LXXIX
Con besos de gran pena dio sus adiós, y de corazón mil gracias también les dio; y aquellas damas amorosas se las devolvieron y con cuidadosos suspiros lo encomendaron a Cristo.
Se despide cortésmente de aquella amable mesnada; a cada hombre que encontraba, le daba las gracias por su decoroso consuelo y por el favor servicial que habían estado ocupados en hacerle a petición suya; y cada sirviente allí estaba tan triste por la separación como si hubieran vivido para siempre con el honorable Gawain.
Luego aquellos vasallos con luz lo llevaron a su cámara y lo condujeron a su lecho, para que descansara. Si durmió allí profundamente, no me atrevo a decirlo, pues tenía mucho en la mañana que considerar, si quería, en su pensamiento.
Dejadle yacer allí a su antojo, cerca está de la meta que buscó; si queréis un momento callar, os diré cómo obró.