LXXXVIII
“¡Ahora bien, a fe mía —dijo el valiente—, es agreste este lugar, un mal oratorio, cubierto de hierbas! Bien parece que un señor con su traje verde viene aquí a cumplir sus devociones a la usanza del diablo. Siento que es el demonio, en mis cinco sentidos, el que ha fijado esta cita para destruirme aquí; ¡es una capilla funesta (¡mal hado la alcance!), la iglesia más maldita en la que jamás entré!”.
Con el alto yelmo en la cabeza y la lanza en la mano se encamina al instante hacia aquella morada áspera y rocosa, cuando oye, monte arriba, en un risco elevado, en una ribera sobre el arroyo, un estruendo violento; ¡cómo resonaba en el peñasco como si fuera a partirlo, como alguien que en una piedra de afilar afila unaguadaña! ¡Cómo siseaba y zumbaba como el agua en un molino! ¡Cómo bramaba y tañía!, ¡era una lástima oírlo!
«Por Dios —dijo el hidalgo—, este asunto, según creo, está destinado a saludar al buen Sir Gawain en su camino. Si Dios así obra, ¡ay de mí! Esto no me amedarda ni puede hacerlo. Aunque pierda la vida, ningún ruido me asustará».