El hombre lobo
En el mismo momento en que Photogen dio alcance a Nycteris, el telescopio de Watho recorría con furia la meseta. Lo apartó de sí llena de rabia y, corriendo a su habitación, se encerró.
Allí se untó de la cabeza a los pies con cierto ungüento; se soltó su larga cabellera pelirroja y se la ató a la cintura; luego comenzó a bailar, girando una y otra vez cada vez más dexpacio y más furiosa, volviéndose cada vez más y más colérica, hasta que le salía espuma por la boca de la ira.
Cuando Falca fue a buscarla, no pudo encontrarla por ninguna parte.
Al salir el sol, el viento cambió lentamente y giró hasta soplar directo desde el norte. Photogen y Nycteris se acercaban al linde del bosque, con Photogen todavía cargando a Nycteris, cuando ella se movió un poco sobre su hombro con inquietud y le murmuró al oído,
“Huelo a una bestia salvaje; por allí, por donde viene el viento”.
Photogen se volvió, miró de nuevo hacia el castillo y vio una mancha oscura en la llanura. Mientras miraba, se hizo más grande: cruzaba la hierba con la velocidad del viento. Se acercaba cada vez más. Parecía largo y bajo, pero eso podía ser debido a que corría en una gran estirada.
Dejó a Nycteris en el suelo bajo un árbol, en la sombra negra de su tronco, tensó su arco y escogió su flecha más pesada, más larga y más afilada. Justo cuando encajaba la muesca en la cuerda, vio que la criatura era un lobo tremendo, que se abalanzaba directamente hacia él.
Aflojó su cuchillo en la funda, sacó otra flecha a medias del carcaj, por si la primera fallaba, y apuntó —a una buena distancia, para dejar tiempo a una segunda oportunidad—.
Disparó. La flecha se elevó, voló recta, descendió, golpeó a la bestia y volvió a salir disparada al aire, doblada como una letra V.
Rápidamente Photogen arrebató la otra, disparó, arrojó el arco lejos de sí y desenvainó su cuchillo. Pero la flecha estaba clavada en el pecho de la bestia, hasta la pluma; dio un vuelco de cabeza con un gran golpe de su espalda contra la tierra, soltó un gemido, hizo un par de forcejeos y quedó tendida y sin movimiento.
—Lo he matado, Nycteris —exclamó Photogen—. Es un gran lobo rojo.
“¡Oh, gracias! —respondió Nycteris débilmente desde detrás del árbol—. Estaba segura de que lo harías. No tenía ni pizca de miedo”.
Photogen se acercó al lobo. ¡Era un monstruo! Pero estaba disgustado porque su primera flecha se había portado tan mal, y menos dispuesto aún a perder la que le había prestado tan buen servicio: con un tirón largo y fuerte, la sacó del pecho de la fiera. ¿Podía dar crédito a sus ojos? Allí no yacía un lobo, ¡sino Watho, con el cabello atado alrededor de la cintura! La tonta bruja se había vuelto invulnerable, según ella creía, pero había olvidado que, para atormentar con ello a Photogen, había tocado una de sus flechas. Corrió de vuelta hacia Nycteris y se lo contó.
Se estremeció y lloró, y no quiso mirar.