XLIX
“Buen día, sir Gawain”, dijo la alegre dama; “Sois un durmiente descuidado para ser burlado de este modo; ¡Esta vez habéis caído! Si no pactamos una tregua, os ataré en vuestro lecho, tenedlo por seguro”. Con risas la dama lanzó su broma.
“Buen día, mi alegría”, dijo Gawain muy gozoso; “Podéis hacer de mí vuestra voluntad, me place sobremanera; me rindo de buen grado y os pido clemencia; me parece lo mejor, ya que así me conviene” (Así bromeaba él a su vez y reía jovialmente). “Pero os ruego, hermosa dama, que me concedáis vuestro permiso, liberad a vuestro prisionero y pedidle que se levante; quisiera salir de mi cama y arreglarme mejor; mayor comodidad tendría para conversar con vos”.
“¡No, por cierto, buen sir!”, replicó aquella dulce dama; “No saldréis de vuestra cama, os ofrezco algo mejor, os abrigaré aquí por el otro lado también y conversaré con mi cautivo, ahora que lo he atrapado; pues sé muy bien que sois el valiente sir Gawain, a quien el mundo entero adora, vayas donde vayas; vuestra bondad y vuestra cortesía son tenidas por las más caballerosas entre los señores y las damas, y todos los que tienen vida. Ahora sé que está estamos a solas; mi señor y sus hombres han cabalgado muy lejos, otros están en la cama, y mis doncellas en su estancia, y la puerta está trancada y pasada el cerrojo; y ya que tengo en esta casa al noble amado, aprovecharé bien el tiempo, mientras pueda durar, con acierto.
Sois bienvenido a mi cuerpo, vuestro placer a cumplir. Ahora debo por la fuerza vuestra sierva ser y querer.”