvo a marcharme de casa; y de nuevo te advierto que no salgas de la casa”.

—¡Ella lo llama casa! ¡Menos mal que se va a marchar de todos modos! —dijo la princesa, dándole la espalda por pura grosería, pues era de esas personas que, aunque antes le hubiera gustado algo, empezaba a aborrecerlo en el preciso instante en que alguien con autoridad sobre ella se lo mandaba.

Cuando volvió a mirar, la sabia había desaparecido.

Enseguida la princesa corrió hacia la puerta y trató de abrirla; pero abrirse, no se abría. Buscó por todas partes, pero no pudo descubrir ninguna forma de salir. Las ventanas no se abrían —al menos ella no pudo abrirlas— y la única salida parecía ser la chimenea, que no se atrevía a probar debido al fuego, el cual le pareció que tenía un aspecto furioso y lanzaba llamas verdes cuando se acercaba. Así que se sentó a reflexionar.

Bien podría preguntarse uno qué margen le quedaba para la reflexión —con todo su trabajo sin hacer a sus espaldas—. Se sentó así, sin embargo, a reflexionar, como ella lo llamaba, hasta que el hambre comenzó a aguijonearla; entonces se levantó de un salto y metió la mano, como de costumbre, en el agujero de la pared: no había nada allí. Cayó de inmediato en una de sus rabias estúpidas; pero ni su hambre ni el agujero en la pared hicieron caso de su furia. Luego, en un arrebato de autocompasión, rompió a llorar, pero ni el hambre ni el agujero se importaron por sus lágrimas.

La oscuridad comenzó a cernirse, y su hambre crecía y crecía, y el terror de los ruidos salvajes de la noche pasada la invadió.

Entonces empezó a sentir frío y vio que el fuego se estaba apagando. Corrió hacia el montón de piñas y lo alimentó. Este reavivó alegremente y ella se sintió un poco consolada.

Entonces pensó para sus adentros que sin duda sería mejor ceder hasta cierto punto y hacer un poco de trabajo, antes que morir de hambre.

Así pues, tomando un plumero, empezó con la mesa. El polvo revoloteó por todas partes y casi la ahoga. Corrió al pozo para beber, y se sintió refrescada y animada.

Dándose cuenta ahora de que era un plan tedioso limpiar el polvo de la mesa y pasarlo al suelo, de donde habría que barrerlo todo de nuevo, cogió una fuente de madera, barrió el polvo en ella, la llevó al fuego y lo arrojó dentro.

Pero todo el tiempo se iba sintiendo cada vez más hambrienta y, aunque probó el agujero una y otra vez, solo sirvió para cerciorarse más y más de que tenía que trabajar si quería comer.

Al fin se limpió todo el polvo de los muebles, y ella se puso a barrer el suelo, el cual, pensó con alegría, debía rociar con agua, tal como había visto hacer desde la ventana en el patio de mármol del palacio.

Una vez barrido, corrió de nuevo hacia el agujero, ¡pero seguía sin haber comida!

Estaba al borde de otro ataque de furia, cuando se le ocurrió que tal vez había olvidado algo. Para su consternación, descubrió que la mesa, las sillas y todo lo demás volvían a estar cubiertas de polvo, aunque no tanto como antes, eso sí.

De nuevo se puso a trabajar, impulsada por el hambre y atraída por la esperanza de comer, y una vez más, tras una segunda y minuciosa limpieza, buscó el agujero.

¡Pero no! ¡No había nada para ella! ¿Qué podía significar aquello?

El que hiciera esta pregunta era una señal de progreso: demostraba que esperaba que la sabia cumpliera su palabra.

Luego caía en la cuenta de que había olvidado los utensilios del hogar, y la vajilla y los platos, algunos de los cuales necesitaban ser lavados además de desempolvados.

Desfallecida de hambre, se puso a trabajar una vez más. Una cosa le trajo otra a la cabeza, hasta que al fin había limpiado todo lo que se le ocurrió. ¡Ahora seguramente encontraría algo de comida en el agujero!

Cuando esta vez tampoco hubo nada, empezó de nuevo a injuriar a la sabia mujer tachándola de falsa y traidora;⁠—¡pero, ah! ¡estaba la cama sin regar! Eso se enmendó pronto.⁠—¡Aún sin cena! ¡Ah! ¡estaba el hogar sin barrer, y había que atizar el fuego!⁠—¡Aún sin cena! ¿Qué más podía ser? Estaba desesperada y, de puro cansancio, no por pereza esta vez, se sentó y se quedó mirando el fuego. Allí, mientras miraba, descubrió algo brillante⁠—que incluso brillaba, en medio del fuego: era el espejito de nuevo entero; pero poco sabía ella que el polvo que había arrojado al fuego había contribuido a sanarlo. Lo sacó con cuidado y, al mirarse en él, vio, en verdad no a la fea criatura que había visto allí antes, sino a un animalito todavía muy sucio; por lo que se apresuró a ir al pozo, se quitó la ropa, se metió en él y se lavó hasta quedar limpia. Luego se cepilló y peinó el cabello, arregló su ropa lo mejor posible y corrió hacia el agujero en la pared: ¡allí había una enorme fuente de pan con leche!

¡Jamás había comido nada con la mitad de gusto!

¡Ay, sin embargo!, cuando terminó, no lavó el cuenco, sino que lo dejó tal como estaba, revelando hasta qué punto todo lo demás lo había hecho únicamente por hambre.

