XXXV
—Buen señor —dijo Gawain—, ¿querría ir de mi parte A ver al señor de estas tierras y pedirle un alojamiento para mí? —¡Sí, por San Pedro! —dijo el portero—. ¡Y os aseguro con certeza Que seréis bienvenido, buen hombre, para habitar cuanto os plazca! Fue raudo a cumplir su encomienda y regresó deprisa Con los sirvientes reunidos para recibir al Caballero; Abajo el puente levadizo echaron, y salieron a su encuentro, Y por cortesía se arrodillaron sobre la fría tierra Para dar la bienvenida a aquel hombre tal como lo juzgaban digno; Abrieron de par en par las puertas para darle paso, Y él les mandó levantarse, y cruzó el puente montado. Algunos lo sujetaron de la silla para ponerlo a pie, Y hombres fornidos se apresuraron a estabular su corcel. Caballeros con sus escuderos lo escoltaron entonces Para llevarlo muy gozoso y con dicha al gran salón. Cuando se hubo quitado el yelmo, acudieron hombres en abundancia Para recibirlo y servirle como a bien tuviera; Su espada y su escudo, ambos se los tomaron. Luego el noble los saludó a todos con cortesía, Y hombres orgullosos se apresuraron allí para honrar a aquel príncipe; Ataviado por completo con su armadura lo llevaron al salón, Donde un fuego muy hermoso ardía con fuerza en el suelo, Y el señor de la mesnada salió de su cámara Para recibir a su huésped y saludarlo con gracia: «Sois bienvenido —dijo—, a habitar como queráis, Lo que aquí hay es vuestro, para tenerlo a vuestro gusto, por un tiempo». —Muchas gracias —dijo Gawain—, que Cristo os premie con su gracia.