XXIII
Llega la estación del verano con sus suaves brisas, cuando Céfiro suspira con suavidad sobre el brote y la hierba; ¡Oh! es encantadora la planta del páramo que despierta para aguardar la apacible mirada del brillante sol, cuando el rocío goteante cae del ramaje.
Mas pronto se apresura el Otoño con su tiempo más duro, y le advierte antes del invierno que crezca y madure; luego arrastra con la sequía el polvo para que se levante, de modo que vuela alto, desde la superficie del prado.
Los vientos airados del firmamento forcejean con el sol, las hojas se lanzan del tilo y tocan el suelo, y la hierba se vuelve gris, la que antes era verde.
Entonces todo madura y se pudre, lo que brotó en primavera, y así languidece el año en numerosos ayeres, y el invierno regresa, es el orden del mundo, (¡Ay, qué cierto!) hasta que la luna de San Miguel ha llegado, y el tributo del invierno; entonces piensa Gawain muy pronto en la cabalgata de la que habrá de arrepentirse.