Luego se dejó caer sobre el brezo y se quedó profundamente dormida en un instante. Ni un solo pájaro de mal agüero se le acercó en toda la noche, ni tuvo tampoco ni un solo sueño turbulento.

Por la mañana, mientras yacía despierta antes de levantarse, divisó lo que parecía ser una puerta detrás del alto reloj de caja que permanecía en silencio en el rincón.

«¡Ah! —pensó—, ¡esa debe ser la salida!» y se levantó al instante. Lo primero que hizo, sin embargo, fue ir hacia el agujero en la pared. No había nada.

“¡Bueno, a mí sí que me explotan!”, exclamó en voz alta. “¡Todo ese trabajo de limpieza ayer para la vieja malhumorada, y este es mi pago por el esfuerzo: ¡nada para desayunar! ¡Ni siquiera un mendrugo de pan! ¿Se imagina la señora ogresa que una princesa va a soportar eso?”.

¡La pobre y tonta criatura parecía pensar que el trabajo de un día debía servir también para el día siguiente! Pero ese no es el modo en que se hace en ninguna parte de todo el universo. ¿Cómo podría haber un universo en ese caso? Y ni siquiera se le pasaba por la cabeza aplicar la misma regla a su desayuno.

—¡Qué buena he sido en todo el día de ayer —dijo—, y qué hambrienta y maltratada estoy hoy!

¡Pero no iba a ser una esclava, ni a volver a hacer hoy lo que no había hecho más que la noche anterior! ¡No le importaba el desayuno! Podría tomarlo sin duda si volvía a desempolvar todo aquel maldito lugar, pero no iba a hacerlo, ¡al menos sin ver primero qué había detrás del reloj!

Salió disparada, y metiendo la mano detrás del reloj encontró el pestillo de una puerta. Este se levantó, y la puerta se abrió un poco.

A fuerza de apretar con ganas, se las arregló para colarse detrás del reloj y, de este modo, cruzar la puerta.

Pero ¡cómo abrió los ojos de par en par cuando, en vez de la campa abierta, se encontró sobre el suelo de mármol de una habitación grande y majestuosa, iluminada únicamente desde arriba! Sus paredes estaban reforzadas por pilastras, y en cada espacio intermedio había un cuadro grande, desde la cornisa hasta el suelo.

No sabía qué pensar de aquello. ¡Sin duda había dado la vuelta entera a la casita y, desde luego, no había visto nada de ese tamaño cerca de ella! Se olvidaba de que también había dado la vuelta a lo que había tomado por un almiar, una pila de turba y otras cuantas cosas que parecían no tener importancia a la luz de la luna.

—¡Pues bien —exclamó ella—, la vieja es una impostora! ¡Al fin y al cabo creo que es una ogresa y vive en un palacio, aunque finge que es solo una choza para evitar que la gente sospeche que se come a los niños buenos y pequeños como yo!

Si la princesa hubiera sido medianamente dócil, a estas alturas habría sabido mucho sobre la hermosa casa de la sabia mujer, mientras que hasta ahora nunca había pasado del porche. Tampoco se encontraba en sus lugares más recónditos ahora.

Pero, a pesar de ser hija de rey, no dejó de intimidarse un poco cuando, dando un paso al frente desde el hueco de la puerta, vio cuán grande y señorial era aquel salón.

Apenas se atrevía a mirar hacia el otro extremo, le parecía tan lejano; así que comenzó a contemplar las cosas que tenía cerca, y los cuadros ante todo, pues le gustaban mucho los cuadros.

Uno en particular llamó su atención. Volvió a él varias veces y al fin se quedó absorta mirándolo.

Un cielo azul de verano, con ligeras nubes blancas flotando bajo él, se extendía sobre una colina verde hasta la misma cima, rebosante de arroyos que se precipitaban por sus laderas hacia el valle de abajo.

Por la falda de la colina deambulaba un rebaño de ovejas que pastaba, al cuidado de un pastor y dos perros.

Un poco más apartado, una niña de pie y con los pies descalzos en un arroyo construía sobre este un puente de piedras rústicas. El viento soplaba, retirándole el cabello de su rostro sonrosado. Un cordero pacía muy cerca de ella; y un perro ovejero intentaba alcanzar su mano para lamerla.

“¡Ay, cómo desearía ser esa niña!”, dijo la princesa en voz alta.

“¡Me pregunto cómo será que algunas personas están hechas para ser mucho más felices que otras! Si yo fuera esa niña, nadie me llamaría nunca malcriada”.

Contempló y contempló el cuadro. Al fin se dijo:

«No creo que sea un cuadro. Es el país de verdad, con una colina de verdad y una niñita encima. ¡Pronto veré si esto no es otra de las trampas de la vieja bruja!».

Se acercó mucho al cuadro, levantó el pie y cruzó el marco.

“¡Soy libre, soy libre!”, exclamó; y sintió el viento en la mejilla.

El sonido de una puerta al cerrarse llegó a sus oídos. Se dio la vuelta, y ante ella se alzaba un muro liso, sin puertas ni ventanas. La colina con las ovejas estaba frente a ella, y se puso en marcha de inmediato para alcanzarla.

Ahora bien, si se me pregunta cómo pudo ser esto, solo puedo responder que fue el resultado de la interacción entre las cosas de fuera y las cosas de dentro, de la habilidad de la mujer sabia y de la necedad del niño tonto. Si esto no satisface a mi interrogador, solo puedo añadir que la mujer sabia era capaz de hacer cosas mucho más maravillosas que esta.

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