XCVII
«No, en verdad», dijo el caballero (y tomando el yelmo, se lo quitó por cortesía y le dio las gracias amablemente), «¡Demasiado tiempo he morado aquí: que la dicha os sonría de parte del Señor de lo Alto que ordena todo honor!
Saludome con cortesía vuestra hermosa consorte, ambas damas, la una y la otra, mis honradas señoras, que embelesaron con su ingenio al incauto Gawain.
Es, en verdad, no pequeña maravilla que un necio enloquezca, y por las artimañas de las mujeres sea abocado al dolor; pues antaño Adán fue engañado por una sola, y Salomón por varias; y Sansón enseguida —Dalila le deparó su suerte, y David después fue cegado por Betsabé, y sufrió gran pesar.
¡Todo arruinado por mujeres! Sería una ganancia inmensa amar y no fiarse, si un hombre leal pudiera: pues estos eran los de más noble nombre y conocieron la prosperidad por encima de todos los demás que jamás vivieron en la tierra, y aun así todos fueron embelesados por las mujeres con las que trataron: si yo ahora soy engañado, ¿no he de ser disculpado?»