LXXVIII
Con júbilo y juglares, con manjares a su antojo, tan felices se hicieron como nadie pudiera de no haber estado locos de remate o borrachos; entre risas de damas y chanzas ligeras, Gawain y el buen señor, de dicha llenos ambos. Y la mesnada también muchas bromas hizo, hasta que llegó la hora en que debían separarse, y prepararse para la cama por fin les convino.
Entonces humildemente su venia del señor tomó Gawain, amablemente lo saludó y con gracia le dio las gracias; «Por la feliz estancia que he tenido en esta sala, y la honra de la alta fiesta, ¡el Alto Rey os recompense! Me pongo a vuestro servicio, si a bien lo tenéis, pues es menester, como sabéis, que mañana me marche, y el prometido escudero me enviaréis para escoltarme hasta la Capilla Verde, si Dios me concede sufrir en ese día el juicio de mi destino».
«En nombre de Dios», dijo el buen señor, «con buena voluntad cumpliré todo aquello que alguna vez ofrecí». Le asigna entonces un criado para ponerlo en el camino y conducirlo por los brezos (para que no le alcance el dolor), y mostrarle la vereda del bosque por donde debía atravesar el soto.
Gawain agradecido estaba por la bondad que le haría; luego de aquellas damas dos también su despedida hacía.